miércoles, 28 de marzo de 2007

Brisa de Verano.

En una de sus Aguafuertes Porteñas, Arlt dice que estaba por decir algo hasta que lo distrajo una tibia brisa de verano. Álvarez Gómez, una mañana de Belgrano y adoquín, estaba por decir algo de las brisas de verano que ya se han ido hasta que se distrajo por una tibia brisa de Roberto Arlt. Como dice el maestro, es imposible conocer una ciudad sin vagar por sus calles con los ojos abiertos, otorgándole al acto de vagar la importacia sociológica que merece. Lo anecdótico sería que antes de vagar por la ciudad sería bueno vagar por las páginas de Arlt, con la importancia que merece semejante vagabundeo literario.
Hay una gran confusión entre imitación y plagio. Quién crea que imitar o intentar recrear con la propia sustancia una obra o un autor es plagiar, jamás aprenderá a poner una palabra detrás de otra.

lunes, 26 de marzo de 2007

3 pm (continuación de lo anterior)

Son las tres de la tarde. Comí en la única mesa de una rotisería belgranense donde entró un señor y pidió lo mismo que yo. Caminé pocas cuadras por el barrio. Noté que había salido el sol, que la lluvia era de ayer.
Somos lapsos, dice Álvarez Gómez, y la verdadera sabiduría la tienen los árboles, las viejas de barrio, las paradas de bondi; la sabiduría es sabiduría de raviol, vapor de domingo. Todo el resto sobra, todo el resto es mentira, confección, modernidad.

Epifanía de vieja en la esquina.


No son muchos los días en que todos los secretos de la vida se manifiestan en cómo drena el agua caliente entre la yerba de un mate que una viejita sostiene en la vereda de su casa. Y esa señora, que en su vida hizo poco más que tener hijos y revolver ravioles, siempre tuvo razón; razón que ostenta en momentos de la vida de otro. Porque aunque ella lo dijo más feo, más seco y sin entusiasmo, la señora aquella estaba en lo cierto. Como todas las viejas que hablan de la salud con desalegría de vereda. Ellas son reveladoras de la verdad, y entre sus manos drena el agua en el mate epifánico. Somos lapsos, y durante ese lapso somos más o menos desalegres, con una conciencia más o menos aguda de ello, más o menos preocupada por vencer el hecho sofocante de vivir sólo por un tiempo. Y durante el lapso, el terror frío de conocer que la conciencia es una duración, que somos ante todo limitación y encuadre. Somos un lapso durante el cual podemos o no reconocerlo, pero la vijita aquella, que en una esquina eterna rezonga tomando mate, esa señora que es promedio de las señoras y la vejez, ella siempre estuvo en lo cierto, siempre tuvo razón. A su salud, entonces.

domingo, 25 de marzo de 2007

Moderador de alegría.

Aparecí con el apuro que caracterizó mis años de juventud: una camisa blanca, un saco que todavía tengo, un cigarrillo (quizá fumaba, quizá no), los pasos apurados del que tiene noticias en el buche. Atilio esperaba. Era joven, sí, pero ya había emprendido su viaje. Llegar a Atilio era como espiar con binoculares una costa distante.

Llegué. Atilio sonrió, quizá ya sabía todo. Hay noticias que se comunican con una manera de caminar, con una mueca nueva. Y cuando se trataba de una mujer, Atilio ya sabía todo. Y era imposible hablarle, porque se adelantaba. ¿Qué hacía? Cebaba un mate sabio. Hacía la pausa. Yo debía entender, debía ponerle una coma a todo eso.

¿No entendías, Atilio, que no siempre tenía el ánimo para interpretar tus alegorías? Quizá esa mañana de marzo, por aquellos años, esperaba algo así como una arenga, o bien su interés manifestado en una palmadita amigable. En vez encontré las escasas palabras de un hombre maduro, sabio, que hablaba del amor. Que hablaba de la mujer, y decía que embocar fervores era una cosa sutilísima, imposible. Y yo, un joven Álvarez Gómez, debía entender.
La mujer era Paula, Atilio, qué esperabas.

viernes, 23 de marzo de 2007

Con quién comer

Sucedió un viernes parecido a éste (aunque los viernes, a pesar de los tiempos, tienden a un único viernes), que llegado el mediodía no tenía con quién comer. Sobrellevé la aparente tragedia. En una esquina de Belgrano, en la pizzería "Mi Matute", adquirí dos de carne y dos de queso y cebolla, que mastiqué caminando por Amenabar. Llegando a una esquina, fui feliz, en parte por el queso fundido, en parte no sé. Encontré un escalón cómodo y me senté con la espalda recta sobre la pared, a que mi estómago continuara con la festividad de la digestión. En total duró no mucho más de veinte minutos.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Llanto de Atilio

Siempre se lo veía tranquilo, fumaba en pipa, siempre miraba más allá, como si sus ojos sólo estuvieran hechos para concebir paisajes. No las nimiedades de la vida, el paquete de cigarrillos, el cinturón, una birome. Él parecía enfocar lo majestuoso. Hablo de Atilio, claro.

Y como tantas veces, le pregunté qué hacer cuando una mujer se convierte en razón de algo, en alegría. Atilio tenía la respuesta, como siempre. Dijo algo sobre la trivialidad del amor, adujo que el amor así concebido es egoísta, que había que mirar mucho más allá de la mujer e intentar divisar, entre la bruma, al verdadero amor. Yo escuché con atención, pero no entendí una palabra. Repetí que pensaba mucho en una mujer, que se había convertido en la alegría misma, en una especie de primavera. Sin mirarme dijo que era un estúpido, que la primavera era todas las mujeres, no una sola, y que si amaba sólo la primavera entonces estaría desamparado el resto de los meses del año. Lo miré con atención, pero tampoco había entendido palabra.

Hablar con Atilio era así. Yo lo he visto llorar por una mujer maltrecha que lo amó mal, que lo abandonó después de probar su alquimia, que no dijo palabra y jamás reapareció. Recuerdo que esos días Atilio se comía las uñas, desesperado, sin entender qué era lo que había dejado de sí mismo en esa mujer para llorarla como se llora el fin de febrero. Sé que de un día para otro se recuperó como quién digiere un engaño, y después de varios desencuentros como ese su vínculo con las mujeres cambió. Comenzó a amarlas desde su propia lejanía, desde sus costas, y de cuando en cuando permitía que una de ellas se acercara hasta las orillas de Atilio, donde él bajaría a mirarla caminar. Pero nunca más allá de eso, nunca tierra adentro, jamás pasaba con una mujer un centímetro más adentro que eso.

Parecía estar inmensamente feliz con su decisión, y en adelant sus consejos se volvieron tan alegóricos que fue imposible entenderlo o siquiera hacerle caso.

Emigración

Cierta vez, en mi juventud, emigré. Los éxodos transforman las baldosas, las cúpulas verdes, los muros que parecen cárceles se erigen con majestuosidad. La pizzería de la esquina cobra aires de museo, las luces sobre Callao parecen encenderse en una delicada coreografía que declina hacia la noche y el rumor de los cines de Corrientes, las librerías, los bares donde la gente va a descansar y emborracharse después de días más o menos desalegres.
La transformación operó, fue ajena a mí, y muchos años después todavía me vienen las alfombras, la bombilla de un mate puntano, mi cara de joven asustado esperando en una silla, el asombro al salir de la boca del subte y sentir que Rivadavia era capaz de aplastarme.
La salida de un barrio es eso, es la súbita impresión de no caminar más por Avenida de Mayo hasta 9 de Julio, o al menos no en enero, con un sol bueno en la espalda de una mujer acuarela. Así y todo, muchos años después rememoro al gordo vendedor de pósters de Gardel y Evita, ese edificio abandonado por el que salía un aire de lápida, las novedades del Cine Gaumont, la ronca suciedad de las veredas, el ruido, el edificio del Congreso, la entrada señorial de Callao 25, el ascensor antiguo, esa pesada puerta de madera.