jueves, 12 de abril de 2007

Plenitudes

Durante no poco tiempo –y Atilio puede atestiguar- creí que escribiendo podría alcanzar a Paula. Que con una frase bien puesta (que suene a contrabajo, como dije en otro artículo), sería posible generar un encuentro. Y esa es una idea que Atilio considera estúpida, pero nosotros ya sabemos (o por lo menos yo) que Atilio está más allá de los inconvenientes que atañen a los mortales, por lo que cada vez que me veía con ganas de hablar de una mujer me miraba con desprecio. Con desprecio geológico. Y una vez más me asaltó la duda (porque algunas dudas son tan fuertes que asaltan) de que tal vez mi problemática en esos tiempos de mi vida estuviera demasiado sesgada por una especie de sensación falsamente poética respecto de las mujeres. Atilio solía decir: tanto ajetreo por el cuello de una mujer? ¡Por una mujer! Y yo quedan a en silencio, porque el respeto que me infundía ese hombre –como sigue sucediendo- me hacía callar y preguntarme cosas. Bien Atilio, estás diciendo que soy un idiota, pensaba yo, mientras simultáneamente ideaba algún verso frágil, alguna idea de relato para enviarle a Paula.

No me parece mal el encantamiento. Además, por muchos años concluí que el amor dura entre tres meses y dos años; que el encantamiento es necesariamente sucedido por desencantamiento, y que el alma se enriquece más con la desalegría que con la plenitud. O mejor dicho, que la desalegría es también una forma (corrosiva) de plenitud.

miércoles, 11 de abril de 2007

El Perro Pensativo

Tal es así que me negué una tarde de mi juventud a olvidarme que llovía, que el cielo estaba cubierto, que cobré un modesto cheque después de esperar una hora y media; y hacia el final de aquel alboroto caminé por Cabildo, agarré Céspedes, y después de comprar un guiso de lentejas en lo del panadero anarquista volví a ver, quieto en la vereda, al Perro Pensativo de Ciudad de la Paz. El can no hace más que escrutar aquella esquina, y de cuando en cuando mear un poco. Su orina, que pisé sin querer, se adhiere a las suelas de los zapatos. Su orina tiene algo de omelette. El Perro Pensativo concentra tantas imágenes en su honda cavilación cotidiana que termina por orinar una especie de síntesis amarillenta de lo que sus ojitos marrones han visto con la más tremenda angustia esquinera.
Lo acuño porque me niego rotundamente a que pase el tiempo

martes, 10 de abril de 2007

Supongamos

Supongamos que no soy Álvarez Gómez, y que en mi juventud no me senté frente a una mujer de pasado irlandés y grandes ojos verdes; supongamos que no tomé un café mientras ella por fin hablaba y daba noticias. Que no miré por la ventana para corroborar que todavía la lluvia, el pavimento húmedo. Supongamos que no existió ese marzo junial, el preludio al Eterno y Frío Junio que en algunas almas nobles se extiende por lo menos cinco meses. Supongamos que no fui el interlocutor de esa charla, que no oí que esa mujer había recibido la confirmación, que en agosto o julio el pasaje de avión, que no dijo nunca la palabra Brasil, que jamás mencionó Europa y las plazas de Praga, que jamás la miré con amor, que no hubo ningún indicio de que su partida sería, finalmente, una nueva tragedia. Supongamos que no intenté dar un falso aliento, que no imaginé el pausado trago tardío. Que no rogué con ojos jóvenes, que no imposté una contestación madura; que no planifiqué mi reacción. Que no caminé esa noche pensando en los días que faltaban, en una noche de felices despojos, en una poesía ronca pero sincera, en hacer el amor igual aunque pareciera no tener sentido.

Suponiendo todo esto, esa noche de hace treinta años, tan parecida a anoche, no tuvo nada fuera de lo común.

lunes, 9 de abril de 2007

Aplicación del Sartenazo

Uno de los tratamientos ejemplares ofrecidos por el Centro de Estudios Siniestros (CES) consistía en la aplicación de uno o varios sartenazos en las sienes. Según testimonios de los pacientes, la primera sensación producida por el sartenazo es una profunda purga seguida de obnubilación. Los efectos secundarios, más allá de los moretones, eran subsidiarios.

¿Quiénes se acercaban al CES para la aplicación del sartenazo? En su mayoría se trataba de hombres que sufrieron arduos desencuentros amorosos. ¿Quién aplicaba los sartenazos? Atilio decía ser el único capaz de aplicar la embestida redentora. Se trataba de un golpe seco y fuerte, en medio de la cara, pero que no debía provocar dolor sino epifanía. En general, los aplicantes daban un tremendo grito, caían al suelo, y se levantaban renovados agradeciéndole a Atilio y comentando con los demás sobre su buena mano para la aplicación.

Una vez, en 1971, cuando Paula ya era alucinación y penumbra, me acerqué a la casa de Atilio en el Tigre y le insinué la necesidad de recibir el golpe de sus manos. Atilio comprendió todo en un instante, limpió el aceite de la sartén que tenía sobre una hornalla, me pidió que cerrara los ojos, y arremetió contra mi cara. No grité, no caí. No abrí los ojos por un rato. No sentí dolor, no sentía más a Paula. No tenía cabal noción de dónde me encontraba, pero así y todo caminé un rato por el Tigre y me tomé el colectivo a mi casa. No pensé en Paula nunca más, hasta la General Paz.

miércoles, 4 de abril de 2007

Conversaciones con Morelia

1965

Morelia: ¿Vamos a San Telmo, Atilio?
Atilio: Con todo gusto.
M: ¿Le parece este fin de semana?
A: Fantástico.

Sábado a la tarde.

Atilio: Buenas tarde, pensaba pasarla a buscar en un rato.
Morelia: ¿Para ir a San Telmo?
A: Exacto.
M: ¿Sabe qué? Mejor voy con mi tía. No le molesta, ¿no?
A: Faltaba más.

1966

Morelia: ¿Qué piensa de las mujeres, Atilio?
Atilio: Que son buenas y puras.
M: ¿De verdad?
A: No.

1968

Morelia: ¿Usted me ama, Atilio?
Atilio: Ahora no.
M: Pero me amó…
A: Claro.
M: ¿Y qué se sentía cuando me amaba?
A: Un prolongado cólico estomacal.

Pluralidad de las Paulas

Me animo a esta sacrílega interpretación de Borges. Si Paula es todas las Paulas que se extienden en el tiempo, existirían tantas Paulas como subdivisiones de tiempo posibles. Para facilitar el razonamiento, supongamos que dividimos el tiempo en sesenta segundos por minuto (sesenta minutos por hora, etc); entonces habría sesenta Paulas diferentes por hora, lo que es bastante. De esta manera, la Paula que me miró tomar un café sobre Sarmiento una tarde lluviosa es esencialmente distinta a la que caminó hacia el Río para ver a la Reina, o la que posiblemente ahora esté en algún escritorio o esquina, entregada a la mutación infatigable de ser una Paula diferente a cada momento.

El razonamiento me lleva a pensar que es ridículo decir que efectivamente conocí a Paula, cuando Paula es en realidad todas las Paulas, es decir, una única Paula modificada por la variable tiempo. La Paula de ayer no será jamás la Paula de hoy. La Paula de hace unos momentos no será nunca la Paula actual, o la posible Paula futura.

Me pregunto dónde podré ir a buscar a la Paula de hace unos pocos días –y aquellas Paulas anteriores- tan distintas a las Paulas que siguieron a su brutal emigración. Me pregunto, en todo caso, si eso es posible. La respuesta es evidente. Jamás se podrá volver a coincidir de esa manera, porque las coincidencias son tan irrepetibles como las personas que se modifican con el tiempo. Si esencialmente somos distintos a cada momento, es quizá estúpido intentar reconstruir una coincidencia como la que hubo entre alguna Paula –ahora difusa y lejana- y algún Álvarez Gómez, pasado e inasible.

De lo que estoy seguro es que por momentos hubo una Paula que coincidía con Álvarez Gómez, y que esa coincidencia fue tan fortuita como milagrosa. Intentar reproducir las condiciones de la coincidencia entre Paulas y Gómez es tan ridículo como pretender que cuando Paula (alguna Paula) reaparezca, sea remotamente parecida a la que hace sólo pocos días coincidía con algunos Álvarez Gómez sucesivos.

Taller de Indiferencia

De la mano de Atilio Fuentes, El Centro de Estudios Siniestros (CES) abrió en 1965 su Espacio de Actividades. La que inauguró el corto y próspero ciclo fue el Taller de Indiferencia, coordinado por el Poeta de Tigre. Su fiel servidor, Álvarez Gómez, lo ayudó a acomodar las sillas.

Numerosos traspiés amorosos hicieron de Atilio un erudito en temas de pareja. Además, habiendo emprendido ya hacía algún tiempo su viaje literario, Atilio había cobrado una elegancia mística que despertaba interés en sus conocidos. Todos, incluido yo, venían a pedirle consejos a él, que él daba fumando tranquilo con la vista clavada en el horizonte. Para estos temas siempre es bueno mirar líneas horizontales, decía, y aquello parecía irrefutable.

El Taller de indiferencia surgió de un boceto que Atilio escribió en un bar de la calle Libertad, la noche que conoció a Morelia. El desencanto con las mujeres puede ser profundamente poético, decía él, sólo hay que saber aprovecharlo. La mayoría de los mortales, incluido yo, no logran notar los beneficios del desencanto, y en vez se estrellan una y otra vez con los mismos obstáculos, más o menos diluidos en vino.

A partir de esa noche epifánica, Atilio fue intachable con las mujeres. Se prometió mantener una relación tan distante que fuera imposible que una mujer le provocara malestar. Tengo que decir que lo logró, y que en adelante tuvo el amor de muchas mujeres que se acercaban a él como desde una orilla lejana. En ese contexto hizo real el boceto del Taller de Indiferencia.

Acompañé a Atilio a una feria Americana, donde compró doce sillas de madera. Un talabartero amigo les instaló un cinturón con un candado. Los primeros participantes del Taller se sorprendieron de su efectividad. La actividad era ante todo pasiva. Los ingresantes tomaban asiento en las sillas, eran debidamente atados y supervisados por Atilio (quién se quedaba con las llaves de los candados) y en una pantalla en el frente de la habitación se proyectaban películas de Francois Truffaut donde se enfatizara la soberbia naturaleza de las mujeres. El objetivo principal era impedir que los participantes telefonearan a las mujeres que les habían roto el alma con un portazo. Se pagaba por día y tengo el recuerdo de que la comida era buena. Los participantes sólo se levantaban para ir al baño, y eran acompañados por Atilio, quien en el trayecto les hacía unas breves preguntas irrelevantes. Podían quedarse todo el tiempo necesario, aunque Atilio afirmaba –basándose en los preciso estudios del CES- que menos de una semana de indiferencia no servía para nada.

Para poder interrumpir el taller los alumnos debían entrevistarse en forma privada con Atilio, y convencerlo de que era imperativo ponerse en comunicación con tal o cual mujer. O bien prometerle que el alumno estaba en condiciones de mantener la indiferencia sin la asistencia del Taller. En general, lo alumnos que finalizaban el curso mínimo de una semana salían corriendo al teléfono público de la esquina. Al notar esto, Atilio lo destruyó con un bate de madera, quizá pensando en Morelia.