lunes, 19 de febrero de 2007

Epifanía de Lunes

Todos los lunes, a la hora de la reformulación existencial (11 am), experimento epifanías. O, comería un choripán. Quien diga que puede distinguir la epifanía del apetito choripanero, es un farsante. Choripanear y epifanear son, muchas veces, variantes del mismo verbo. Entonces, mis opciones de lunes se reducen a dos: o bien evacuar alguna inquietud con la escritura (haciendo lugar para próximas inquietudes), o bien acercarme a la costanera y pedir dos choripanes. Uno para ahora, y otro por las dudas.

Si está desalegre, choripanee. Esta mañana, después de escribir, choripanearé. Quien choripanee, se alegrará. Es probable que se me haya olvidado algún tilde (o alguna). Agreguenla, y después, choripanéen.
Y no olviden chimichurrear sus choripanes para exaltar sus choripánicas epifanías lunescas (o lunecinas, si estuviera nublado).

domingo, 18 de febrero de 2007

Epifanía (I)

No sabía exactamente de qué se trataba, pero un amigo me lo explicó. Al día sigueinte, apenas levantado, tuve una. Cuando esa noche tomábamos una copa, dije: "Tuve una epifanía."
Nietzsche dice (algo así como) que la mejor manera de arruinar algo es intentaralcanzarlo a través del lenguaje. Lo que es paradójico, porque esto que cito es mi modesta interpretación de una poderosa idea; y más aún teniendo en cuenta que esa idea, es también lenguaje.
No quiero aburrir a nadie con un ensayo linguístico. Tengo escasos conocimientos y profundas intuiciones. Algo, sin embargo, sí puede ser alcanzado por el lenguaje. O por la forma del lenguaje que encarna la narración. Ayer, por ejemplo, hervían unas empanadas en una sarten, en la esquina de Honduras y Medrano; un señor cruzó la calle y me miró con temor; una señora mayor cargaba bolsas con verduras.
Si tengo una epifanía inmediatamente después de haber adquitrido el concepto epifanía, entonces mi contacto con la realidad es únicamente una constucción discursiva que puedo modificar a medida que éstos (los conceptos que frecuento y utilizo), a su vez, se transforman.
Es lunes a la madrugada, y he dormido poco.
Para los amantes de crepitar (como concepto), tengo unas palabras más: la magia (lo que pensamos cuando la invocamos silenciosamente) existe.

jueves, 15 de febrero de 2007

Desalegría en la Infancia.

Entre 1968 y 1971 dediqué largas horas a un inédito Tratado sobre Desalegría. "Desalegría en la Infancia", uno de sus capítulos, recorre una de las facetas más delicadas de esta circunstancia (porque no se trata exactamente de un mal, sino de algo que acontece). Transcribo algunos fragmentos:

"Los niños desalegres abundan. Generalmente se abstienen del vértigo de los toboganes, no comen helado ni chupetines, no juegan carreras ni aman a sus comapañeritas (de rulos y mocos). Ese es un error, porque a veces la irreverente casualidad reune a mocosos y mocosas muchos años después. Si usted cree que su hijo es desalegre, deberá actuar con cuidado. En general, la desalegría en la infancia se manifiesta en determinados estado de profunda reflexión, momentos de delirio místico ante los cuales los niños, epifánicos, descubren la verdad. Pero, incapaces de transmitirla, se la olvidan.

Cierta vez, un sobrino sostenía un helado en un cucurucho. Miró la monumental torre de chocolate y sonrió. A punto de comerla, decidió esperar: el espectáculo del chocolate le resultada impactante. Contempló la belleza del helado, su dócil forma. Sin que lo supiéramos los presentes, el niño imaginó el gusto. Pero en vez de comer, lo sostuvo, conteniendo su ansiedad. En pleno delirio místico, el niño dijo en voz alta: "el helado se derrite". Ese niño, mi sobrino de tres años, ya era desalegre. Hoy escribe poemas en los colectivos.

Desalegría de miércoles

El término me pertenece. Es desalegre aquel que sospecha de su desalegría. No pida más explicaciones. Si usted amanece y dos o tres horas después se siente igual, parasitando la vida, seguramente sufra desalegría. Hábiles doctores recetan medicamentos; astutos psicólogos recomiendan purgarse del propio pasado. Yo recomiendo ir a La Americana, pedir un cortado doble y seis medialunas.
La desalegría no es curable. Tampoco es un mal.
Es una cagada.

miércoles, 14 de febrero de 2007

14 de Febrero, 1967

Fue una tarde así, como la que ahora se acurruca sobre Callao, misteriosamente vacía de autos y de ruido. Te recordé, qué más puedo decir, si es lo único que se puede hacer adentro del tiempo. Una tarde como hoy, o una igual hace cuarenta años, Paulas serán besadas por Tulios, Paulas cruzarán sus brazos sobre espaldas de Tulios; Tulios susurrarán en oidos de Paulas, y éstas, sonrerián. Que como saben algunas mujeres, no es lo mismo que reír. ¡Salud, bocas ajenas! Desordenadamente recuerdo: un labio inferior, hileras de dientes, un desayuno en Brasil, la recorrida de un supermercado, una película argentina, un alfajor, la almohada de tu casa, mis zapatos bajo tu cama; tu olor, la puntualidad de tus caricias.
Y no recuerdo desde cualquier lado, porque ahora, cuarenta años después, mientras miro a través de una ventana sucia sobre la impenetrable soledad de Callao al 100, recuerdo sin nadie alrededor, sin una copa de nada, sin una conversación que conviertan la nostalgia en una narración entretenida. Por eso este relato goza de ser verdadero; representa lo que es, la simple estirada de brazos y manos, el estremecimiento de quien intenta alcanzar un acontecimiento, pero se queda corto.
El Día de los Enamorados está hecho para gente que mira por balcones, que riega helechos, revuelve cajones y abre sobre viejos; que ceba mate en un cuarto en penumbras, abre y cierra un libro mil veces, que pone un disco de Bill Evans y sin saber por qué, llora.

lunes, 12 de febrero de 2007

La Mujer de las Preguntas (I)

Conocí a la mujer de las preguntas un día de 1974. No eran tiempos tranquilos, pero tampoco era imposible enamorarse. Algunos contextos político sociales favorecen los versos, las caminatas por la ciudad y los besos en las plazas.
La mujer de las preguntas dijo: ¿te gusta la lluvia? Y un día me pasó algo novedoso que cambió mi juventud: sonó el teléfono, ella me invitó a ver llover. Coincidir con una mujer en el tiempo y el espacio ya es milagroso. Coincidir en el amor por la lluvia, casi imposible.
La suerte estaba de mi lado, pero el clima en Buenos Aires estaba espléndido y no parecía que fuera a llover nunca más. Esperé, como todo joven ansioso, que una nube cegara los rayos, a que el calor porteño inflara las nubes de agua gris. Pero eso no ocurría. Odié al sol, odié las playas y las vacaciones, las sillas de plástico, la alegría, los panchos con coca, los choripanes, los barrilletes y los nietos felices. Quería que lloviera. Quería salir con la mujer de las preguntas, a ver cómo llueve.
Un juves a las dos de la tarde la ciudad oscureció. Una única nube cubrió el cielo. El calor lógico de febrero asfixiaba los ánimos. Los hombres caminaban por la calle con las camisas pegadas al cuerpo; las mujeres no escondían su incomodidad o su asco. El tiempo era terrible, y yo era completamente feliz. Oí el primer trueno, cerca del aparato del teléfono. Sonó justo con las primeras gotas: ella era.

Acuñamiento de Lunes

Quizá alguna vez una palabra esté tan bien puesta y suene a contrabajo, a bicho que vibra. Sigo alineado con el artículo anterior: algunos tenemos la ilusión de gozar, por unos minutos o por una tarde, ese poder tan generoso. El de acuñar sentido.
Me permito el siguiente lujo: acuño este lunes, este bar, esta mañana, este café en jarrito. Acuño en mi cuaderno, acuño para compartir que acuño. Mientras pasa (pasó) el trén me apodero de la mañana como si la amara mucho.