viernes, 27 de abril de 2007

Relatos Hipocondríacos

Confieso que cuando Atilio mencionaba fantasías apocalípticas yo temblaba como una hoja. En sucesivos brotes paranoicos temía caer gravemente enfermo e ir muriendo de a poco, a lo largo de los años, con aquella hipotética enfermedad que le impedía creer en una existencia más liviana, menos real, no tan molecular.

En estos ataques de conciencia animal, Atilio reventaba de ideas temibles. Intentaba adivinar, a cada acto, su contraparte orgánica. Todos sus movimientos se volvieron procesos, resultados, consecuencias neurológicas. Sus estados de ánimo se tradujeron en poderosas ecuaciones, entreveros de sustancias químicas que producían alegría, deshonor, apuro, nervios. Incluso amor, delirios poéticos, amabilidad. Era terrible.

La segunda confesión es que quizá estos temores orgánicos (no sé cómo llamarlos) fueran solo míos, y no tanto del poeta de Tigre. Él hacía elaboraciones conceptuales, yo moría en el terror. Él vociferaba epifanías, yo me encerraba en el baño, descompuesto, con la horrible certeza animal de que ante todo, somos cuerpos cumpliendo funciones vitales.

No puedo soportar la idea de un paso únicamente biológico por la vida.

jueves, 26 de abril de 2007

Implacabilidad del Olvido.

Como individuos históricos, somos ante todo memoria. Esto quiere decir que construimos nuestra visión de mundo en base a lo que recordamos que vivimos, que hemos leído, debatido e interpretado. La realidad como construcción discursiva, como procesamiento conceptual, es ante todo memoria: acumulación de imágenes modificadas a cada relectura.

Una mañana Atilio comenzó a decir que olvidaba, que no recordaba de qué trataban los libros que había leído, que no entendía más a Marx, no recordaba bien el perfil de una mujer que conoció en un colectivo. No se trataba de un olvido patológico, i.e. amnesia. Era un olvido imperceptible. Así fue que Atilio afirmó que había olvidado Economía y Sociedad (los pocos capítulos que leyó), que olvidó Platón, Aristóteles, la cátedra de Principios de Filosofía, olvidó Arlt, olvidó de qué trataba Los Siete Locos, las novelas de Balzac (que no leí), algunos pasajes magistrales de Dostoyevski. Y decía que olvidarse de todo era lo mismo que aceptar que de apoco uno se va muriendo. Que la vida no es plenamente vital hasta el momento de muerte (cuando la vitalidad sucumbe), sino que -según esta idea- la vitalidad se va perdiendo poco a poco. A cada rato.

Para Atilio, olvidar era trágico. La transfiguración de un recuerdo, el alejamiento de aquella imagen que una vez fue cristalina (un pasaje de una novela, un personaje de Chesterton, la boca de una mujer), representaba la muerte. ¿Hace falta aclarar que pienso como él?

De esto extraje algunas conclusiones. Olvidar una mujer es asentir con un guiño su muerte. Aquella que amé, no está. Olvidar un buen pasaje de una novela, olvidar la intensidad que produce amar una ficción; poder prescindir de aquello sin ningún sufrimiento, eso es haber muerto.

miércoles, 25 de abril de 2007

Pauliásis

1954

Alvarez Gómez: ¿Paula?
Paula: No.

1957

AG: ¿Paula?
P: No.

1963

AG: ¿Paula?
P: Qué.
AG: Le parece si…
P: No.

1971

AG: ¿Paula?
P: No, gracias.

1976

AG: ¿Paula?
P: Qué.
AG: En estos tiempos…
P: No.

1983

AG: ¿Le parece si…?
P: No.
AG: Pero…la democracia…la primavera…
P: Gómez, no se confunda.

martes, 24 de abril de 2007

Noche Tecla.

Esto no se va a entender, pero voy a decir higo maduro y granada alborotada. Voy a decir que crucé la calle tecla del Libertador, que esquivé un camión tecla tecla tecla, subí las escalera y vi que Paula tenía puesta un tecla tecla colcor tecla. Esperé, el salón estaba lleno de Paulas, la gente comía con ruido, mientras un señor habló sobre la Corte Suprema de Justicia de la Nación, yo me apoyé tecla tecla contra una pared, obtuve vino en una copa, la vacié en tres tragos y pensé: tecla tecla tecla. El hombre ofrecía un lento discurso, tecla tecla tecla sobre Ulises y su atadura para no tentarse con la tecla tecla de sirenas alucinatorias, la metáfora con la Constitución tecla Argentina, el comentario de los oyentes que comían lechuga adobada, "qué buena comparación entre tecla tecla tecla y Ulises." Yo, Alvarez Gómez, esperé el efecto tardío del vino. Miré con atención, el salón amplio, la gente tecla, los trajes y los vestidos tecla. Todo muy tecla, muy prolijo.
Los pasos se escuchaban en la noche tecla porque mis zapatos. La vereda vacía parió un Ministerio gris, un policía, o bien el edificio de la cancillería. Doblar la esquina parió el avistaje de Suipacha y el recuerdo de haber hecho el amor en un piso tecla, con una mujer que se acostaba conmigo más por tecla que otra cosa. Recuerdo, o bien podría decir que tecla, que desde el balcón o incluso desde la cama tirada en el piso se veía el cartel del Hotel Tecla de Buenos Aires, situado en Retiro, a pocas cuadras de donde caminé en la noche quieta.
Los tacos de mis zapatos, tecla tecla sobre la vereda solitaria. Finalmente, la horrible certeza: Paula, Paula, Paula. Tecla, tecla tecla.

domingo, 22 de abril de 2007

Sábado Olvidado.

Recuerdo que en una época en Buenos Aires empezó a llover mucho. Para qué te voy a mentir, Atilio, si vos y yo sabemos que no se trata de la lluvia sino más bien de una particular esquina lluviosa, de la corrida hasta Santa Fe para tomar un taxi, del acomodarse en el interior del vehículo, la cara del conductor que entre sueños preguntó con las cejas la dirección. No es un relato sobre la lluvia, sino más bien sobre la luz verde del semáforo untada sobre el pavimento, las imágenes de los negocios estirándose en rachas, los otros pocos autos que a esa hora circulan, erráticos, por una ciudad dormida.

Y si te digo que esa noche de sábado fue única estaría faltando a la verdad. Como dije en otro momento, los días tienen a promediarse en un único día, en un gran sábado de abril que rememora mal o bien todos los anteriores, perdidos o dejados atrás. Qué tiempo cruel, cómo puede ser que lo bueno siempre se va. Y así como vamos dejando atrás los días, el taxi iba olvidando los restos de Santa Fe, cruzó y olvidó Pueyredón, olvidó 9 de Julio, el obelisco anónimo a las seis de la mañana, la avenida Belgrano, se internó en San Telmo y lo fue olvidando metro a metro. Hasta que yo y una mujer que no era Paula nos bajamos, cubriéndonos de la lluvia con los abrigos, chapoteando entre basura y adoquín, buscando las llaves en su cartera y encontrando resguardo bajo una marquesina antigua.

Yo prefiero atribuírselo a San Telmo que al azar. Además, suena más pintoresco. Ella abrió la puerta alta y de madera, entramos por un pasillo que fuimos olvidando hasta un segundo piso por la escalera. Había un patio, si mal no recuerdo, que olvidamos en seguida. Su departamento, que ya olvidé, tenía una pequeña cocina y una sala de estar con un sillón viejo, de cuero o algo así, y una mesa que en seguida ocuparon una botella y dos copas. Nos olvidamos del vino, nos olvidamos de Miles Davis y la trompeta que grabó una tarde en de domingo (quizá tan opaca como ésta), nos olvidamos de Roberto Goyeneche y de cómo ella, cuyo nombre olvidé, bailaba tango en una plaza de Belgrano todos los domingos, y esa noche de sábado me ofrecía la primicia de verla bailar en el living de su casa.

Para empezar, sus pasos clavándose en el mármol al compás de un tango arrastrado, envinado y un poco violeta. Ella, esa noche, bailaba para mí, y como si fuera poco, fue olvidándose también de su ropa que caía con la comodidad de la tela, una sobre otra quedando así, olvidada en los rincones o entre las patas de la mesa. Entonces ella dio dos o tres pasos en dirección al sillón, donde su espectador la miraba olvidando, copa de vino en la mano, y como ella entendía que todo se olvida, también olvidó. Olvidó seis pasos, olvidó mi saco y mi camisa, olvidó mis zapatos y mi ropa, y sin que ninguno de los dos recordara demasiado nos fuimos hundiendo en el sillón viejo.

El amanecer, los huevos revueltos con panceta, el fondo de vino tinto en la botella que descubrí al pie de una cama grande y ajena. Un balcón con helechos -que le atribuyo más a San Telmo que al gusto personal de esta mujer- el murmullo de una radio que habríamos dejado encendida. El cuerpo de mujer envuelto, mis ojos bien abiertos, pensando que la juventud se va a cada amanecer, a cada fondo de vino, a cada paso olvidado. Y para no amanecer un domingo con un ánimo milonguero –propio de San Telmo y no mío- decidí olvidar mis pensamientos y girar en dirección a una mujer que no es Paula, que esa noche no amé porque había olvidado cómo, mientras ella yacía dormida o adormecida, pensando o quizá olvidandose de los pasos y del vino, del joven Goyeneche con Trolio, de su pollera negra y la lluvia; o bien intentando acordarse del nombre del dueño del brazo que en ese momento esboza una caricia escondida en el silencio del amanecer, pero que está ahí, acariciando, como si a pesar de la voluntad de olvidarlo todo fuera imposible eliminar ese gesto mínimo de acariciar una mujer dormida. Y ella reflexiona o tal vez olvida, ella está a punto de despertar o de caer en un sueño aún más profundo. Pero entre tanto se deja acariciar porque el tango había sonado tan bien la noche anterior, porque el taxi se fue olvidando una a una las esquinas hasta su casa, y entre tanto se adormece un poco más, mientras se deja perder con el vaivén de una caricia extraña.

Y la mano acaricia olvidando aquella cara mientras ella olvida la tibieza de su tacto.

jueves, 19 de abril de 2007

Nociones Apocalípticas

Alguna tarde se puede nublar así a pesar de la hora, pueden aflorar relámpagos y el cielo se puede oscurecer. Sucede que el hombre mira al cielo con temor como lo habrá hecho en un momento primitivo –pre-lenguaje, i.e. pre-histórico (entendiendo la historia como la lectura del hombre de sí mismo)- y se pega un susto tremendo. Y no ha tu tía. Porque el cielo se ha ennegrecido, porque mejor (en lo materialmente posible) estar adentro, encender la televisión y arroparse; calentar agua y esperar, porque nadie quiere que la tormenta trascienda el fenómeno meteorológico y se convierta en terror puro, en terror no interpretado (no me diado por el lenguaje), y que ese terror sea acontecimiento. Miedo concreto. Entonces, en estos momentos (como esta tarde), mucho mejor ser humano y estar mediado por la razón y el lenguaje. Porque de esta manera, esta tormenta tremenda no es más que una buena excusa para ver cine o leer un libro, en vez de constituir un miedo ancestral que fuera capaz de forjar mitos sobre dioses, el Bien y el Mal.

miércoles, 18 de abril de 2007

Materialidad de la Palabra

Más allá de la discusión con Atilio y de las diversas argumentaciones, yo postulo y afirmo la materialidad de la palabra. Me refugio en escribir, me resguardo, es un remedio no romántico sino fisológico. Esto no me pasa a mí, le pasa a los millones y millones que escriben para vaciarse, porque han nacido con la necesidad de exclamar. Entonces, ante todo, ésta proclama: no existe Paula, sino su evocación; no existe caminar por una avenida, sino haber caminado; no existe el plato de comida caliente en familia, sólo su tardía evocación. Como dijo John Lennon (de una u otra manera), los acontecimientos nos pasan por al lado. Nosotros sólo podemos intentar frenarlos. Todo líquido -como es el Tiempo- se seca, se escurre o se evapora. Pero eso sí: podemos evocarlo. Allí el poder tremendo, el vaso de vino en la mano, la crónica de lo que pasó.