lunes, 23 de julio de 2007

Doctrina.

El error de ustedes, decía enfurecido, es haber atado la felicidad a las cantidades. En lo personal, dice Álvarez Gómez, francamente no sé cómo hacía este hombre para que la gente siguiera apretándose en la cocina de su casa –sede oficial del CES durante los primeros años- para escuchar al Poeta en sus declaraciones llenas de furia. No es posible considerar eso un curso o taller de escritura de poesía. Tenía algo de discurso político. Recuerdo los años del CES como los más hermosos de la vida, pero es imposible distinguir si se trataba del CES o de la juventud.

Supe aprender de Atilio. Una tarde le conté que una mujer me había enamorado. Sonrió. No dijo nada pero con su silencio me advertía como si comprobase que muchos individuos perdían el tiempo en pensar que estaban enamorados. No era un hombre frío, era sabio. El amó a Morelia; ella una tarde le regaló un alfajor; otra tarde lo dejó. Algo parecido al enojo, un repudio a las formas comunes –no usaba la palabra mediocridad- lo llevó a creer que podría ayudara los demás a ser sutiles. La belleza reside en los espacios que deja la vida. Lo sutil. Atilio siempre fue un misterio, sobre todo para mí.

Su virtud consistía en tener plena conciencia de que el tiempo transcurre. Una vez habló de un reloj de arena de un cristal hipersensible a la altura del cuello (entre la parte superior e inferior), por el cual corría un líquido análogo al tiempo, cuyo paso furioso volvía triste al observador. Decía que no se puede vivir observando ese caudal, al menos no felizmente. Pero sí se puede meter la cabeza en ese río tan refrescante como momentáneo. Después dijo algo sobre el asco que le generaban las metáforas líquidas, y que no podía creer que él mismo usara un río para hablar del tiempo. Después, más calmo, fue a la cocina y puso la pava al fuego.

miércoles, 18 de julio de 2007

Álvarez Gómez habla Atilio.

Quizá fuera su propia frustración, fijensé que ser poeta no quiere decir gozar de un caudal, a veces puede sucederle a él también, Poeta de Tigre, no tener un corno que decir, la más crasa inexpresabilidad. O llegar al punto de introspección más sublime como cuando escribió una de sus obras más exóticas. "Por el placer de" no es nada más que la manifestación literaria del placer de usar palabras y acomodarlas, darles ese orden dictado por la sintaxis, un ritmo decidido por el azar, y convenir que haya detrás de ellos un sentido más o menos capturable. En su caso, el sentido de "Por el placer de" estaba dictado por la satisfacción de escribir palabras como la que se me acaba de escapar (“crasa” como adjetivo de “inexpresabilidad”). Esa satisfacción, según Álvarez Gómez (yo) es análoga al placer de la medialuna, es casi igual a las mañanas cuando -antes que nada- me teconlecho. No debe sorprender que se encuentren cosas de Atilio en mis propios escritos, y cuando digo cosas me refiero a eso, cosas como las aletas o aleteos, un peine, un mate cebado una tarde de sol, un recorrido lento por la Ribera (“aún, la ribera”), una pausa que yo no hubiera hecho, un taxi que bajó por Las Heras mientras pensaba en una mujer. Atilio me ha dado tanto, y yo quiero expresarle mi gratitud de esta manera, rica en sinceridad, al comentar su obra. Él siempre comentó la mía, me la comentó a mí; y aunque no pocas veces fui alentado, muchas otras (las más) sentí que su rostro adquiría cierta aspereza al tener que enfrentarme para una de sus críticas. Así se aprende el oficio, decía, y en seguida cambiaba de tema o se olvidaba de lo que hablábamos.

martes, 17 de julio de 2007

Desconceptualización.

Hacia 1970 Atilio se propuso construir un discurso desconceptualizado. No lo logró. Su desconceptualización se convirtió más que nada en un viraje, es decir, la sistemática elusión de los conceptos derivó en otros, difusos y más complejos al entendimiento.

En vez de hablar de amor (Atilio lo consideraba ante todo un concepto histórico, ergo cultural), decía “aleta, aleta”, sin aclarar si se refería a una aleta de un pez, o al movimiento de un ala de ave, que en todo caso sería “aleteo, aleteo”. Atilio eligió decir “aleta, aleta” convencido de que con esas palabras aludía la misma sensación que al decir “amor”. Más aún: diciendo “aleta, aleta” evocaba una noción (si es que el amor lo fuera) mucho más amorosa que la evocada por la palabra amor.

En vez de hablar de enojo o ira, simplemente decía “des-aleta”, o incluso “des-aleta-aleta”, para casos de furia exagerada.

Para comprender su cruzada contra los conceptos: Atilio se negó un día a hablar con las ideas existentes y se propuso crear nuevas; más que una desconceptualzación, se trató de una reconceptualziación, una actualización de nociones y pensamientos que la humanidad utilizaba sin agregarla nada más que su individualidad, lo que tendía (en su opinión) al inefable ocaso de la alegría.

lunes, 16 de julio de 2007

Ciclo de Seminarios de Atilio.

I. Sobre la Redundancia.
Sobre la recurrencia de los temas de escritura, de eso será el seminario de hoy, Atilio está furioso, no sé por qué la tendencia a lo mismo, ¿tanto les interesa hablar del amor?, no estarán un poco tarados, ustedes, ¿jóvenes aprendices de poetas? De pie, como si enfrentara un anfiteatro, sin recordar que está probablemente en su cocina, sede oficial del CES (Centro de Estudios Siniestros, del cual soy vicepresidente). Aquí dicta sus cursos, aquí dicto mis cursos, y ustedes siempre llenan sus cuadernos con los garabatos del amor. A ustedes no los entiendo, dice Atilio, y gira como si pensara, da pocos pasos alrededor porque imagínense que la cocina es bastante pequeña, y así y todo los alumnos, agrupados, anotan algo mientras Atilio los critica sin moderación.

Anotan mentiras, ustedes no saben de lo que hablan, no pueden distinguir entre el amor por una mujer y la adrenalina, el químico que repercute en posibles recovecos del cerebro, y ustedes en vez de llamarlo sulfato de helio lo llaman amor, cuando en teoría se trata de una sustancia, elementos que interactúan y que para ustedes son la birome esa, el garabato, la búsqueda incesante de la palabra justa como si esta tuviera un poder especial. Es la ridiculez más grande –la más hermosa- y por eso están acá, para que yo les cuente que en realidad no hay amor sino síntomas (midriásis, sudoración, aplacamiento del yo), y si entráramos en terrenos psicológicos o psicoanalíticos agarrarse porque ese es un viaje de ida, carísimo y sin retorno.

El Seminario de hoy se llama “Sobre la Redundancia Temática de los Jóvenes Poetas como ustedes, que ante la frustración y el vaciamiento (y quién les dijo que querer escribir significaba poder hacerlo) se acercan a mi auditorio birome en mano, cuaderno en mano, y con la ilusión de aprender algo ya mismo están garabateando cosas ante todos azules y con letras, quizá ajenas a la poesía o quizá (por error o por virtud) tan tremendamente poéticas que nos harán llorar a todos mientras esta noche se extingue o muta, mientras yo les cuento el título de este Seminario, mientras ustedes anotan el nombre de este Seminario sobre la Redundancia.”

Pre-Texto.

Me dirijo a mi público con algunos motivos. El primero vinculado al placer de decir me dirijo a mi público -lo que implica un público- y casi también una necesidad narrativa. Segundo porque reflexioné sobre la longitud de los textos y sobre la frecuencia de publicación. Por otro lado, este tipo de contacto -que hace franca la relación entre el que compone el texto y quien lo lee- se origina en una necesidad diferente de la narrativa. Es más emotiva, o emotiva en otro nivel. El título es Pre-Texto por dos razones: es un preludio al texto que publicaré hoy; es una excusa (que se justifica a sí misma: quiero hablar) o una bengala.

jueves, 12 de julio de 2007

Y no me venga (respuesta de Atilio).

Dejé el texto "Eternidad de la Tarde" unos días para darle tiempo a su lectura. Me permito algo que no frecuento hacer, un comentario personal. No estoy de acuerdo con los textos largos. No estoy demasiado de acuerdo, claro, porque a veces el contenido (o lo que los textos contienen, que no siempre es contenido) exigen cierta duración. Por eso me abstuve de agobiar y preferí no publicar nada desde el lunes. Pero Atilio contestó. Se pronunció y no me quedó otra que transcribirles lo que me llegó por escrito. Abajo, el texto:
Y no me venga (contestación de Atilio).

"No me venga con elucubraciones, carta de Atilio en respuesta a Álvarez Gómez, no me venga con que la tarde y el frío, la frazada, su frazada, por favor, dice Atilio, ¿no encontró una metáfora mejor? ¿No aprendió nada en el curso que dicté? O fue hace tantos años ya, sí Atlio, fue hace como treinta años, aún salíamos a ver la ribera. Disculpe, Álvarez, no le parece mejor así: aún, la ribera. Usted, usted, contesta Álvarez, recuerdo de conversación cerca del Café del Molino, recuerdo del tenebroso barrio de Congreso, usted siempre con la frase justa, Atilio. Por eso somos amigos, porque usted me ayuda a pensar.

El tono de reproche, Atilio con su no me venga con que ahora le da por la nostalgia, y yo que quiero aclararle que siempre fui nostálgico aunque usted, Atilio, considere la nostalgia como una pérdida de tiempo. Coincido con usted, ante todo la nostalgia es el sufrimiento por el tiempo perdido, por los pasos caminados, por lo que se fue, ya sea una mujer o un alfajor Suchard ingerido en una caminata vespertina.

Yo discuto con usted pero yo también discuto con usted, Álvarez, querido amigo, lo que digo es que no me venga con el fuego y su extinguimiento, con el patetismo existencial o con el miedo a la muerte. Ojalá que usted se poete y se olvide, yo me poeto, una tarde como la que usted narra yo la prefiero con medialunas; antes que la tristeza y los delirios de coherencia me teconlecho y me medialuno, me garrapiño, sostengo que ante la profunda pena conviene manzanaacaramelarse, ser abuelo, tener nietos, sacarse a pasear, recordar lo recordable, echar otro leño al hogar. Coincido, Álvarez, que a veces sucede amar amar amar a una mujer, y que los principios no son todos los mismos, además dejo el cinismo de lado porque quiero que usted se poete."

lunes, 9 de julio de 2007

Eternidad de la Tarde.

Eternidad de la Tarde.

A veces, como hoy, entre la una y las cinco de la tarde puedo experimentar la eternidad. La sensación es del todo confusa y confundible con la lentitud. Sin embargo, no tengo dudas de que se trata de una forma de eternidad. Que haya nevado en Córdoba y me haya enterado desde la bañadera, que en Buenos Aires cayera aguanieve, que la luz del día fuera tan opaca como escasa, esos elementos le pertenecen (le pertenecieron) a esta tarde en particular. La condición de eternidad cruza todas las tardes, es la evocación de la sensación de que sea la tarde, y por ende no es demasiado fácil de describir. Sobre todo, ni siquiera es necesario describirla.

La rebeldía o la insensatez, sin embargo, me llevan a asociar (qué cosa más linda que tejer vínculos posibles), decía que me llevan a asociar a esta tarde con la Tarde Eterna, que si bien tiene una duración aproximada de cuatro horas y pico, su duración es expandible. La idea no es nueva. Tengo pocas ideas y un gran palo de amasar. La eternidad es finita. Digo lo siguiente, en el epílogo de la Eternidad: no es incoherente decir que la Eternidad tiene duración. Es la afirmación más noble.

Sobre por qué digo que hablo desde el epílogo: el fuego que estuvo encendido (qué llamas, qué primitivo placer), parece estar apagándose; la luz se atenúa; la frazada está sobre el sillón, y en ella permanecen las marcas de la Eternidad, de haber envuelto un concepto tan vasto como increíble. En este sentido, si la eternidad es ante todo horizontalidad sobre un sillón, entonces la Eternidad puede envolverse, magnífico panqueque de tiempo, y qué cosa tan triste verme fuera de esa envoltura tibia, verme acá, nacido y existente, con la maniática voluntad de incorporar a mi diario estas reflexiones, como si lo único que fuera a calmarme de ser mortal sea (al menos) poder escribir sobre eso.

En cierto momento –en general los fines de semana- sucede que en una cola de supermercado dos personas cruzan miradas y en ellas se transmite la certeza (absoluta) de que ante todo los humanos están haciendo tiempo antes de. Y quién me va a calmar si digo esto (considérese que este cuarto está casi a oscuras, que el fuego crepita pero sin arrancar, que el frío amaga meterse en mi camiseta). Nadie va a calmar a nadie. Para evitar la certeza aquella, la certeza de que ciertas tardes son ante todo la penosa transición de una hora hacia la próxima, para eso existen grandiosos entretenimientos, fábulas titánicas, pensamientos bellos, apasionamientos artísticos, cinismo, ciruelas, todo tipo de fruta en almíbar, películas de más de dos horas, frazadas (claro) y sus consecuentes delirios de Eternidad. Existen amores, súbitos dadores de alegría, existen viajes a la Nieve, existe amarte amarte amarte y ningún ruido extraño, ninguna señal que temer, existe el debate –el siniestro debate- entre los vivos que saben que viven y no dan ni una señal de preocupación ante las tardes que se van. Sólo existe esa discusión, el arte y la música vienen a decorarla. Nosotros, cómo duele decirlo, nosotros decoramos el tiempo con ridiculeces.

Y en el debate espero que gane la ilusión. Qué bien suena esa infantilidad, téngase en cuenta que detrás de mi espalda (vertebrada, llena de tendones) cae nieve en Buenos Aires. O quizá no sea nieve y algún meteorólogo no pueda creerlo, no pueda entender la tarde y la poesía que la tarde le regala al poder explicar el fenómeno que para mí es una tremenda carcajada, un argumento más en la discusión de si mantener la cordura (cueste lo que cueste, yendo a la universidad, comprando un perro) o si mejor perderla al ritmo de los días y de sus hermosos recovecos. La nieve es nieve nieve, la veo caer cuando giro mi espalda (llena de vértebras) y quién iba a decir que nevara. El gato maúlla. Y yo, en una soledad primitiva, escribo escribo escribo haciéndole a esta tarde un homenaje que mañana probablemente no tenga sentido, o tenga otro, o se vaya diluyendo (metáfora de copo de nieve que se derrite). Metáfora de frazada y tibieza + metáfora de tapiz y entrecruzamiento + duda de si incluir signos matemáticos en este azar + duda de si incluir comentario sobre lo que me gusta la palabra azar, sobre todo su zeta. Duda de si la zeta me gusta porque está al final del alfabeto, o simplemente es un tema gráfico, su dibujo. Comentario sobre la nieve que cae. Comentario sobre la nieve que cae en Córdoba. Comentario sobre una palmera nevada, sobre una voz de mujer, un posible viaje, sobre que no no no, los principios no son todos iguales, sobre lo nuevo y la novedad, sobre el calor de tu boca, sobre el revelamiento de información, sobre que no puedo ocultar, sobre que se me está derramando todo acá arriba, sobre la tecnología y la poética de los teclados de computadora, sobre la nieve que cae cae cae, sobre cómo copio recursos de autores de los que leí dos libros.

Entonces, hacia la mitad de la segunda página, el fin del texto, revelo que este texto se está terminando (de construir) y anuncia con gratitud y alegría que quizá el próximo punto sea el último. Y todo suena ingenioso, todo parece una artimaña maña maña, pero qué bien, el recurso de integrar al lector y que se sienta parte. Y blasfemo contra mí, purificación de mi persona, y ante todo explico que de todas maneras leer un texto es ponerle el cuerpo, y ponerlo de manifiesto es ante todo una aclaración interesante; sobre todo cuando escribir así me hace tener menos frío, me hace sentir acompañado, y más todavía porque el gato bajó las escaleras con su habitual majestuosidad y se acerca a mí (después de haberme rechazado toda la tarde) porque debe haber sentido que el Apocalipsis felino estaba aproximándose. Y mirenlá, gata fantasmal, si acaba de ir a abrir y cerrar sus pezuñas (recuerdo de petuñas de la infancia, o eran violetas, que eran violetas, recuerdo de bolsas de tierra, recuerdos furiosos); y no lo van a creer pero la gata se durmió. El apocalispsis cabalgaba hacia su esqueleto y ella tomó la sabia decisión de eternizarse. ¿Quién arma esta coreografía, alguien me dice? Explicación y crítica de la frase de recién: qué bien, cómo el autor invoca a la divinidad, qué uso del humor, que lindo que lindo es todo. Explico la fórmula de este texto, por si la quieren usar: frase + frase sobre la frase + frase + frase sobre la frase, ¡oh el metatexto!, que tibia idea (la única que tengo), que las cosas no son sino lo que interpretamos de las cosas, hasta cuándo la misma masa seguirá dándome de estos buñuelos: Atilio, ¿querés buñuelos? Un horno magnífico, lleno de buñuelos, bandejas de buñuelos, buñuelitos, bu-ñue-los, ¿ven la impotencia del texto escrito? ¿Cómo hay que leer las palabras separadas? ¿No es un tema de entonación?

El fuego está encendido; el gato duerme hecho un caracol. El fin de la Tarde Eterna.