viernes, 2 de febrero de 2007

El esperador

Cursos: Atilio Rey dicta cursos de espera. Son baratos y bastante útiles. El docente esperó veintiseís años para salir con Claudia, su actual mujer, que durante ese lapo no le prestó atención. En su biografìa Atilio nos cuenta los pricnipales pasos en su vida laboral. Después de graduarse en sociología, esperó conseguir un trabajo digno. No lo consiguió. En vez de salir a buscar, permaneció en su casa, esperando. Pasaron veinte años, pero él estaba cnvencido que una oferta de trabajo llegaría a su puerta. Espero, con paciencia de profesor de esperamiento. Veinte años después, casi a los cuarenta, obró. A falta de moralejas, se comió media docena de medialunas en la panadería de la esquina, eructó, y volvió a su casa. Como enviada por una elevada espiritualidad, vislumbró la idea que lo salvaría del letargo: enseñar a esperar. Montó la estrategia, diseñó los contenidos del curso, habló por teléfono. Compró un rotafolios, pieza esencial de todo capacitador, con dos marcadores. Allí anotó: "Curso de espera; docente: Atilio Rey". Tuvo un éxito increíble. Los cursos duran veinte años. Atilio es millonario, vive en Londres y toma clases de canto.

Acuñamiento de Viernes

Sin notarlo, se nos irán de las manos numerosos viernes. Con suerte quedarán huellas, aunque lo más común es promediar, sintetizar los viernes en una única sensación vendredil. Por lo que este viernes, que existe, será pronto parte del cuerpo de viernes que constituyen lo viernes. Si fuera chico a esta hora bajaría barrancas pensando en bandas de rock; si fuera adolescente iría a un supermercado chino a comprar vodka barato; si fuera adulto, pensaría en una mujer que no existe, pero existió. Ahora que soy viejo pienso (si saber qué pienso sobre lo que pienso) en que promedié los viernes, los más de tres mil viernes que viví, y que en ciertos rasgos son todos bastante parecidos.
Decido entonces acuñar este viernes. Distinguirlo del resto como parte de un experimento sobre la memoria. Un vaso de agua, una calculadora (que sólo uso para sumar), un platito, un telèfono y tras él, Callao; una birome (que está de verdad, no es mero recurso aporteñante), una ventana opaca. Ventanas en frente, del otro lado de la avenida (¿es avenida?) Agencia de lotería, pizzería nociva, fábrica de sánguches.
Si lo logro, distinguiré este viernes de los demás. Si no, será una nota más en el promedio de tantos otros viernes que se me fueron.

Metamorfosis

Cuando esta mujer se pone contenta le crecen dientes. Hoy tiene más dientes que el lunes. Sus ojos también reaccionan: se inflan y enrojecen como burbujas. Los párpados se esconden como telones; las pestañas se estiran como pequeñas lanzas. Su cara endurece, geológica. María sonríe.

miércoles, 31 de enero de 2007

Último momento

Existe lo literario, y también la caca.

Desentretenimiento

Una especie de bicho circula (literalmente) el labio de una vela, que no es el labio ni es una vela sino el borde de un candelabro, que no es candelabro sino recipiente azul, dentro del cual, vela. ¿Espero algo de estas anotaciones? A veces sí, otras no tanto. Mi desafío es superar a las revistas de entretenimientos. Preferiría desentretener, en vez. Que no es lo mismo que aburrir. En vez de callar y esperar a que sea mañana, describo el comportamiento alucinatorio de un bicho parecido a un piojo. En vez de perderme este momento para siempre, lo recuerdo a través de este bicho, que ya se fue. Ciertas descripciones, minuciosas hasta la locura, son una excelente herramienta para recordar. No sé que día fue ayer, no sé qué hice; pero me viene a la mente una caminata, un cordón, un tacho de basura anaranjado, dos cucharadas de azúcar, un par de zapatos, un vidrio. Y así pasan los días. Y las cosas que observo en los días. Esto, ya se habrán dado cuenta, lo robé de un cuento (que leí recién esta noche, a los setenta años).
No estoy seguro de querer anotar palabras esta noche, pero sí de pensar sobre lo que significa dedicar la vida a las reflexiones. Esta noche refelxiono, iono, iono. ¡Basta de Aforismos! reza el cartel.
Encuentro dos errores básicos en los jóvenes. Lo sé porque los padecí, y porque hace sesenta y cinco años que soy escritor. El primero es la vanidad: el comprmiso con la inteligencia. El segundo tiene que ver con contenidos. Si son malos o aburridos, si no significan nada para nadie, mejor que no se conviertan en papel impreso. Eso pienso yo, que Soy Álvarez Gómez. Ni más, ni menos.

lunes, 29 de enero de 2007

Vaina

Traté de explicarle a esa mujer lo de la vaina, pero no entendió. Le hablé del amor, de cómo hay que cuidar ciertas cosas. Mencioné las caricias de la mañana. No me entendía. Miró, con ganas de irse. Entonces de nuevo dije que no, que la vaina, que hay que protegerse de lo que hay afuera. A punto de comernos. Pero ella estaba ya de pie y totalmente decidida a irse. Intenté una vez más, con mayor claridad: lo que sentís en el estómago, tu más íntima revelación, está protegida por una vaina. Como una chaucha o una ostra que protege su fragil perla del peligro exterior. Para llevarse bien, para amar a una mujer, hay que abrir la vaina a la misma vez, junto a ella, por que si no.
Y se fue.

Enumeración (III)

Un lunes a la mañana me senté en una mesita de La Americana. Miré alrededor y por la ventana.
Observé: una señora de sesenta años leyendo el diario; veintitrés taxis vacíos bajando por Callao; cuarenta taxis con pasajeros bajando por Callao; once colectivos de la línea treinta y siete; cuatro medialunas en un platito, al lado de un señor pelado; una morocha infernal, de lujuriosa pollera; un mozo de pésimo humor; el diario; la cara de un futbolista alegre; dos docenas de hombres de oficina, apurados por la vereda; un mendigo; dos personas perdidas, buscando algo; un café en jarrito, que bebí; una mirada triste de un muchacho joven; un escote fascinante; el cartel del Instituto del Pie, alto sobre los edificios; el kioco de revistas; una señora que insultó a un taxista que casi la atropella; una moneda en el piso; mi servilleta de papel, manchada de cafè y azúcar. Y mi reflejo, difuso en la ventana, suspirando.