miércoles, 4 de abril de 2007

Pluralidad de las Paulas

Me animo a esta sacrílega interpretación de Borges. Si Paula es todas las Paulas que se extienden en el tiempo, existirían tantas Paulas como subdivisiones de tiempo posibles. Para facilitar el razonamiento, supongamos que dividimos el tiempo en sesenta segundos por minuto (sesenta minutos por hora, etc); entonces habría sesenta Paulas diferentes por hora, lo que es bastante. De esta manera, la Paula que me miró tomar un café sobre Sarmiento una tarde lluviosa es esencialmente distinta a la que caminó hacia el Río para ver a la Reina, o la que posiblemente ahora esté en algún escritorio o esquina, entregada a la mutación infatigable de ser una Paula diferente a cada momento.

El razonamiento me lleva a pensar que es ridículo decir que efectivamente conocí a Paula, cuando Paula es en realidad todas las Paulas, es decir, una única Paula modificada por la variable tiempo. La Paula de ayer no será jamás la Paula de hoy. La Paula de hace unos momentos no será nunca la Paula actual, o la posible Paula futura.

Me pregunto dónde podré ir a buscar a la Paula de hace unos pocos días –y aquellas Paulas anteriores- tan distintas a las Paulas que siguieron a su brutal emigración. Me pregunto, en todo caso, si eso es posible. La respuesta es evidente. Jamás se podrá volver a coincidir de esa manera, porque las coincidencias son tan irrepetibles como las personas que se modifican con el tiempo. Si esencialmente somos distintos a cada momento, es quizá estúpido intentar reconstruir una coincidencia como la que hubo entre alguna Paula –ahora difusa y lejana- y algún Álvarez Gómez, pasado e inasible.

De lo que estoy seguro es que por momentos hubo una Paula que coincidía con Álvarez Gómez, y que esa coincidencia fue tan fortuita como milagrosa. Intentar reproducir las condiciones de la coincidencia entre Paulas y Gómez es tan ridículo como pretender que cuando Paula (alguna Paula) reaparezca, sea remotamente parecida a la que hace sólo pocos días coincidía con algunos Álvarez Gómez sucesivos.

Taller de Indiferencia

De la mano de Atilio Fuentes, El Centro de Estudios Siniestros (CES) abrió en 1965 su Espacio de Actividades. La que inauguró el corto y próspero ciclo fue el Taller de Indiferencia, coordinado por el Poeta de Tigre. Su fiel servidor, Álvarez Gómez, lo ayudó a acomodar las sillas.

Numerosos traspiés amorosos hicieron de Atilio un erudito en temas de pareja. Además, habiendo emprendido ya hacía algún tiempo su viaje literario, Atilio había cobrado una elegancia mística que despertaba interés en sus conocidos. Todos, incluido yo, venían a pedirle consejos a él, que él daba fumando tranquilo con la vista clavada en el horizonte. Para estos temas siempre es bueno mirar líneas horizontales, decía, y aquello parecía irrefutable.

El Taller de indiferencia surgió de un boceto que Atilio escribió en un bar de la calle Libertad, la noche que conoció a Morelia. El desencanto con las mujeres puede ser profundamente poético, decía él, sólo hay que saber aprovecharlo. La mayoría de los mortales, incluido yo, no logran notar los beneficios del desencanto, y en vez se estrellan una y otra vez con los mismos obstáculos, más o menos diluidos en vino.

A partir de esa noche epifánica, Atilio fue intachable con las mujeres. Se prometió mantener una relación tan distante que fuera imposible que una mujer le provocara malestar. Tengo que decir que lo logró, y que en adelante tuvo el amor de muchas mujeres que se acercaban a él como desde una orilla lejana. En ese contexto hizo real el boceto del Taller de Indiferencia.

Acompañé a Atilio a una feria Americana, donde compró doce sillas de madera. Un talabartero amigo les instaló un cinturón con un candado. Los primeros participantes del Taller se sorprendieron de su efectividad. La actividad era ante todo pasiva. Los ingresantes tomaban asiento en las sillas, eran debidamente atados y supervisados por Atilio (quién se quedaba con las llaves de los candados) y en una pantalla en el frente de la habitación se proyectaban películas de Francois Truffaut donde se enfatizara la soberbia naturaleza de las mujeres. El objetivo principal era impedir que los participantes telefonearan a las mujeres que les habían roto el alma con un portazo. Se pagaba por día y tengo el recuerdo de que la comida era buena. Los participantes sólo se levantaban para ir al baño, y eran acompañados por Atilio, quien en el trayecto les hacía unas breves preguntas irrelevantes. Podían quedarse todo el tiempo necesario, aunque Atilio afirmaba –basándose en los preciso estudios del CES- que menos de una semana de indiferencia no servía para nada.

Para poder interrumpir el taller los alumnos debían entrevistarse en forma privada con Atilio, y convencerlo de que era imperativo ponerse en comunicación con tal o cual mujer. O bien prometerle que el alumno estaba en condiciones de mantener la indiferencia sin la asistencia del Taller. En general, lo alumnos que finalizaban el curso mínimo de una semana salían corriendo al teléfono público de la esquina. Al notar esto, Atilio lo destruyó con un bate de madera, quizá pensando en Morelia.

martes, 3 de abril de 2007

Aparición de Morelia

Una noche, en un bar de Palermo, Atilio conoció a una Morocha. La señorita, sin conocerlo, le preguntó si podía explicarle la geométrica disposición de las pirámides de Egipto. Atilio, bastante bebido y alegre por la aparición de esta mujer, aceptó. Ella usó tres fósforos para la pequeña maqueta, dijo las palabras Keops, Kefrén y Micerino, y aclaró que en realidad había más pirámides que el viento erosionó. Habló de Tutankamón, de la maldición de su tumba, de la incuestionable aridez del Sahara, y sostuvo que tanto desierto le había dado una sed terrible. Atilio se ofreció a traerle algo para tomar, que ella aceptó. Oriunda de Córdoba, la morocha se mandó a bodega un fernet con coca cola en tres tragos sucesivos, y continuó su relato con la descripción del Museo Egipcio del Cairo. Mencionó dinastías, refutó leyendas urbanas y describió la belleza de la Gran Esfinge de Giza. Después dijo que tanto viaje le había dado hambre, y que tenía unas empanadas listas en su casa. Atilio aceptó la invitación.

Ya en su bonito departamento céntrico, Atilio preguntó cuándo había hecho el citado viaje. Nunca, dijo Morelia. Lo leí en una revista. Cuanto terminaron de comer, Morelia dijo que tanta charla le había dado sueño y que iba a irse a dormir. Atilio, ya profundamente enamorado de la cordobesa, bajó siete pisos por las escaleras, saludó al portero y caminó por la calle Libertad. Encontró un bar abierto, pidió vino de la casa y juró nunca más mirar una mujer.

lunes, 2 de abril de 2007

Herejía.

Habrán pasado treinta años, pero una vez tuve la urgencia de que Paula me escuche. Y contra la urgencia joven no hay posible dosis de nada para poner un freno. Paula, su fatal desnudez, su cuerpo en la oscuridad, el anochecer con lluvia.

Pienso que deberías oírme en vez de encadenarte a tu pacífica soledad. Aunque hayan pasado treinta años, recuerdo todo con asombrosa nitidez como si hubiera sido una de estas noches.

No hay género más ridículo que el de la súplica amorosa. Aunque quién no fue alguna vez joven y un poco estúpido. Ahora, desde la edad de la reflexión, todo aparece tan falsamente claro.

Entonces Paula un día decidió irse. Y aunque el primero impulso es el más idiota, es también el más genuino, el más vital y lleno de juventudes. El impulso de ir detrás de alguien, siguiendo un encantamiento que a lo sumo durará unos meses. El segundo impulso fue tratar de herirla como se hiere a un pájaro.

Es cierto que hoy es un día cualquiera y que a veces rememorar es un sacrilegio. Pero mi tono frío no es más frío que el de aquella Paula radical. Volver para atrás con ánimo de interpretar el tiempo vivido más favorablemente, más acorde a lo que quiero pensar hoy, desde esta mesita, es una herejía que me voy a permitir. No existe la vida, existe la idea de vida. Con esa trampa los psicólogos van dos veces por años a París a franelear en los bares.

En ese momento, hace treinta años, tenía la certeza de que Paula ya era un espejismo, y que sería mejor dejar de retener los recuerdos de sus ojos grandes y verdes. Y así liberados, mi recuerdo de sus ojos se dejaría confundir entre todas las imágenes que quedan de alguna manera en la mente.

Mi urgencia juvenil me impidió ver que volvería. Sólo que un tiempo después.

domingo, 1 de abril de 2007

Cuanderno Gloria (1963)

Anoté en un cuaderno Gloria en el año 1963:

"El amor es ante todo esgrima."

Supongo que me refería a la feroz competencia en la que se baten la autoestima de la mujer y la autoestima del hombre, viejos conocedores de las reglas del juego. También anoté:

"El amor es en soledad."

Y en esa linea perdida, extraída de un texto garabateado y desprolijo, reconocí la profunda y antigua certeza de que uno sólo se ama a uno mismo aún cuando cree que ama a otros. Y quizá entonces sonó también la última música de una mujer, que como una violenta fragancia cruzó el tiempo hasta hoy.

Lo cierto es que todos estos años fueron de confirmación de estas hipótesis elaboradas en intranquilos bares de esta ciudad, con mi propia y suficiente compañía, y sin la obesa necesidad de declararle el amor a nadie. Entonces aprendí que más vale cuidar el jardín interior, y más aún, no dejar entrar nunca a nadie.Y que, gobernado por el deseo, lo único que sigue es el callejón.

¡Salud, mujer reliquia! ¡Veremos tu hidalguía en la lucha contra el tiempo!

viernes, 30 de marzo de 2007

El Panadero Anarquista

No es exactamente un panadero ni técnicamente anarquista. El señor de la esquina de Ciudad de la Paz y Céspedes tiene la particularidad de desalentar a sus clientes. Con flacas palabras les quita con minuciosidad de calendario las ganas de vivir. De esta manera atiende su local de comidas naturales, y entre tartas de berenjena, milanesas de soja y bolsas de gluten está él, canoso y jodido.

Es un típico sujeto conciente de vivir en tiempos peores, cuyas camisas se destiñeron, cuyas mujeres engordaron, y cuyas ideas se refutaron. Sus momentos de gozo se remiten –por lo que escuché- a placeres gastronómicos: “los sánguches de lomo me pueden.” Aunque la comida también se convirtió en un cambalache reminiscente: “después de tantos años uno no sabe qué comer.”

El panadero tiene pensamientos sobre el arte culinario: “para cocinar tenés que tener tiempo. La cocina es un lugar para inventar.” Aunque el hastío parece haberlo vuelto ocre. Disfruta vendiendo semillas de girasol, come asado una vez al año, y arguye que instaló su local de comidas naturales porque se cansó de las tres opciones porteñas: pizza, empanada y milanesa.

Cada vez que salgo de ese local algo mío queda adentro. La amargura me revolotea dos o tres horas como mosquitos ansiosos. Y mientras enrollo los penosos fideos que este hombre cocina con solemnidad, su tremenda desalegría se adentra en mi estómago y me agruta el pecho.

Conversación con señorita II (1962)

Ese mismo año:

Álvarez Gómez: Cómo llueve.
Paula: Si.

Veinte minutos después.

AG: Cuando llueve pienso en usted.
P: No me mienta, Gómez.