martes, 21 de agosto de 2007

El abandonador de novelas.

Una de las figuras más temibles que el ser humano puede adoptar. La mejor analogía es con la fruta fresca: una manzana o una pera en su punto de perfecta madurez, mordida por primera vez, liberando sus aromas y jugos en la boca del mordedor; acto seguido, la fruta abandonada en su mejor momento, que comienza a pudrirse, a decaer hasta ser fruta podrida.

Las novelas funcionan igual. Es imposible volver a sentir el entusiasmo arbitrario de querer leer una obra. Empezar y dejar es un sacrilegio. El abandonador de novelas es uno de los verdugos más sutiles que andan dando vueltas. Quizá me he vuelto más impaciente con el tiempo, o la literatura tiene cada vez más competidores que requieren menor concentración.

jueves, 16 de agosto de 2007

Conciencia Orgánica II.

Sin embargo, si para alcanzar los estados poéticos (arbitrariamente definidos) como momentos de alejamiento de la noción de que somos ante todo organismos, también es cierto que en momentos de plena conciencia orgánica el individuo alcanza raros momentos de epifanía (una epifanía tautológica, ya que descubre la enorme verdad de que sí, en efecto somos un cuerpo que pasa horas vitales y luego se va a descomponer). Por lo tanto, la poesía (en este mirco sistema arbitrario de definiciones) sería un estado de distanciamiento de la verdad y/o epifanía del ser humano (que consiste en saberse efímero). Por lo que las epifanías poéticas, i.e. momentos de grandes revelaciones alcanzadas por o durante estados poéticos (a definir como más guste), constituirían –por lo menos- una gran farsa de la humanidad.

Ahora bien, esta farsa puede ser tan placentera y genuina como para convertirse en el objetivo o meta más digna a alcanzar durante las horas vitales de nuestro cuerpo, y responder al nombre de arte.

martes, 14 de agosto de 2007

Conciencia Orgánica I.

Esencialmente, la conciencia orgánica consiste en estar conciente de que ante todo somos un organismo. Esto es, ser es ser organismo. Por lo tanto, cuando somos, somos a la vez un poco estómago, hígado, páncreas, pulmón, brazo, y demás zonas del cuerpo que cumplen sus roles determinados por la naturaleza.

Para obtener una calidad de vida aceptable (no en términos económicos sino dentro de parámetros psicológicos considerados normales, o bien que permitan no estar en un psiquiátrico) la conciencia orgánica debe limitarse. Es imposible comer un bife con papas fritas y ser conciente del estómago, o salir a la calle a mirar e intentar analizar el funcionamiento del ojo.

Si entendemos que ciertos actos poéticos (definida ésta como fuere) son realizados por individuos que vieron brillar el mundo (en todas sus formas) podemos afirmar –con toda la arbitrariedad necesaria- que para construir actos humanos como la poesía en menester olvidar momentáneamente nuestra condición de organismos. Alejados de la química de los cuerpos (de los fluidos y sustancias que la navegan y accionan) la vida poética es posible.

Si consideramos que el cuerpo humano en buena medida nos hace humanos (o bien: somos humanos porque tenemos un cuerpo humano), y que la poesía (en sentido amplio: una apreciación y amor vasto por la vida) es un acto completamente humano, para hacer poesía hay que ser poco humanos, o bien poco conscientes de que somos un cuerpo que funciona con alimentos y responde a estímulos.

Además, a pesar de todas las arbitrariedades y tautologías perpetradas en este texto, quería enunciar esta contradicción de cualquier forma. Por otro lado, tanto la contradicción como la arbitrariedad constituyen la condición humana.

lunes, 13 de agosto de 2007

Posición respecto del uso de sombreros y accesorios de tela en la cabeza.

Durante buena parte de la juventud usé sombreros y todo tipo de accesorios sobre la cabeza. Mi gusto por ese hábito era tan intenso que se convirtió en un verdadero debate sobre estética, más precisamente, sobre el vínculo entre el individuo y la estética. Llegué a las siguientes conclusiones (a lo largo de los años):

El individuo que niega su vínculo con la estética argumentando que la ropa que viste solamente cumple la función de protegerlo del frío es un mentiroso. Toda elección vestimentaria forma parte de un código cultural, aceptado o no (criticado o no). Por otro lado, el principal mandato de dicho código aconseja (con mayor o menor ahínco) andar por la vida con la zona genital cubierta de tela. Encuentro buenas justificaciones para ello (lo que no lo salvaguarda de constituir un código cultural): el frío genital es siempre más intenso que en otras partes del cuerpo; en Buenos Aires las mujeres son tan lindas que su pública exhibición sin ropa causaría estragos, golpes, y posibles crímenes.

Sentir placer por vestir una determinada prenda o accesorio (en mi caso, sobre la cabeza) es menos ridículo que sentir ese placer y ocultarlo –y/o cubrirlo con ideología barata sobre la moda y el desinterés por cómo uno se ve. Por otro lado, hay pocas cosas más sanas que hacer una caricatura de uno mismo.

Si nos detenemos a analizar los placeres más comunes, el de vestir está asociado al ego y a la imagen que cada uno forma de sí mismo. Por lo que la tela escogida no es solamente tela, sino la idea que esa tela ayuda a formar de aquel individuo que la viste. Como se esa tela no sólo vistiera su cuerpo, sino también la idea que ese individuo tiene de ese cuerpo, su rol social. Atraer mujeres (amantes de las telas) constituye otra gran motivación a la hora de entender el vínculo con lo textil.

Muchos años después, con una colección de sombreros que asombraría a cualquiera, el placer por sentir la felpa sobre mi cabeza sigue siendo inmenso. La ridiculez de este hecho lo hace cada vez más bello, por lo que no puedo dejar de comprar sombreros. Después de todo, ser conciente y ridículamente feliz por un pedazo de tela con forma circular es grandioso. Me siento privilegiado, y no sé por qué.

jueves, 9 de agosto de 2007

Incorporaciones (hagan el favor de leer el texto de abajo también).

El organismo es uno. Durante el tiempo vital le incorporamos elementos que modifican su funcionamiento. Algunos son tangibles: vitaminas, oxígeno, agua, grasas. Otros no tanto, aunque no por ello ejercen menor influencia: ideas, pensamiento, idiosincrasia, estilo, estética.

Ayer a la noche cené con Paula. Su belleza altiva, su boca de los mármoles, la perversa curvatura de sus labios. Durante la cena incorporé cuatrocientos centímetros cúbicos de Syrah. Quince minutos después incorporé café, chocolate, saliva, tres medidas de whisky, hielo derretido, apreciaciones sobre por qué el tintineo de los hielos sería digno de mención, un raspón en la pierna, saliva (deliberada) de Paula, tibieza rotunda, efluvios primaverales.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Viñetas de Rómulo Ornamenti.

Nota

Conozco a Rómulo hace muchos años y llegó el momento de mostrar al público algunos de sus escritos. A mi también me provocaron un poco de impresión.

AG.


Ingesta.

"No siempre es conveniente comerse a las mujeres y dejarlas en esqueleto, los esqueletos son previsiblemente muy huesudos y poco acogedores en épocas invernales. Es referible (y esto lo dicta la experiencia) comer pedazos de la mujer, una ingesta ahorrativa de los manjares y efluvios. Otras variantes son poco convenientes. Es cierto que todos prefieren comer hasta saciarse pero cuando aparece el esqueleto aparecen también las miradas hacia los costados, la duda de haberse excedido, y la obligación de dormir agarrado de los huesos."

Tala.

"Fui provocado por el invierno, quien me llevó a la ferretería con un hacha en la billetera, y una vez que sentí el peso y probé el poderoso vaivén de mi herramienta, salí a caminar por la calle con alegría de hacha. El primer policía me miró extrañado, y como no abundan leñeros en Belgrano, habrá imaginado algo para no tener que ir a hacerme la boleta por tala indiscriminada del arbolado público. Además, como no habría manera de insertar esa denuncia en las veloces computadoras del sistema policía, el oficial optó por verme maniobrar. Talé así el primer paraíso de la mañana, cuya leña gomosa trocé en cómodos tronquitos que cargué en mi carretilla de leñador de Belgrano.

Mayor fue la sorpresa del policía cuando volvió a verme, esta vez talando un gran eucaliptos (que dio mucho más trabajo que el árbol anterior), pero tampoco pudo decirme nada porque no sabría que anotar en su boleta. Yo lo miraba y hasta me devolvió la sonrisa. Pobre hombre, tendrá frío. Y así fue que talé todos los árboles de la calle Amenabar, que se quemaron en mi hogar para regocijo de mi gata."

domingo, 5 de agosto de 2007

Álvarez Gómez y el dilema de la Inspiración.

Puede resultar un poco sorpresivo que sea yo el que tome la palabra y me remita en este breve mensaje a su obra y su forma de sentarse frente a ella.

Álvarez Gómez, escritor y ensayista, amigo fiel y apasionado lector de los hechos de la vida. Faltaba más, ¿verdad?, que yo no lo presentara con alguna pompa después de haber sido homenajeado por él, uno de mis primeros lectores y difusores de mi poesía. Por si hace falta lo aclaro: soy Atilio, poeta de Tigre.

Sobre la inspiración puedo decir que uno de sus textos más lúcidos se llamó Tentativa de Texto Inspirado, que trataba de un texto complejo que se inspiraba a sí mismo, dando crecientes muestras de ello a lo largo de su evolución. Un texto novedoso que manifestaba su conciencia de estar inspirándose y creciendo, hasta desbordar de inspiración hacia el final. En ese caso, Álvarez Gómez intentó poner de manifiesto la irónica certeza de que algunos textos tiene un alma u otros no. Nunca dejó en claro si esa alma debía esperarse, o si podía aparecer durante el proceso de escritura. En todo caso, si así fuera, se trataría de textos hechos únicamente de forma (si es que esto fuera posible), despojados de quién sabe qué, y que algunos llaman interés dramático. Puedo asegurar que Álvarez Gómez nunca se sentaría a escribir sino se traía algo entre manos. Es este caso, traía la inquietud de la inspiración, idea que siempre lo perturbó.

Quisiera transcribir el manuscrito, pero el tiempo -que se lleva tantas cosas- aparentemente se llevó el cuaderno Gloria de 1971 en donde el texto se albergaba. Yo lo leí. Miraba el río.