domingo, 25 de febrero de 2007

Error de Atilio

La impotencia y la escritura están íntimamente relacionadas; el empleo del lenguaje siempre es una batalla perdida de antemano. Nunca se llega a eso demasiado concreto o real, nunca se alude sino que se esbozan sombras. Bosquejos.

Escribir sobre la impotencia es paradigmático, porque es doblemente impotente el que escribe. Es impotente porque recurre al lenguaje, que siempre se queda un poco afuera, un poco lejos; y lo es otra vez, porque el tema en cuestión es la impotencia, esa sensación de nunca.

Escribir sobre la impotencia es un acto recurrente. Es volver sobre una misma idea de impotencia. Hacerla texto. Es algo estúpido como esto que hago ahora. Pero como solia pasarme en mi juventud, muchas tardes escribí con impotencia.

Atilio es más optimista. Claro, él es poeta. Descubre que entre el lenguaje y los renglones crecen esos musgos, esos líquenes, algunas flores pequeñas y brillantes que le gusta repetir.

Pero Atilio está equivocado. Con la palabra jamás se llega al cuello de una mujer. Se llega hasta ahí nomás, cerquita. Pero al cuello, jamás.

sábado, 24 de febrero de 2007

Explayamiento

Existirá la palabra explayamiento a partir de ahora. Es lo que necesito, significa seguir el mandato de Atilio; aplicar lo que me dio a entender entre tanta charla y silencio. Necesito amasar bien las ideas y las líneas, amasar las hienas y dejar que aparezcan cosas entre líneas. Jugar a escuchar sonidos, como las hienas (que vinieron por fonética porque nadie las llamó) Y si se filtra algún sentido, que se filtre. Ahora, solo quiero amasar y explayarme. Quiero decir, para no olvidarlo, que un chico le hacía una invitación a una chica esta tarde en la estación de Martínez; apoyados ambos en las barreras rojas y blancas que evitan atropellamientos treniles. O fui yo, motivado por Atilio (que me dice que escriba escriba escriba) el que imaginó la historia, un poco de la pollera, los tironeos, la mesad de la cocina. Porque el valiente joven, quizá aún virgen, querrá hacer el amor parado porque eso se ven en películas. Y la muchachita, aún inocente pero que comenzó a largar lentamente los líquidos del celo, aplaca el miedo y airosa acepta lo que le ofrezcan. Así habrá noche, habrá bebida alcohólica y arcada, habrá olor a nuevo y torpeza, sudor en las manos y molestas ansiedades. Señores, habrá noche y estos dos no serán nunca los de antes, los que eran a la tarde. Porque conocieron lo que les quitará el sueño, lo que desvela, lo que hace alucinar. Conocieron el candor (con sonora erre), el candor de los cuerpos cuando bailan motivados por la naturaleza, ajenos a conciencias y razones. los cuerpos se mueven solos y así se destruyen los pensamientos, se modifica el discurso. Todo cae a pedazos y pierde sentido cuando cobran sentido los cuerpos, cuando una mano de mujer es un remolino que desespera; cuando el perfume de una mujer (de una Paula), se desenrieda de su cuello. Alucino imagnando esa noche que no existe, como todas las noches recordadas. Lo imaginario y lo sucedido son igualmente irreales. Entonces: regocijo de escritores y anotadores.

Inolvidar

Inolvidar

Una tarde pregunté a Atilio Fuentes si valía la pena tanto esfuerzo por armar historias y mostrarlas. Atilio, sentado a mi lado, contemplaba la entrada y salida de los barquitos mimbreros en el Puerto de Frutos. El sol le daba en la cara de costado formando un claroscuro difícil de reproducir. Por qué me olvido de las cosas Atilio, quiero dejar de olvidar. No digo que no estuviera escuchando. Atilio escucha en silencio, sin mirar, y sonríe apenas. Deja ver dientes todavía blancos en su cara joven. ¿Cuántos teníamos, veinticinco? Contra mi impaciencia Atilio enfrentaba una calma casi sobrenatural. Al rato yo también miraba los barcos, la calma del Puerto, la década del sesenta. Porque sos un tipo nostálgico, Gómez, dijo Atilio. Por eso te cuesta entender que te vas a olvidar de todo lo que alguna vez viste. Y esa idea te parece terrible.

No sólo terrible, sino más bien atroz. Aunque desconozco estrictamente la diferencia entre los términos. La única forma de volver, impura, reducida, desmejorada, es con párrafos. Recuerdo a Atilio diciendo esto, en un banco del Puerto de Frutos, con veinticinco años que parecían salírsele de encima con violencia; con esa ridícula presión que ejerce la juventud sobre el entorno, esa vitalidad perecedera que se regocija de verse pasar, que prende cigarrillos y anota cosas en un cuaderno. En mi juventud declaré el amor con los ojos, escribí cartas temerosas, dije cosas frente a una vía, viajé a Europa; me emborraché con obstinación. Leí libros en el tren. En el piso de un vagón miré en diagonal a una mujer silenciosa que es tarde me miró distinto. En mi juventud busqué la calma mirando el Río, o anotando cosas en un ático desesperado y caluroso. Dije que existe amar a una mujer y después a otra, y me pareció terrible. Pero cierto. Ahora quiero recordarlo todo. El desorden de una mesa en Palermo, un encendedor sobre una servilleta; habernos dormido en el cine. Haber amanecido juntos, tantas veces. Todo el mundo leyó el cuento de Funes y lo cree suyo; la idea de retener los acontecimientos y que vivir sea sólo eso. El eterno recordador sabe que nunca podrá hacer más que garabatos, más o menos prolijos, más o menos buenos, pero no mucho más que eso.

viernes, 23 de febrero de 2007

Madrugada (II)

Por la hora que es, sólo puedo hacer un comentario más bien personal. A las cuatro y cuarto de la mañana no tengo opciones. Esta noche no es como ninguna de las anteriores. Todas las noches, salvo unas pocas, serán olvidadas. Nos corre el olvido, como a todas las cosas. ¿Tenemos con qué enfrentarlo? A veces creo que sí. Otras no estoy tan seguro.
Antes de tratar de dormir, recordaré: los ojos de mujer acuarela que conocì en mi juventud; el sol de frente por la Avenida las Heras; una conversación frente a una vía de tren; dudosas manos blancas. La boca maldita.
Al fantástico Funes no se le escapa ni un sólo instante. Al resto de los mortales, a mí por lo menos, la vida se me derrama y no puedo siquiera preocuparme.

jueves, 22 de febrero de 2007

Mejillonismo

La variante sudamericana de "ostracismo" puede ser o bien "mejillonismo" (para la costa atlántica y escolleras naturales), o bien "almejismo", para regiones más al Sur, de Claromecó para abajo. Todas las variantes son más incómodas que el "ostracismo", que consite en la incómoda reclusión de uno mismo adentro de una ostra. Algunas almas impuras debemos recluirnos en mejillón, con todo lo que eso implica en terminos olfativos. Una vez una mujer acuarela dijo: hoy es un día para bajarse del mundo. Yo asentí, y en seguida pensé en el "mejillonismo", en la autoexclusión. Por eso invito a los espíritus desgastados a no temerle a la soledad de los moluscos y adentrarse en ellas como impávidos murciélagos. No todos los días son para vivir, algunos son para ocultarse. Eso quería decir. Qué pena que siempre pasa lo mismo: diez líneas para aludir un simple comentario.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Imprevisibilidad de los Tulios

No me resulta demasiado fácil decir esto, pero los Tulios pueden aparecer. A veces, incluso, aparecen. ¿Cuál es el principal problema? Sin los Tulios las Paulas destinan sus sandalias a nuevos bailes, y nuevos Tulios. A nuevas noches donde a veces llueve, y a veces Buenos Aires. Con el leve viento de verano, la cadencia final de febrero. Y todavía siento tu perfume, Paula. Y vos me decís que. Entonces contesto que a lo mejor. Si quizá intentáramos.

Pero Tulio aparece, como un viejo conocido, caminando por ahí.

Y sin embargo, te digo: todavía siento tu perfume, Paula. Mujer acuarela de boca maldita, todavía siento tu perfume, y con éste: la fuga.

martes, 20 de febrero de 2007

Epifanía (II)

Uno de los dilemas de la palabra escrita y de la comunicación en general tiene que ver con. Para empezar, es importante tener en cuenta que el lenguaje jamas. Para vencer la incomodidad de nunca llegar a de decir, es necesaria mucha. Por más práctica, por más buen gusto, cada vez que yo.

Y quizá suceda que alguna vez. Quizá lea un poema de una mujer que dice "suavidad atardecida de árboles de tilo", e imagine. Árboles, arboledas, bulevares y caminos tapizados de otoño; y quizá, con un poco de suerte, aquella primera imagen que la poetisa quizo aludir no sea tan distinta que la que yo tengo ahora, reflejándose en mi mente como un destello, a punto de volver a irse de donde vino.

Pero cabe la posiblidad de que lo más interesante de todo sea justamente no coincidir en las imágenes, y así con sólo decir "arboleda" poder aludir infinitos y desconocidos árboles, que titilarán por segundos en mentes desparramadas por ahí.