miércoles, 24 de enero de 2007

Diferencias entre Nostalgia y Melancolía

Si usted está en el saubterráneo y su mirada se pierde por la ventana, lo que siente es melancolía.
Si, en cambio, observa a una muchacha de pollera blanca y recuerda una noche de enero, lo que siente es nostalgia.
Si camina por Rivadavia pateando basura y frena en un kiosco a comprar un alfajor Suchard, a lo que el kiosquero le contesta: "no tengo, no se hacen más", lo que el kiosquero siente es nostalgia, y usted, melancolía.

Sobre Afirmaciones Porteñas (I)

A veces la necesidad de escribir no se condice con la capacidad de decir y/o expresar; lo que termina sucediendo es un texto como "Afiramciones...", donde lo único que hay es melancolía (ver texto que viene) y vejez, independeintemente de la juventud o no de su autor.
"En el futuro miramos con nos nostalgia (ver texto siguiente) lo que en el presente observamos con preocupación."
(AG, abril 1975)

Afirmaciones Porteñas

La ciudad está llena de muros.
Las calles están rodeadas de muros.
Los colectivos merodean alrededor de muros.
Adentro de los muros hay gente que hace cosas y cosas.
El problema no es la ciudad, sus muros, sus calles, los colectivos, el ruido, las plazas solitarias, la caca de paloma sobre estatuas, la cúpula verde, los kioscos de revistas, la trágica ausencia de alfajores Suchard, el otoño, la humedad, el embotellamiento. El problema es que me molesta.

Enumeración (II)

Una paloma muerta sobre un escalón; una señora que el fin de semana conoció la ribera; un hombre que lee Crimen y Castigo, cuya novia estaba buenísima, que "arbrirán un vino esta noche"; un cartel que ofrece oportunidades labroales en inglé; un kiosco; un florista aburrido; un guardia de seguridad aburrido; una ascensorista aburrida; un politólogo aburrido; una lima de uñas.
Cosas halladas en el camino de casa al trabajo (y del trabajo a casa).

domingo, 21 de enero de 2007

Enumeración (I)

López, el gato más pequeño, mira por la ventana; Sosa, mi hermano, mira la tevé; Sosa, el gato de Sosa (mi hermano) se lame el muslo derecho; López, compañera de Sosa la gata de Sosa (mi hermano) se desparrama en la canasta de pan que sirvió de cuna a Sosa (la gata) apenas llegó a casa; la canasta fue un obsequio de la madre de Laura, novia de Crosta, mi padre y padre de Sosa (mi hermano), dueño de Sosa (la gata), compañera de López (la gatita) que ahora me mira con señorial fijeza desde la canasta; el ventilador gira con lentitud; López entrecierra (o entreabre) los ojos; Sosa (la gata) en breve se lamerá los genitales, y Sosa (mi hermano) la envidiará. López lanza un tímido gritito que Sosa (la gata) advierte; ésta se pasea frente al monitor de esta computadora, por lo que no tengo buena visión de lo que escribo; en el escritorio hay un calendario de Los Simpsons, un control remoto, el dedo íncide recortado de un guante de latex (Sosa, mi hermano, sabría explicar), una tijera, dos parlates, un alicate, una tapita, un marcador indeleble, una canasta con un gatito llamado López, yo, dos pesas de dos kilos, una caja de fósforos y una lámpara.

viernes, 19 de enero de 2007

Brevedad

Una vez fue una tarde, y esa tarde vos caminabas por la playa, atardecía, Tulio caminaba con vos y tenía agarrada tu mano. Era verano, vos lo mirabas con ojos verdes y mojados, no por haber llorado sino por una misteriosa proximidad al mar. Tulio pensó (creo yo) es como si me mirara el mar, un poco por lo verde, por salado, lo vasto. Fue ahí cuando Tulio se enamoró de vos, y en ese segundo decidió dejarte, viajar por el mundo y llevarse con él (para siempre) la más bella -y fragil- representación tuya. Él te ama desde su memoria, y yo sé que vos hacés lo mismo, aunque todavía caminen por esa extensa playa (¿Brasil, Uruguay, Perú, Chile?), y aunque todavía, si hacen un esfuerzo, se ven sus huellas marcadas en la arena. Esa tarde es ahora, aunque a veces hoy y ayer es casi lo mismo y no vale la pena buscar las diferencias.
Entonces, buen viaje, a ambos.
A.G.

jueves, 18 de enero de 2007

La Casona de Congreso

A los setenta y dos años caminaba por la calle Rivadavia cuando una señorita (cómo entró en esas calzas, no lo sé) me extendió un papelito. Todo indica que Maria y Mica, "primas y fiesteras", invitan a pasar un buen momento en La Casona de Congreso, lugar de regocijo y fuertes emociones. Qué generosas mujeres, qué nobleza de espíritu que por treinta pesos, presentando este papelito, hacen descuento. No acepté la invitación porque Álvarez Gómez tiene setenta y cinco años, que a veces es lo mismo que tener tres o veintiocho. Pero hoy me sentí viejo y ajeno al mundo, y preferí caminar hasta La Americana y pedir un café en jarrito, y mirar (largas horas) por la ventana.