jueves, 15 de febrero de 2007

Desalegría de miércoles

El término me pertenece. Es desalegre aquel que sospecha de su desalegría. No pida más explicaciones. Si usted amanece y dos o tres horas después se siente igual, parasitando la vida, seguramente sufra desalegría. Hábiles doctores recetan medicamentos; astutos psicólogos recomiendan purgarse del propio pasado. Yo recomiendo ir a La Americana, pedir un cortado doble y seis medialunas.
La desalegría no es curable. Tampoco es un mal.
Es una cagada.

miércoles, 14 de febrero de 2007

14 de Febrero, 1967

Fue una tarde así, como la que ahora se acurruca sobre Callao, misteriosamente vacía de autos y de ruido. Te recordé, qué más puedo decir, si es lo único que se puede hacer adentro del tiempo. Una tarde como hoy, o una igual hace cuarenta años, Paulas serán besadas por Tulios, Paulas cruzarán sus brazos sobre espaldas de Tulios; Tulios susurrarán en oidos de Paulas, y éstas, sonrerián. Que como saben algunas mujeres, no es lo mismo que reír. ¡Salud, bocas ajenas! Desordenadamente recuerdo: un labio inferior, hileras de dientes, un desayuno en Brasil, la recorrida de un supermercado, una película argentina, un alfajor, la almohada de tu casa, mis zapatos bajo tu cama; tu olor, la puntualidad de tus caricias.
Y no recuerdo desde cualquier lado, porque ahora, cuarenta años después, mientras miro a través de una ventana sucia sobre la impenetrable soledad de Callao al 100, recuerdo sin nadie alrededor, sin una copa de nada, sin una conversación que conviertan la nostalgia en una narración entretenida. Por eso este relato goza de ser verdadero; representa lo que es, la simple estirada de brazos y manos, el estremecimiento de quien intenta alcanzar un acontecimiento, pero se queda corto.
El Día de los Enamorados está hecho para gente que mira por balcones, que riega helechos, revuelve cajones y abre sobre viejos; que ceba mate en un cuarto en penumbras, abre y cierra un libro mil veces, que pone un disco de Bill Evans y sin saber por qué, llora.

lunes, 12 de febrero de 2007

La Mujer de las Preguntas (I)

Conocí a la mujer de las preguntas un día de 1974. No eran tiempos tranquilos, pero tampoco era imposible enamorarse. Algunos contextos político sociales favorecen los versos, las caminatas por la ciudad y los besos en las plazas.
La mujer de las preguntas dijo: ¿te gusta la lluvia? Y un día me pasó algo novedoso que cambió mi juventud: sonó el teléfono, ella me invitó a ver llover. Coincidir con una mujer en el tiempo y el espacio ya es milagroso. Coincidir en el amor por la lluvia, casi imposible.
La suerte estaba de mi lado, pero el clima en Buenos Aires estaba espléndido y no parecía que fuera a llover nunca más. Esperé, como todo joven ansioso, que una nube cegara los rayos, a que el calor porteño inflara las nubes de agua gris. Pero eso no ocurría. Odié al sol, odié las playas y las vacaciones, las sillas de plástico, la alegría, los panchos con coca, los choripanes, los barrilletes y los nietos felices. Quería que lloviera. Quería salir con la mujer de las preguntas, a ver cómo llueve.
Un juves a las dos de la tarde la ciudad oscureció. Una única nube cubrió el cielo. El calor lógico de febrero asfixiaba los ánimos. Los hombres caminaban por la calle con las camisas pegadas al cuerpo; las mujeres no escondían su incomodidad o su asco. El tiempo era terrible, y yo era completamente feliz. Oí el primer trueno, cerca del aparato del teléfono. Sonó justo con las primeras gotas: ella era.

Acuñamiento de Lunes

Quizá alguna vez una palabra esté tan bien puesta y suene a contrabajo, a bicho que vibra. Sigo alineado con el artículo anterior: algunos tenemos la ilusión de gozar, por unos minutos o por una tarde, ese poder tan generoso. El de acuñar sentido.
Me permito el siguiente lujo: acuño este lunes, este bar, esta mañana, este café en jarrito. Acuño en mi cuaderno, acuño para compartir que acuño. Mientras pasa (pasó) el trén me apodero de la mañana como si la amara mucho.

domingo, 11 de febrero de 2007

Sobre Tulios y Paulas

La cosa es más o menos así. Paula espera en su departamento el llamado de Sebastián, y mientras tanto mira por el balcón. Debajo: el Barrio Chino. Para divertirse, escupe carozos de ciruelas a los transeuntes. Sebastián quiere llamarla, pero prefiere esperar, como todos los domingos, a que lo llame Maira, la morocha brasilera, y le sugiera alguna cosa de domingo a la tarde. Pero eso en realidad no pasa casi nunca, porque Maira tiene novio, y ella espera intranquila porque el hombre hace dos días que no la llama. No que no sabe es que su novio, Tulio, está desde siempre enamorado de Paula, como indica la astrología, desde la tarde que caminaron juntos por la orilla y se ponía el sol. Entonces cada rato libre que tiene se lo dedica a su imaginación, al amor que recuerda, a la cara de Paula llena de perlas de lluvia, a sus ojotas en la mano y la corrida entre médanos y bajo la gran tormenta. Tulio, que siempre espera un llamado perdido, espera un domingo más. Y para distraerse pela un níspero y se lo come. Pero eso es peor, porque la piel del níspero le recuerda tanto a la piel de Paula, ácida y dulce, que su espera se hace insoportable, y debe atarse las manos para no agarrar el teléfono y llamarla. Aunque, pensándolo bien, no tendía mucho sentido porque Paula vive en Argentina y Tulio, no.

Exaltación de la tinta (1972)

Digo tinta como simple metáfora de escritura, porque quedan pocos valientes que se le animan a estos viejos métodos. Pero la exaltación es la misma, ese lento rumor, ese caluroso crepitar que hace rascar las sienes y la nuca.

Algunos escritores, como yo, escriben como si eructaran. Incapaces de estarse quietos, de disfrutar de algún silencio, se sientan a hacer garabatos de las ideas que les merodean en la frente. Sin mucho orden, sin coherencia, a veces sin gusto. No juzgo esta actitud fisiológica, no soy el indicado. Sí valoro lo siguiente: estos escritores no ponen "estoy exaltado", sino que escriben con exaltación. No ponen "estoy triste", sino que la tristeza se encuentra entre los surcos, entre las palabras, las pausas y las comas, en esquinas desiertas o espaldas de mujer. Y claro, en sandalias.

Algunos lo hacen con maestría, y publican sus obras. Otros, más humildemente, lo intentamos desde el anonimato.

sábado, 10 de febrero de 2007

Noche de febrero. (1965)

Para empezar, una mesa, el mantel, dos copas, una botella. Usted y yo. Usted del otro lado de la mesa, como en la tribuna de en frente. Todo me recuerda, ¿sabe?, todo me recuerda a la primera vez que sandalia sandalia zapato, una noche de verano tan cálida que usted comentó: qué linda noche de verano. Entonces caminamos, sandalia zapato sandalia, la tímidez de tomarle la mano e invitarla a bailar en medio de la calle esa música que sólo nosotros parecíamos escuchar.
Usted quizá pregunte si lo que sucede como recuerdo es sólo una versión tardía de los hechos que ya no podemos ir a buscar. Desmiento su duda de sandalia con certeza de zapato. Ir a buscar la noche de ayer, que fue hace siete años, es tan real como la gota baja por el tallo cristalino de su copa, como las pestañas que usted estremece cuando se inclina hacia adelante. Como esta linda noche de verano.
Parece imposible: usted y yo vivir la misma noche como fragancia inapelable.
Bienvenida, cálida noche de albahaca.