Las de ocho patas son una cosa terrible. Imagínense lo que es una de veinte. Son patas peludas, gorditas, que raspan desde adentro. Y la leve cosquilla es nauseabunda, atroz, una picazón constante en las paredes del estómago que le sirve de hogar al horrible bicho.
El primer doctor le preguntó:
-¿Qué pasa?
El niño, de apenas treinta años, dijo:
-Tengo una araña en el estómago.
-¿De cuántas patas?- dijo el médico.
-Por lo menos veinte- dijo el niño.
-Ah, no. Yo curo hasta doce. Pero conozco un psicólogo que cura arañas de veinte.
-Pueden ser más...
-Más también, es buenísimo.
El niño fue a una consulta. Los raspones eran terribles. Al parecer, cuando la araña tiene apetito, camina con sus patas violentas y se carcome los bordes del estómago. El psicólogo le preguntó:
-¿Qué te pasa?
-Tengo una araña en el estómago.
-Bien. De cuántas patas?
-Veinte. Al menos.
-Bueno -dijo el psicólogo- nosotros los freudianos curamos una por año. Podemos empezar este miécoles.
El niño agradeció y se fue. En su casa se levantó el apetito del bicho. Esta vez sintió por lo menos treinta patas que le tamborileaban el estómago desde adentro.
miércoles, 28 de febrero de 2007
martes, 27 de febrero de 2007
Teclas
Teclas.
Escribir es ante todo tecla tecla tecla, una idea viene y se queda un rato, escapa y vuelve transformada. Ante todo tecla y pausa, letras en letras, palabras o palabritas que a veces dicen cositas. Nada más que palabras, un atardecer en Congreso, un muro y una confitería, palabras que para mi son una cosa y para otro, no sé. Ante todo sé que si digo, digo con palabras porque no conozco otra forma, pero también sé que cuando digo con palabras, en realidad es ante todo tecla tecla tecla. Y si digo geranio y pienso en mi abuela Esther, uno que vino de casualidad a leer esto va a leer sólo tecla tecla tecla, y nunca va a pensar en mi abuela, en Villa Adelina los domingos, en un radio grabador Hitachi o en las figazas de la panadería La Española. Entonces esto es raro, porque digo figaza y el que viene lee tecla tecla, y yo digo Esther, abuelita, y el que justo pasaba lee tecla tecla tecla. ¿Entonces qué? No queda otra que tecla, otra que decir hola Rafael, abuelo mío, tecla tecla tecla, recuerdo cómo jugábamos a los aviones en mi infancia remota que ahora es sólo tecla tecla, que ahora es sólo fragmentos tecla del pasado, ideas tecla del pasado, aromas y conversaciones entre un niño y su abuelo tecla. No me queda tecla nada más tecla que hacer que tecla tecla y suspirar, aguardar que alguien tecla tecla lea esto y no piense u oiga tecla tecla sino que logre verlo a él, al Rafa, como decía mi papá, y en vez de tecla tecla se tome uno de sus mates siempre con espuma, u oiga sus historias de aviones y despegues, que lo oiga decir propulsión a chorro y otras palabras que yo escuché, y que ahora sólo puedo traer con tecla tecla tecla.
Escribir es ante todo tecla tecla tecla, una idea viene y se queda un rato, escapa y vuelve transformada. Ante todo tecla y pausa, letras en letras, palabras o palabritas que a veces dicen cositas. Nada más que palabras, un atardecer en Congreso, un muro y una confitería, palabras que para mi son una cosa y para otro, no sé. Ante todo sé que si digo, digo con palabras porque no conozco otra forma, pero también sé que cuando digo con palabras, en realidad es ante todo tecla tecla tecla. Y si digo geranio y pienso en mi abuela Esther, uno que vino de casualidad a leer esto va a leer sólo tecla tecla tecla, y nunca va a pensar en mi abuela, en Villa Adelina los domingos, en un radio grabador Hitachi o en las figazas de la panadería La Española. Entonces esto es raro, porque digo figaza y el que viene lee tecla tecla, y yo digo Esther, abuelita, y el que justo pasaba lee tecla tecla tecla. ¿Entonces qué? No queda otra que tecla, otra que decir hola Rafael, abuelo mío, tecla tecla tecla, recuerdo cómo jugábamos a los aviones en mi infancia remota que ahora es sólo tecla tecla, que ahora es sólo fragmentos tecla del pasado, ideas tecla del pasado, aromas y conversaciones entre un niño y su abuelo tecla. No me queda tecla nada más tecla que hacer que tecla tecla y suspirar, aguardar que alguien tecla tecla lea esto y no piense u oiga tecla tecla sino que logre verlo a él, al Rafa, como decía mi papá, y en vez de tecla tecla se tome uno de sus mates siempre con espuma, u oiga sus historias de aviones y despegues, que lo oiga decir propulsión a chorro y otras palabras que yo escuché, y que ahora sólo puedo traer con tecla tecla tecla.
Conociendo a Atilio
Algunas claves para descubrir a este hombre notable.
Atilio estuvo sentado mirando la entrada y salida de barquitos en el Puerto de Frutos durante veinte años. Allí anotó versos en un cuaderno, que sólo pocos conocen.
Comió manzanas acarameladas hasta la gastritis.
Orinó en un mismo arbol hasta su corrosión.
Amó a una kiosquera secretamente drante nueve años. Recién cuando dejó de amarla, mientras le vendía un alfajor, ella lo miró con deseo. Hicieron el amor detrás del taller de mimbre de un conocido de Atilio. Se llamaba Lorena.
Usó biromes bic, no por patriotismo sino por rata.
Sin concoerlas demasiado, anotó palabras como "mácula", "crepitar", "ribete". Finalmente las incorporó, más por fonética que tra cosa. Sus poemas son musicales. Algunos son repetitivos, pero hay que perdonarlo.
A sus veintinco años Atilio emprendió un viaje literario, algo sensacional. Se desligó de todo lo que no fuera su literatura. Se alienó, al menos un poco. Por eso, hoy, Atilio es poeta.
Atilio estuvo sentado mirando la entrada y salida de barquitos en el Puerto de Frutos durante veinte años. Allí anotó versos en un cuaderno, que sólo pocos conocen.
Comió manzanas acarameladas hasta la gastritis.
Orinó en un mismo arbol hasta su corrosión.
Amó a una kiosquera secretamente drante nueve años. Recién cuando dejó de amarla, mientras le vendía un alfajor, ella lo miró con deseo. Hicieron el amor detrás del taller de mimbre de un conocido de Atilio. Se llamaba Lorena.
Usó biromes bic, no por patriotismo sino por rata.
Sin concoerlas demasiado, anotó palabras como "mácula", "crepitar", "ribete". Finalmente las incorporó, más por fonética que tra cosa. Sus poemas son musicales. Algunos son repetitivos, pero hay que perdonarlo.
A sus veintinco años Atilio emprendió un viaje literario, algo sensacional. Se desligó de todo lo que no fuera su literatura. Se alienó, al menos un poco. Por eso, hoy, Atilio es poeta.
lunes, 26 de febrero de 2007
Variantes
Como sostiene una autora amiga, y la mayoría de los mortales, existen diferencias entre hacer el amor y tener sexo.
El lenguaje no puede frenar en su carrera de tejedor, de tapicero de símbolos. Por eso "tener sexo" suena a pornografía, a ruido, a casa de burlesque. Una vez fui a un prostíbulo en Neuquén, y la prosttuta era tan jovencita que nos quedamos charlando. Cuando le conté a Ornamenti, me insultó. Dijo simplemente que era un pelotudo. Puede ser, pero la conversación fue extraña y fantástica. Aquella mujer no se había permitido pensar en qué estaba haciendo. No me gusta el papel de defensor de las prostitutas; es tan cliché como pretender ahogar penas en whisky. Aunque odiar los clichés es igual de estúpido y cliché, y así hasta el In-Fitito.
Cuando Ornamenti dice que fornicar es una cuestión de aperturas, es difícil refutarlo. Tiene razón, aunque no lo sabe. Dice que nunca (jamás) amó a nadie. Miente, eso es imposible. Junto con Atilio sospecho que en su juventud (época frutal de la vida, época de higo maduro, de granada alborotada) debe haber sufrido mucho hasta convertirse en el sujeto que es ahora, misógino y violento. Hacer el amor es la apertura de los ojos, que se miran entre sombras y oscuridades; es la apertura de las manos, estremecidas, acariciantes, de las uñas y los dientes, de las bocas y los antebrazos que buscan rozar.
Yo no digo lo mismo que Ornamenti. En mi juventud, un verano de higos maduros y dulces, creo haber estado a punto de hacer el amor con una mujer acuarela. Lo tuve que imaginar, y el recuerdo es aún más tibio, más cálido, más verdadero.
domingo, 25 de febrero de 2007
Error de Atilio
La impotencia y la escritura están íntimamente relacionadas; el empleo del lenguaje siempre es una batalla perdida de antemano. Nunca se llega a eso demasiado concreto o real, nunca se alude sino que se esbozan sombras. Bosquejos.
Escribir sobre la impotencia es paradigmático, porque es doblemente impotente el que escribe. Es impotente porque recurre al lenguaje, que siempre se queda un poco afuera, un poco lejos; y lo es otra vez, porque el tema en cuestión es la impotencia, esa sensación de nunca.
Escribir sobre la impotencia es un acto recurrente. Es volver sobre una misma idea de impotencia. Hacerla texto. Es algo estúpido como esto que hago ahora. Pero como solia pasarme en mi juventud, muchas tardes escribí con impotencia.
Atilio es más optimista. Claro, él es poeta. Descubre que entre el lenguaje y los renglones crecen esos musgos, esos líquenes, algunas flores pequeñas y brillantes que le gusta repetir.
Pero Atilio está equivocado. Con la palabra jamás se llega al cuello de una mujer. Se llega hasta ahí nomás, cerquita. Pero al cuello, jamás.
Escribir sobre la impotencia es paradigmático, porque es doblemente impotente el que escribe. Es impotente porque recurre al lenguaje, que siempre se queda un poco afuera, un poco lejos; y lo es otra vez, porque el tema en cuestión es la impotencia, esa sensación de nunca.
Escribir sobre la impotencia es un acto recurrente. Es volver sobre una misma idea de impotencia. Hacerla texto. Es algo estúpido como esto que hago ahora. Pero como solia pasarme en mi juventud, muchas tardes escribí con impotencia.
Atilio es más optimista. Claro, él es poeta. Descubre que entre el lenguaje y los renglones crecen esos musgos, esos líquenes, algunas flores pequeñas y brillantes que le gusta repetir.
Pero Atilio está equivocado. Con la palabra jamás se llega al cuello de una mujer. Se llega hasta ahí nomás, cerquita. Pero al cuello, jamás.
sábado, 24 de febrero de 2007
Explayamiento
Existirá la palabra explayamiento a partir de ahora. Es lo que necesito, significa seguir el mandato de Atilio; aplicar lo que me dio a entender entre tanta charla y silencio. Necesito amasar bien las ideas y las líneas, amasar las hienas y dejar que aparezcan cosas entre líneas. Jugar a escuchar sonidos, como las hienas (que vinieron por fonética porque nadie las llamó) Y si se filtra algún sentido, que se filtre. Ahora, solo quiero amasar y explayarme. Quiero decir, para no olvidarlo, que un chico le hacía una invitación a una chica esta tarde en la estación de Martínez; apoyados ambos en las barreras rojas y blancas que evitan atropellamientos treniles. O fui yo, motivado por Atilio (que me dice que escriba escriba escriba) el que imaginó la historia, un poco de la pollera, los tironeos, la mesad de la cocina. Porque el valiente joven, quizá aún virgen, querrá hacer el amor parado porque eso se ven en películas. Y la muchachita, aún inocente pero que comenzó a largar lentamente los líquidos del celo, aplaca el miedo y airosa acepta lo que le ofrezcan. Así habrá noche, habrá bebida alcohólica y arcada, habrá olor a nuevo y torpeza, sudor en las manos y molestas ansiedades. Señores, habrá noche y estos dos no serán nunca los de antes, los que eran a la tarde. Porque conocieron lo que les quitará el sueño, lo que desvela, lo que hace alucinar. Conocieron el candor (con sonora erre), el candor de los cuerpos cuando bailan motivados por la naturaleza, ajenos a conciencias y razones. los cuerpos se mueven solos y así se destruyen los pensamientos, se modifica el discurso. Todo cae a pedazos y pierde sentido cuando cobran sentido los cuerpos, cuando una mano de mujer es un remolino que desespera; cuando el perfume de una mujer (de una Paula), se desenrieda de su cuello. Alucino imagnando esa noche que no existe, como todas las noches recordadas. Lo imaginario y lo sucedido son igualmente irreales. Entonces: regocijo de escritores y anotadores.
Inolvidar
Inolvidar
Una tarde pregunté a Atilio Fuentes si valía la pena tanto esfuerzo por armar historias y mostrarlas. Atilio, sentado a mi lado, contemplaba la entrada y salida de los barquitos mimbreros en el Puerto de Frutos. El sol le daba en la cara de costado formando un claroscuro difícil de reproducir. Por qué me olvido de las cosas Atilio, quiero dejar de olvidar. No digo que no estuviera escuchando. Atilio escucha en silencio, sin mirar, y sonríe apenas. Deja ver dientes todavía blancos en su cara joven. ¿Cuántos teníamos, veinticinco? Contra mi impaciencia Atilio enfrentaba una calma casi sobrenatural. Al rato yo también miraba los barcos, la calma del Puerto, la década del sesenta. Porque sos un tipo nostálgico, Gómez, dijo Atilio. Por eso te cuesta entender que te vas a olvidar de todo lo que alguna vez viste. Y esa idea te parece terrible.
No sólo terrible, sino más bien atroz. Aunque desconozco estrictamente la diferencia entre los términos. La única forma de volver, impura, reducida, desmejorada, es con párrafos. Recuerdo a Atilio diciendo esto, en un banco del Puerto de Frutos, con veinticinco años que parecían salírsele de encima con violencia; con esa ridícula presión que ejerce la juventud sobre el entorno, esa vitalidad perecedera que se regocija de verse pasar, que prende cigarrillos y anota cosas en un cuaderno. En mi juventud declaré el amor con los ojos, escribí cartas temerosas, dije cosas frente a una vía, viajé a Europa; me emborraché con obstinación. Leí libros en el tren. En el piso de un vagón miré en diagonal a una mujer silenciosa que es tarde me miró distinto. En mi juventud busqué la calma mirando el Río, o anotando cosas en un ático desesperado y caluroso. Dije que existe amar a una mujer y después a otra, y me pareció terrible. Pero cierto. Ahora quiero recordarlo todo. El desorden de una mesa en Palermo, un encendedor sobre una servilleta; habernos dormido en el cine. Haber amanecido juntos, tantas veces. Todo el mundo leyó el cuento de Funes y lo cree suyo; la idea de retener los acontecimientos y que vivir sea sólo eso. El eterno recordador sabe que nunca podrá hacer más que garabatos, más o menos prolijos, más o menos buenos, pero no mucho más que eso.
Una tarde pregunté a Atilio Fuentes si valía la pena tanto esfuerzo por armar historias y mostrarlas. Atilio, sentado a mi lado, contemplaba la entrada y salida de los barquitos mimbreros en el Puerto de Frutos. El sol le daba en la cara de costado formando un claroscuro difícil de reproducir. Por qué me olvido de las cosas Atilio, quiero dejar de olvidar. No digo que no estuviera escuchando. Atilio escucha en silencio, sin mirar, y sonríe apenas. Deja ver dientes todavía blancos en su cara joven. ¿Cuántos teníamos, veinticinco? Contra mi impaciencia Atilio enfrentaba una calma casi sobrenatural. Al rato yo también miraba los barcos, la calma del Puerto, la década del sesenta. Porque sos un tipo nostálgico, Gómez, dijo Atilio. Por eso te cuesta entender que te vas a olvidar de todo lo que alguna vez viste. Y esa idea te parece terrible.
No sólo terrible, sino más bien atroz. Aunque desconozco estrictamente la diferencia entre los términos. La única forma de volver, impura, reducida, desmejorada, es con párrafos. Recuerdo a Atilio diciendo esto, en un banco del Puerto de Frutos, con veinticinco años que parecían salírsele de encima con violencia; con esa ridícula presión que ejerce la juventud sobre el entorno, esa vitalidad perecedera que se regocija de verse pasar, que prende cigarrillos y anota cosas en un cuaderno. En mi juventud declaré el amor con los ojos, escribí cartas temerosas, dije cosas frente a una vía, viajé a Europa; me emborraché con obstinación. Leí libros en el tren. En el piso de un vagón miré en diagonal a una mujer silenciosa que es tarde me miró distinto. En mi juventud busqué la calma mirando el Río, o anotando cosas en un ático desesperado y caluroso. Dije que existe amar a una mujer y después a otra, y me pareció terrible. Pero cierto. Ahora quiero recordarlo todo. El desorden de una mesa en Palermo, un encendedor sobre una servilleta; habernos dormido en el cine. Haber amanecido juntos, tantas veces. Todo el mundo leyó el cuento de Funes y lo cree suyo; la idea de retener los acontecimientos y que vivir sea sólo eso. El eterno recordador sabe que nunca podrá hacer más que garabatos, más o menos prolijos, más o menos buenos, pero no mucho más que eso.
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