miércoles, 18 de abril de 2007

Materialidad de la Palabra

Más allá de la discusión con Atilio y de las diversas argumentaciones, yo postulo y afirmo la materialidad de la palabra. Me refugio en escribir, me resguardo, es un remedio no romántico sino fisológico. Esto no me pasa a mí, le pasa a los millones y millones que escriben para vaciarse, porque han nacido con la necesidad de exclamar. Entonces, ante todo, ésta proclama: no existe Paula, sino su evocación; no existe caminar por una avenida, sino haber caminado; no existe el plato de comida caliente en familia, sólo su tardía evocación. Como dijo John Lennon (de una u otra manera), los acontecimientos nos pasan por al lado. Nosotros sólo podemos intentar frenarlos. Todo líquido -como es el Tiempo- se seca, se escurre o se evapora. Pero eso sí: podemos evocarlo. Allí el poder tremendo, el vaso de vino en la mano, la crónica de lo que pasó.

martes, 17 de abril de 2007

Síntesis de la milanesa (II de III) 1971

En primer lugar, me cuesta decir que escribo, me cuesta reconocer que una de las cosas que hago durante el día –lo que para muchos es la jornada laboral- es escribir. No quiere decir que no tenga o haya tenido un trabajo entendido como lo que es: un lugar donde uno desarrolla una actividad y es remunerado por ella. Me refería a algo mucho más simple: soy una persona que en determinado momento de día se inclina sobre una mesa arriba de un papel, o teclea en una máquina de escribir. Este íntimo acto es muy significativo. En primer lugar –al menos en mi caso- se trata de una actividad reflexiva, y lo digo en el sentido estricto de la palabra; soy alguien que frecuenta el hábito de reflexionar, y esa actividad sí que es ambigua. La reflexión, pienso a veces, está sobrevaluada. Sentarse a reflexionar, como estoy haciendo precisamente ahora, en este rincón de Congreso, puede ser en verdad algo muy penoso. Muchas veces lo que hay para ver no son más que decepciones; no sólo mías, de todo el mundo. La reflexión me lleva a encontrar una especie de diagrama, de maldita repetición, la horrible certeza de que las cosas se suceden sin demasiado sobresalto. Noción que nunca hubiera descubierto de haber evitado esta práctica oculta que implica sentarse en una silla de un bar y mirar alrededor. Porque reflexionar es mirar alrededor. No se necesita más que ojos y una mínima capacidad para hilvanar ideas, y a veces ni siquiera eso.

Respuesta a un Pedido*

*"Pedido", publicado por Luciana en www.chupateestasmandarinas.blogspot.com

A pedido de una lectora que imagino febril y tanguera me puse a revisar los antiguos textos de Paula y Tulio, que más que antiguos intentan ser atemporales. Considero que escribir algo atemporal es demasiado ambicioso y hasta arrogante, pero es la única forma en que imagino que estas dos personas pueden cruzarse en este tremendo lapso, i.e. en esta vida.

Prefiero que sea una casualidad que esta mujer, a la que imagino cruzando una calle mojada –abrazada a un hombre-, haya relatado justo como yo imaginaba a Tulio y a Paula, o bien caminando por Buenos Aires o por una playa que no vi nunca.

Entonces una febril lectora que pasaba por acá hizo sus propios dibujos y yo me enchastré de una historia ajena, tan ajena que podría ser la historia de Paula y Tulio, desencontrados y amándose por teléfono público, inevitablemente separados –a veces por la geografía, otras por algo mucho peor: el tiempo. Y lo que me lleva a escribir este enchastre propio es que imaginé el cuarto y la cama, la sábana fija como mármoles esculpidos, el perro del vecino y un desayuno apurado; imaginé un paso de baile y una pose tanguera que descoloca los ojos; un vestido, una tela que no sentí, el peso de otra mano, una mano nueva y aún (como todo esto) imaginada. Y haberla leído, haberme ensuciado con los charcos de Corrientes o Córdoba, haber pensado que quizá también para ella estuvo lloviendo, que para ella (una lectora) también de repente anocheció y quizá mejor no dormirse solo, total siempre que amanece las cosas se pueden arreglar.

No puedo revolver más que esto, que es lo primero que ni siquiera se me cruza por la cabeza, que ya está en las manos con las que escribo la cara y las manos, escribo la cocina de esa casa donde vive una mujer que conoció a Paula y a Tulio, y que entre sus propias mancha, leyó esa historia y se lamentó como sólo se lamentan algunos cuando está lloviendo y aparece Junio en todo su atroz esplendor. Usted, mujer de gran pasión, dejó una carta que me alucinó de ficción, y no puedo menos que contestarle de esta manera amorfa y desarticulada. La pureza del desorden, del apuro, del riacho barroso que arrastra lo que hay en el camino y es ante todo un clima, una intensidad, una fuerza poco sutil. Poco serena. Sus palabras me quitaron de la serenidad y me llevaron a pensar en Paula, a amar a Paula aunque ella esté del otro lado (de la tribuna, del Atlántico, del teléfono), y no sé cómo agradecerle el gesto que yo tomo como una bendición anónima, de esas que creí que no existían más por estos tiempos.

Y esta mujer que sólo puedo imaginar habla como si la vida en Buenos Aires (la vida de todos) perteneciera a la Tremenda Crónica, a un Tremendo Diario que se va componiendo de los diarios de quienes intentan relatar su pequeña porción de vida, el Diario que se queda con las noches y las tardes, con los bancos de las plazas y las caminatas, con las librerías y los insultos en una esquina. Y quizá sea posible que el Tremendo Diario devuelva lo que se lleva. Pero para eso, según entiendo yo, hay que tener la valentía y la voluntad de la evocación. Y eso, querida Luciana, no es poca cosa. ¿verdad?

lunes, 16 de abril de 2007

Intercambiabilidad de los días.

Cuando ya se tienen algunos años es posible identificar, a grandes rasgos, distintos tipos de domingos. Si uno tiene buena memoria (y ha nacido para la nostalgia) se preguntará qué pasaría si el domingo corriente pudiera ser sustituido por uno de antaño. El experimento duraría sólo veinticuatro horas; después, todo continuaría su curso. Entonces en vez de un River-Boca -poco interesante para mí- habría un amanecer en tu cama; en vez de la pasiva contemplación, las cinco cuadras hasta el cine de siempre; y sobre todo, en vez de una evocación simbólica, tu evocación concreta, tu tacto o mi tacto, el peso físico de tu mano real en vez de rememorar una caricia.

Atilio interpreta todo esto como una enfermedad crónica, como un terrible apego al tiempo pasado por su condición de inaccesible. Advierte en mi nostalgia un procedimiento caprichoso e infantil. Yo entiendo su punto, y lo hemos discutido mil veces. Sin embargo considero inútil evadir la manifestación de un recuerdo que puede convertirse en algo tan concreto como este desparramo de lunes en un rincón de Belgrano.

Sueño con intercambiar un día de la vida corriente por otro pasado, de mi juventud, cuando aún la piel se mantenía con firmeza sobre mi cara –una cara de muchacho joven que mira al mundo con ojos entornados. Y así volver a aquel desayuno que pudimos olvidar pero que mi memoria me regala, aunque hoy esté en Belgrano, aunque hoy sea un lunes que olvidaré, aunque evoque el pasado. Pero estoy tan convencido de que estamos hechos sólo de memoria, esa materia leve, que no me preocupa pensar, durante esta mañana (aunque ya son las dos de la tarde), en mañanas anteriores. Mi lectura del tiempo actual es una lectura en presente del pasado. Es lo único que puedo hacer durante el misterioso lapso vital que nos fue entregado, sin preguntar, sobre los brazos. Invito a la mortificante posibilidad de que este momento, fuera intercambiado por otro anterior.

sábado, 14 de abril de 2007

Síntesis de la Milanesa (I de III) 1971

Algunas situaciones de la vida me obligan a darme cuenta que no soy escritor, que estoy muy lejos de serlo, por una sola y triste razón: el escritor puede reproducir un contexto literario, poblarlo, ponerle árboles y música, hacer que en esas veredas -rotas- caminen mujeres morochas en pollera, puede hacer que los helechos cuelguen de los balcones del Barrio Chino como si escaparan, que en los zaguanes de San Telmo haya otras mujeres hermosas esperando a que alguien les abra la puerta, etc. Todo eso sucede en la mente de los escritores, y en virtud de su oficio -el arduo oficio de la escritura- pueden volcarlo al papel en cualquier momento de la jornada. Yo en cambio, escribo cuando escribo, como reaccionando a unas incontenibles ganas de mear palabras y frases, a veces incoherentes. Esto, que puede parecerse a la espontaneidad -sobrevaluada en el ámbito literario- en realidad no lo es. Es una imposibilidad, ya que sin esas ganas no hay palabra que pueda poner sobre un papel sin creer que es una palabra inútil, equivocada, y sin razón de ser. Porque muchas veces pienso que la palabra es palabra cuando cuenta cosas, y no por sí misma -salvo, quizá, en lo que llamé literatura del gorgoteo, pero que de todas formas constituye una visión de la literatura demasiado incipiente como para ser considerada seriamente. Escribo, entonces, de la misma manera que orino, con la misma desprolijidad, con la misma intimidad y encierro que sólo ocurre en el baño, y sólo pocas veces con el mismo grato placer de sacarme algo de encima. No puedo asegurar que lo que me quito sean toxinas, porque a veces los pensamientos que escribo no son tóxicos -no llegan a eso- sino que son meros pensamientos, simples elaboraciones que revelan un esfuerzo mental sobre algo, sin que eso sea garantía de nada. Entonces me encuentro así, muchas veces me encuentro a la espera de las gloriosas ganas de mear, de mear mucho y mear algo que valga la pena.

viernes, 13 de abril de 2007

Sobre las fotografías de Paula

Si usted ha amado mucho a una mujer que ya no lo acompaña, deberá cuidarse de no hacer ciertas cosas. Estos consejos son una breve recopilación de los sabios dichos de Atilio, recogidos a lo largo de los años, las tardes y las historias.

El primer consejo es fotográfico. No habrá problemas mayores si usted contempla fotografías del pasado. La explicación es ontológica: una foto del pasado remite a los tiempos más o menos felices en que usted y la mujer…ya sabe. Lo que está prohibido por Atilio –y yo puedo atestiguar- es observar fotografías nuevas. ¿Por qué? Porque como ha dicho el francés Roland Barthés, el encanto fotográfico es tan potente que lleva a sentir que esto ha sido (ca á été, con el firulete en el la parte inferior de la letra cé). Entonces, una fotografía de una Paula que luce una renovada alegría de soltera, que vive feliz ahora que no está junto a usted, constituye un peligro incalculable. Y si la fotografía la muestra acompañada de algún bacán que la abraza con ternura, entonces usted corre peligro. Pero ni lo mencionemos.

No sé cuál era el segundo consejo. Acabo de olvidarlo.

Papel

Me creí muy original cuando argumentaba (contra nadie), que escribir era esencialmente lo mismo que pasar un lampazo en un andén de subte. Se trata de una ocupación, un oficio como ser carpintero o piloto, aunque es muy cierto que los carpinteros hacen muebles, los pilotos trasladan personas por el aire, y los escritores hacen libros. La originalidad es una trampa mortal. Arlt ya lo había dicho mucho tiempo antes. Sobre todo cuando sostuvo que hacer mesas o conducir camiones es más útil que hacer acotaciones en un libro. Escribir por escribir, jamás. Escribir porque sí, jamás. Eso es papel.