martes, 6 de febrero de 2007

Enfermedades (I)


Un verano caí gravemente enfermo. Consulté a mi médico clínico, quien no encontró nada. Mi malestar era continuo. Consulté otro médico, de los huesos. Solicitó radiografías y estudios, pero no encontraba nada fuera de lugar. Fatigado, fui a un dentista, que revisó muelas y encías, sin encontrar anomalías. Visité un psicólogo, que habló un rato de literatura y me despidió sin novedades, diciendo hasta el martes que viene. Irascible, compré un diario, lo leí entero, entré en un café, desayuné, miré alrededor. Mi malestar no se calmaba.

Sin poder definir mi dolor, fui a un dermatólogo, que me recetó un aceite de coco. El kinesiólogo buscó contracturas, pero no las tenía. La nutricionista indicó una dieta a base de verduras hervidas y maní, que seguí con obediencia durante dos semanas. Pero mi dolor no se calmó.

Una mañana como esta, en la esquina del Café el Molino, comtemplé la calle. Horrorizado, de pronto comprendí el origen de mi enfermedad; por fin supe el nombre de ese temible mal: “Rivadaviásis.”

lunes, 5 de febrero de 2007

Sobre la obra de Atilio Fuentes

Conocí a Atilio, el poeta de Tigre, comprando un pirulín en el Puerto de Frutos. Él comparaba el pirulín, yo descansaba en un banco, mirando las esposas de los esposos. Feliz monotonía de vidriera, de avistaje de negocios y olimineto de hierbas. Eso es el Puerto de Frutos, un enriedo, un empujarse simpático. Atilio se acercó, tomó asiento y dijo: escribo poemas. Me dio un papel con sus últimos versos. Tenían la carga de un hombre que ha mirado mucho. No sé que pensará un crítico, pero en mi opinión son un tiro en el travezaño, abruptos. Publicaré algunos.

Atilio Fuentes

"Yo quisiera obedecerla

en su tan gentil consejo

pero aunqué lo pida a gritos

De su lado no me alejo"

Atilio Fuentes, poesía completa, inédito.

domingo, 4 de febrero de 2007

Prodigio (III)

Cuenta la madre del niño (en adelante Kafka) que su profesora de lengua quedó sorprendida de su capacidad literaria. Cierta mañana, a la pregunta "Tomasito, de qué es tu composición del fin de semana", éste respondió: "se llama El Proceso, y es una descripción de la impotencia del hombre moderno que, acorralado en las esrtructuras y coportamientos impuestos por su sociedad, lleva una vida desgraciada y penosa. El final se lo debo, disculpe."
Su madre, orgullosa, le compró un helado.

Prodigio (II)

En cierto momento me acerqué al niño, quién muy ocupado dibujaba en su cuaderno. Dije: "¿te enseñaron a escribir en el colegio?" El niño respondió: "si, llevo publicadas algunas cositas, aunque lo mejorcito está todavía en la cocina y no creo que lo termine en vida. La vida de escritor es jodida y no te permite disfrutarla."

Prodigio (I)

Curioso es que a pesar de estar enterrado en Praga (Praga?), esté Kafka merodeando en el jardín de mi casa. La primera vez que lo vi sospeché que era él, a pesar de tener seis años. ¿Cómo lo noté? Fue fácil. Descubrí en él actitudes únicamente atribuibles a su condición de Kafka. Una noche, durante una cena familiar, el niño estuvo veinte minutos mirando un pedazo de carne que yacía en su plato. Un sábado a la tarde lo sorprendí en el piso de la cocina, mirando un lento rincón. Ayer permaneció inmóvil durante dos horas, sin hablar, mientras sus hermanos se metían en la pileta. Sin duda, se trataba de él.
Este mediodía, seguro de mi descubrimiento, encontré al niño debajo del limonero, admirando los frutos aún verdes. Mientras nosotros comíamos, el niño acercó un banco, estiró su pequeño brazo, y cosechó un limón. Desapareció con el fruto. Al rato volvió a aparecer con una pesa de un kilo. Con cuidado, aplastó el limón hasta ablandarlo. Después, se acercó a su madre (la madre de Kafka) y pidió un cuchillo. Se lo negaron, pero logró que un adulto abriera un orificio en un extremo del fruto. A pesar de estar verde, el jugo comenzó a salir por el agujero. La alegría de Kafka fue incontenible, yo lo sé, pero el niño apenas sonrió. Tomó asiento al lado de la pileta e introdujo varias veces el dedo gordo en el limón. Despejé todas mis dudas: el niño es Kafka.
Nada cambió en nuestra relación, más allás del hecho de tener al célebre literato viviendo en mi casa. Es demasiado niño como para hacer preguntas sobre su obra, pero no dudo que llegará el momento. Esta tarde, mientras comía helado, Kafka notó que lo estaba mirando y sonrió. Soy yo, dijo, con la cara manchada de chocolate. Para no incomodar a la familia, no dije nada.

sábado, 3 de febrero de 2007

Continuidad de las Paulas

Un amigo de la infancia al que no veía hace mucho contó más o menos esto. Su primer gran amor se llamaba Paula, una chica de cuatro años, rulos y mocos, a quien conoció una mañana de la década del treinta en el barrio de Belgrano. La amó como aman los niños, la miró y pensó en qué bien se sentía ir a la hamaca con ella, comer galletitas, y tirarle piedras a los autos. Seis años después, su segundo amor. No se llamaba Paula, pero él encontraba un parecido en la manera de comer pochoclo en el cine, o de atarse los cordones. A los diceiséis, contra un teléfono público, lo besaron por primera vez. Tampoco se llamaba Paula, pero había algo, como un fervor, que le recordó a su antigua amada, la original. Aquel primer beso tuvo gusto a cigarrillo, pero no se quejó ni de eso ni del zamarreo. Al año siguiente, en un hotel de Congreso, conoció el cuerpo de una mujer desnuda. No se llamaba Paula, pero algo había en su cálido vaivén, en su piel de níspero maduro que le recordaba a su primer amor. Por temor a equivocarse, nunca las llamaba por el nombre, porque en el fondo sospechaba que eran todas Paulas. Hace dos semanas, dijo, pasó algo extraordinario. En una reunión social, sentada del otro lado de una larga mesa, creyó reconocer los rulos de la verdadera Paula. Se acercó, dijo su nombre, y ella sonrió complacida. Estaba convencido de que se trataba de la única Paula que existe. Su emoción era grande. Temeroso de vulnerar su jovial entusiasmo, preguntó su nombre: Romina. La desilusión no duró mucho. Mi amigo la invitó a un lugar más retirado, donde pudieran hablar; le compró un trago, habló de viajes, y la llevó a un hotel. Hicieron el amor, dijo, y según él, había algo en ella, un detenerse repentino, un sollozo de placer, un bailoteo de su pelo, que le recordaba a Paula. la únca Paula.