domingo, 21 de enero de 2007

Enumeración (I)

López, el gato más pequeño, mira por la ventana; Sosa, mi hermano, mira la tevé; Sosa, el gato de Sosa (mi hermano) se lame el muslo derecho; López, compañera de Sosa la gata de Sosa (mi hermano) se desparrama en la canasta de pan que sirvió de cuna a Sosa (la gata) apenas llegó a casa; la canasta fue un obsequio de la madre de Laura, novia de Crosta, mi padre y padre de Sosa (mi hermano), dueño de Sosa (la gata), compañera de López (la gatita) que ahora me mira con señorial fijeza desde la canasta; el ventilador gira con lentitud; López entrecierra (o entreabre) los ojos; Sosa (la gata) en breve se lamerá los genitales, y Sosa (mi hermano) la envidiará. López lanza un tímido gritito que Sosa (la gata) advierte; ésta se pasea frente al monitor de esta computadora, por lo que no tengo buena visión de lo que escribo; en el escritorio hay un calendario de Los Simpsons, un control remoto, el dedo íncide recortado de un guante de latex (Sosa, mi hermano, sabría explicar), una tijera, dos parlates, un alicate, una tapita, un marcador indeleble, una canasta con un gatito llamado López, yo, dos pesas de dos kilos, una caja de fósforos y una lámpara.

viernes, 19 de enero de 2007

Brevedad

Una vez fue una tarde, y esa tarde vos caminabas por la playa, atardecía, Tulio caminaba con vos y tenía agarrada tu mano. Era verano, vos lo mirabas con ojos verdes y mojados, no por haber llorado sino por una misteriosa proximidad al mar. Tulio pensó (creo yo) es como si me mirara el mar, un poco por lo verde, por salado, lo vasto. Fue ahí cuando Tulio se enamoró de vos, y en ese segundo decidió dejarte, viajar por el mundo y llevarse con él (para siempre) la más bella -y fragil- representación tuya. Él te ama desde su memoria, y yo sé que vos hacés lo mismo, aunque todavía caminen por esa extensa playa (¿Brasil, Uruguay, Perú, Chile?), y aunque todavía, si hacen un esfuerzo, se ven sus huellas marcadas en la arena. Esa tarde es ahora, aunque a veces hoy y ayer es casi lo mismo y no vale la pena buscar las diferencias.
Entonces, buen viaje, a ambos.
A.G.

jueves, 18 de enero de 2007

La Casona de Congreso

A los setenta y dos años caminaba por la calle Rivadavia cuando una señorita (cómo entró en esas calzas, no lo sé) me extendió un papelito. Todo indica que Maria y Mica, "primas y fiesteras", invitan a pasar un buen momento en La Casona de Congreso, lugar de regocijo y fuertes emociones. Qué generosas mujeres, qué nobleza de espíritu que por treinta pesos, presentando este papelito, hacen descuento. No acepté la invitación porque Álvarez Gómez tiene setenta y cinco años, que a veces es lo mismo que tener tres o veintiocho. Pero hoy me sentí viejo y ajeno al mundo, y preferí caminar hasta La Americana y pedir un café en jarrito, y mirar (largas horas) por la ventana.

martes, 16 de enero de 2007

Periferia

No quiero ponerme doctrinario por varias razones. La primera y fundamental es que muchas veces quienes elaboran doctrinas lo hacen por ser tremendamente débiles en sus intuiciones. Si las creencias responden a articulaciones discursivas, entonces estamos mal. Desoir intuiciones es la mejor manera de convertirse en un muro o en un museo. Por otro lado, cuando tardo tanto en decir lo que pienso (si es que pienso algo, y no sólo escribo como proceso fisiológico), es porque algo está sucediendo. Llego así a lo que quería decir sobre la periferia.
Algunas actividades se desarrollan en un plano más concreto de la existencia (definida ésta como usted más desée): tomar el tren, ir a trabajar, almorzar, cebar mate, andar en ascensor, leer, caminar por Avenida de Mayo, mirar un muro (i.e. murear), hacer fotocopias, pedir un cortado en jarrito, suspirar, mirar el edificio deshabitado donde estaba el Café El Molino, etc. Otras lo hacen en la periferia. interpretar la realidad, relatarla (escribirla), es una de ellas. Insisto que debe haber un equilibrio entre ambas, o existir se hace costoso y/o estomacalmente imposible.

lunes, 15 de enero de 2007

Ocurrencias

Cierta vez discutí con un conocido acerca de una idea sobre un texto. La expuse, cautivado en sus detalles. Mi iterlocutor dijo: es sólo una ocurrencia. No entiendo a los apologetas de la seriedad. ¿Acaso las ideas literarias son cosas serias, envueltas en láminas de oro, que hay que desenvolver para admirar? ¿Qué es una idea sino una simple mirada del mundo, un comentario pasajero, remoto, pero que de todos modos queremos hacer para vaciarnos de algo que nos pesa? Señores, todo quedará atrás, nuestras ideas, las palabras y fotos de la juventud, los amores de verano, un recuerdo primaveral, nuestros cuerpos. Sobrevivirá lo urbano, las grandes estructuras, la línea del subterráneo, los edificios y avenidas. ¿Pero los humanos? Los humanos, así como vinimos, nos iremos. Entonces, ¿qué acto es más noble, más necesario, más poético y decente que el de hacer un comentario cómico sobre el mundo en el que vivimos? ¡Salud, seres ocurrentes! ¡No se detengan hasta la embriaguez!

Un "Gómez" de Felicidad

Así como los utilitaristas medían (o aún miden) la efectividad en útiles (unidad abstracta que generó grandes complicaciones académicas), yo mido mi felicidad en Gómez. No tiene plural, por lo que funciona como las palabras tesis o análisis: un Gómez, dos Gómez, tres Gómez, y así hasta el más absoluto éxtasis. A partir de esta definición, uno puede emplear (acuñar primero, emplear después) expresiones como qué gusto verte, siento un Gómez de felicidad, o bien, ese rogel está para cuatro o cinco Gómez. No podría aclarar cuántos son muchos Gómez ni cuántos escasos. Sentir un Gómez ya es bastante. Incluso el mismo término podría llegar a emplearse como sinónimo de la felicidad.

Muro (I)

Por una ventana de la cocina que da al mundo lo único que se ve es un muro. Alto, gris, un muro como deben ser la mayoría de los muros, aunque hay muros y muros. Algunos muros son más muros que otros, i.e. murean con más intensidad, murifican su interior y marginan lo que queda fuera. El muro, el que se ve por la ventana de la cocina (que da al mundo), murea hasta la mureósis. Para verlo sólo hay que ver por la ventana: el muro aparece, murísimo, mureando, murificando la vista del valiente observador. Desde esta ventana (que da al mundo) lo único que vemos es el muro, y esa especie de dialecto griego o ruso formado por las vigas que sobresalen. Un bajorrelieve, una obra de arte de la urbanidad se nos regala a los ojos. El paisaje es increíble: muriático y abominable. Miro por la ventana y siento la libertad, y aunque me pregunte si no estoy un poco equivocado, si no habré pervertido la libertad, miro el muro y me mureo, murifico mi alma. Cuando dejo de mirar por la ventana ya siento la abstinencia, la necesidad estomacal de ver el muro, aunque éste sea alto, gris e inabarcable.