martes, 26 de junio de 2007

Mejoramiento de Metáforas.

Delirio o no, Atilio organizó un controvertido taller literario en el que asesoraba a sus alumnos en la construcción de metáforas. Originalmente el curso se llamó: “Lo que no hay que escribir para mantener la dignidad.” Aunque fue más conocido por “Mejoramiento de Metáforas.” La mecánica era la siguiente: los alumnos se reunían en un aula con sus cuadernos llenos de metáforas. Atilio los hacía leerlas en voz alta, mientras él recorría el aula (probablemente la cocina de su casa hasta que inauguramos la sede oficial del CES en un café de Congreso). Despreocupado por su arbitrariedad, Atilio opinaba largamente sobre las metáforas de sus alumnos. Mencionaba las virtudes de la sinéresis, la innecesaria persistencia a describir en exceso. Se preguntaba, extendiendo la pregunta a sus alumnos, por qué la gran mayoría hablaba de amor. Sus alumnos, que le tenían mucho respeto, tomaban nota, aceptaban sus cambios, producían violentas reescrituras. Referiré uno de los casos más paradigmáticos.

Uno de sus alumnos (yo), había escrito: Paula dormía enroscada como un arrecife de tela. Tras la primera modificación, la frase quedó: Enroscada como un arrecife de tela, Paula duerme. El alumno (yo) comprendió que el uso del presente le daba vida a la imagen. Atilio prosiguió en su crítica, anonadado por la necesidad de sus alumnos por decir siempre tantas palabras. Acepté su última sugerencia. Después de todo, él era el poeta de Tigre. La frase quedó así, mucho más perfecta: Paula duerme.

lunes, 25 de junio de 2007

Abstracción de la Mañana.

Aquella mañana, ya cerca del mediodía, los ojos de Paula (que eran otros) se escondían entre sus manos y los mechones negros. En mi tentativa de abstracción señalo lo siguiente: Álvarez Gómez manifiesta su profunda negación a olvidar esa mañana.

Siguiendo una vez más el delirio de Ireneo Funes, el fanatismo por una imagen comprobada, tan real como efímera, recuerdo: una boca a las once y cinco, la fila de dientes y la comba de los labios; la boca breve de las once y siete; el dilema del tiempo que transcurre, la cortina translúcida, la música que se apagó. Álvarez Gómez evoca (para no volver a olvidar): la caricia de las nueve y veinte, el té de las ocho, el abrazo de las ocho y uno. A fin de cuentas, lo que sucede sucede en el tiempo, dentro del tiempo como usted y yo esa noche de junio –mes frío pero genuino- aunque ya era la mañana y las luces, la niebla y el vapor del té.

La pretensión –idealista- de no dejar escapar ningún detalle (las tiritas verdes de la tela que cubría tus hombros, el tacto y tu cintura, la activación de tu sonrisa cuando ya quedamos solos y podemos explorarnos) lleva a que los días se hermanen en una gran sensación de junio, de abrigo contra abrigo –detenidos en una vereda del centro-; a cómo dijiste querés café y yo acepté para que la noche durara un poco más. Todo se confunde y vuelven las rayas negras de tus medias de cebra, el fulgor de tu pulóver de oso hormiguero, la luz de la ventana del avión o la cocina.

Materia errante, el tiempo o la evocación del tiempo terminan siendo casi lo mismo. La percepción irá modificando el cuadro, frondoso pastel de esa mañana luminosa; tendré que aceptar que no existe algo así como un recuerdo, sino una transición eterna producida por las evocaciones que vienen después. Quizá la próxima vez que recuerde tu risa de pájaro, tus manos a las diez y cuarenta, lo que vea sea diferente. Lo único inalterable es el suceder, el estar allí. El haber estado no dejará nunca de modificarse.

sábado, 23 de junio de 2007

Explicación, Flema y Paula.


Antes de pasar al relato que se enarbola esta noche de sábado, me permito la siguiente explicación: fue la flema y no otra cosa la que me alejó de este Diario a través del cuál, de la forma que sea, me comunico con unos pocos lectores que respeto (y necesito) mucho. La flema, además de constituir una barrera literaria (barrera bastante elástica, por cierto), invita a la reflexión. Como alguien una vez comentó, una buena forma de no perder la necesidad de escribir es no escribir por un tiempo. Esa pausa esta vez fue por la flema. O no.

Podría sintetizar buena parte de mi vida diciendo que muchas veces me acerqué a Atilio con una noticia sobre Paula, sobre algún esplendor que le encontré, una novedad en la mirada. Los ojos nuevos de una mujer que se detuvo. Atilio solía responder siempre algo similar. Yo solía interpretar muy poco de sus comentarios, y volvía a mis fantásticas imaginaciones. Cuando Atilio perdió la cabeza por una mujer (¿era Morelia?), vino a hablarme. Le había sucedido. Se sentía estúpido e incapaz de razonar. No me sorprendí. Los dilemas humanos son siempre los mismos. Cabe preguntarse si es mejor ser apático que estúpido. Si es mejor protegerse del amor de Paula, o perder la cabeza, los pantalones, la dignidad, la fe y la personalidad por una mujer. En este tiempo (fueron unos años ya) he oscilado entre las dos opiniones. Por primera vez considero que esta oscilación es la forma más pura de la coherencia. El vaivén, en este caso, es coherente. Pensé muchas veces que no existía contexto incapaz ser mitigado por un buen trompetista y una bañadera caliente. También pienso todo lo contrario.

Quizá Paula nunca venga, espejismo de mujer. Quizá sea sólo un velo o una fragancia que me puebla la cabeza. También puedo equivocarme y que Paula exista; y que su proximidad se torne temeraria.

viernes, 22 de junio de 2007

Diferencias entre Mirar y Visionar.


Uno de los debates más rudos propios de las escuelas de cinematografía estriba en la sutil pero catastrófica diferencia entre quienes miran películas y quienes las visionan. Detallaremos abajo las principales diferencias.

Se mira una película en una butaca de cine o en un televisor. Lo fundamental es que los ojos del mirador apunten a la pantalla. El visionado, en cambio, exige unos cambios de postura. Por lo general lo que se visiona son filmes (no películas), y sépase que la diferencia no es menor. Para visionar correctamente un filme, los siguientes consejos: frunza el ceño, simulando profundo desinterés por lo que se proyecta; sosténgase la cabeza con alguna parte del cuerpo; haga con los labios el gesto de pejerrey marplatense recién extraído del océano; muévase con incomodidad; suspire cuando los demás puedan oírlo; sonría ante algún movimiento virtuoso o alguna cita particular. Cuando salga del cine (si allí estuviere), quéjese. Así habrá visionado correctamente un filme.

Atilio confeccionó un catálogo de filmes para visionar y de películas para mirar. Será prontamente publicado. El Poeta de Tigre no ha podido evitar un sesgo en favor del cine francés.

martes, 19 de junio de 2007

Regreso al Federal.

La segunda vez que fui al Federal fue unos días después. La noche era casi la misma; la penumbra, apenas distorsionada. Era un regreso distinto. Atilio dormía en su asiento. El mozo dormía sobre el mostrador. Los cocineros dormían, aunque no podía verlos. Alrededor, en las mesas contiguas, los parroquianos se habían dormido sobre sus platos. Una señora había volcado su vaso de vino. Una mujer había interrumpido una conversación, ahora estaba tendida sobre una tortilla española. Todos dormían. Todos estaban soñando.

Yo caminaba entre las mesas, midiendo los pasos para no despertar a nadie. Encontré mi mesa. Encontré la tuya. La penumbra era diferente. La luz que te caía no era amarilla. Dormías sobre un antebrazo. El sueño te acababa de vencer, porque en tu copa el vino aún se movía. Me senté cerca de tu cara. Te vi dormir. El único que estaba despierto era yo. Miré alrededor, por temor a que me vieran tan cerca tuyo. Todos dormían. Me incliné. Tu brazo se movió. Tus ojos, que habían cambiado otra vez, se abrieron. Llegué a mirarlos, pero un sueño profundo me volcó sobre tu mesa. Ahora el que dormía era yo. Vos estabas despierta, muy cerca de mi cara.

domingo, 17 de junio de 2007

El Postergador.


Parecerá asombroso, pero preparar una taza de té lleva su tiempo. ¿Cuánto puede tomarse un empleado en la preparación y correspondiente ingesta de una infusión?

Sendas pautas publicitarias asocian al té con una pausa. Esta oscila entre los siete y los treinta y cinco minutos. Atilio hizo un riguroso análisis sobre cómo extender el mandado a bodega de un té oficinista.

Las obligaciones laborales se dividen en dos: postergables e impostergables. A su vez, las obligaciones impostergables se dividen en: impostergables impostergables e impostergables postergables. El día laboral en general se construye como una cebra de franjas de postergabilidad e impostergabilidad. El talento del postergador (individuo capaz de postergar lo impostergable), consiste en el armado de un cronograma riguroso que le permite hacer pausas de majestuosa duración.

La tarea no es fácil. Los trucos, varios. Según los consejos de Atilio, el Postergador ejemplar elige siempre una taza sucia. Generalmente la esponja de la cocina está demasiado gastada: su rugosidad es incapaz de desprender los cuerpos extraños adheridos a su interior. Negado a someterse a atentados bacteriológicos, el Postergador se comunica con el personal de mantenimiento para solicitar esponja nueva y detergente (que ha escondido detrás del tacho de basura). El personal de mantenimiento, ocupado aspirando las alfombras, no lo atiende de inmediato. El Postergador se adjudica unos gloriosos diez minutos. Ya con todos los elementos, procede a higienizar su taza. Esto le lleva ocho minutos. Tradiciones asiáticas consideran ofensivo tomar té en una taza húmeda. Tampoco apoyan el secado con repasador. La taza debe secarse al sol. El Postergador sale al patio. El tiempo nublado ralenta la maniobra de secado. La taza permanece allí, sobre una mesa. Mientras tanto, el postergador se dedica a pensar en historia China, recorre mentalmente las dinastías, intenta pronunciar algunas palabras. Cuando su jefe lo sorprende en su estado de pasividad, el Postergador no se alarma. No tiene por qué. Aprovecha para meter algún bocado de cordialidad, una pregunta por la familia. Cuando el jefe le pregunta qué está haciendo hace veinte minutos en el patio, el Postergador responde: dejando secar mi taza. En seguida repasa las tradiciones de la cosecha, menciona Ceylon, habla de grandes barcos cargados de té. El jefe lo oye, sonríe y se va. La taza está casi lista.

El Postergador sube la escalera, pone la pava al fuego y aguarda. Seis minutos después, con la temperatura justa, vierte el líquido en el recipiente. Introduce el saquito. Espera que el agua caliente reclame el té. La infusión se constituye: el Postergador tiene frente a sí una taza de té. La endulza, revuelve sin prontitud. Repiquetea la cucharita en el borde. Está a punto de probarlo. El proceso completó le llevo setenta y siete minutos. Algunos lo llaman villano. Otros: artista.

viernes, 15 de junio de 2007

El Federal.

Doce aceitunas, un López, la mesa de al lado. La noche se hace relato en San Telmo. Atilio fumaba oyendo a su compañero. Su compañero, Álvarez Gómez, pensó qué sería de ese bar con el tiempo, ahora que los minutos duran cada vez menos.

Nueve aceitunas, una mujer en la cabecera, asimétricas copas de vino, dos tortillas españolas; la tibia certeza de que afuera llovió y adentro está tan bien. El umbral, tres viejos cayéndose de la silla. Una mujer soltera, entrada en años, conteniendo la amargura de haber envejecido.

En la mesa larga. Una mirada prohibida, un tenedor en el piso, pasos sobre piso de madera. Las glorias de la calefacción. Una conversación sobre la mesa vecina, Atilio ausente. Álvarez Gómez presiente que todavía será joven, por lo menos un mes más.

Madrugada en El Federal, fundado en 1864, conocido recién anoche, hace treinta y cinco años. Todo está casi igual, aunque Atilio ya no me acompaña. Una mujer en la cabecera, la luz amarilla cayéndole en la cabeza, otro López, cinco aceitunas. Una conversación mezquina, mi compañero consumido por su tranquilidad. Álvarez Gómez levanta una copa en dirección a la cabecera donde duerme la imagen de una mujer. Ella sonríe, levanta la suya. Deja el antebrazo suspendido en el aire.