Entonces no hago mucho esfuerzo y aparece en el Café La Americana la imagen del Café del Molino, cuarenta años antes, lleno de gente con sombrero, estamos hablando de cuarenta años antes de mi juventud. Y yo me alejo de lo tedioso con la imaginación, con la única herramienta intangible que me puede salvar. En el Molino me siento, y esto lo imagino desde la confitería La Americana donde tampoco estoy, porque en realidad estoy acá, cuarenta años después, en una oficina con órdenes de trabajo y jefes sumamente empresaios. ¿Qué sucede? Tomo asiento en El Molino, cada vez más lejos de la voz del patrón que dice mi nombre y enumera tareas, y en ese Café (dóblemente imaginario) pido un café y un churro, y voy a ver cómo está mi casa en el bosque. Ya casi la puedo ver, y con el tiempo y la práctica voy reproduciendo también el olfato. Albahaca, puedo olerla, aunque quizá no esté en el bosque sino más bien en una pizza que mi vecino de mesa se pidió en El Molino –de dudosa existencia- o bien en La Americana, donde tampoco estoy (o estoy a medias); y así llego a la conclusión de que no sé de dónde me llega ese olor a hierba tierna, aunque yo siempre prefiero pensar que todo eso está en mi bosque, que nadie conoce. Me adentro en el follaje, protegido por las plantas, y en un claro del bosque los rayos de luz se filtran entre las hojas. Llego a la hierba, que arranco sonoramente del suelo. La hierba tiene un olor rancio a naturaleza.
viernes, 24 de agosto de 2007
Huerta (continuación del Viaje).
Imagino, cuando el trabajo ya es insostenible, que paso largas horas en la confitería La Americana, que tomo lentos cafés con leche y medialunas, y que desde allí, en el corazón del barrio de Congreso, me creo que viajo, que voy a un lejano jardín donde la tierra está húmeda. En esa tierra, que trabajo con las manos, abro surcos donde dejo unas semillas para que crezcan. Pero allí no hay tiempo, ya que ese soñar despierto es a partir de otro sueño despierto (desde la Confitería La Americana), entonces no se entiende muy por qué desde la oficina –donde el trabajo apremia- yo imagino que desde el barrio de congreso imagino que en un jardín de tierras húmedas crecen semillas de frutales.
Viajes I.
Un proverbio chino –o quizá un simple delirio- sostiene lo siguiente: a mayores obligaciones laborales, mayor intensidad para imaginar viajes exóticos. Sucedió que en mi juventud trabajé mucho (mucho) y a medida que mis patrones me cargaban la espalda, yo imaginaba que le hacía un surco a un brazo del Amazonas. Entonces, a medida que los clientes de mi jefe (que enriquecían su bolsillo y apenas le hacían una cosquilla al mío) demandaban más horas de oficina, yo imaginaba la temperatura del agua, podía sentir el calor sobre las planchas de madera de mi embarcación, notaba que la transpiración bajaba en gotas de sal sobre mi boca.
Con el tiempo, estos lugares imaginarios se llenaron de plantas, árboles, animales salvajes; comencé a hacer una choza, en cuya construcción avanzaba cada vez que el tedio laboral me llevaba a mi viaje. La choza tuvo primero una estructura rústica de cañas, luego obtuvo un techo, una pequeña puerta, reservas de agua dulce del río, un lugar para dormir en la sombra fresca. Sucedía a menudo que la flora y fauna no tenía un correlato en el mundo de las ciencias, ya que los árboles reunían elementos de muchos árboles, los mamíferos se prestaban rasgos, e incluso los paisajes compartían atributos.
Construí así, tras largas horas de trabajo tedioso, paisajes alpinos con ríos amazónicos, sierras cordobesas (que apenas conozco) con desierto, llanura pampeana y playas caribeñas. Los animales claramente no existen en ningún mundo salvo en éste. Las aves tenían cara de vaca, los peces tenía a veces alas y a veces piernas, las víboras eran amigables y tocaban guitarras de caña.
Con el tiempo, estos lugares imaginarios se llenaron de plantas, árboles, animales salvajes; comencé a hacer una choza, en cuya construcción avanzaba cada vez que el tedio laboral me llevaba a mi viaje. La choza tuvo primero una estructura rústica de cañas, luego obtuvo un techo, una pequeña puerta, reservas de agua dulce del río, un lugar para dormir en la sombra fresca. Sucedía a menudo que la flora y fauna no tenía un correlato en el mundo de las ciencias, ya que los árboles reunían elementos de muchos árboles, los mamíferos se prestaban rasgos, e incluso los paisajes compartían atributos.
Construí así, tras largas horas de trabajo tedioso, paisajes alpinos con ríos amazónicos, sierras cordobesas (que apenas conozco) con desierto, llanura pampeana y playas caribeñas. Los animales claramente no existen en ningún mundo salvo en éste. Las aves tenían cara de vaca, los peces tenía a veces alas y a veces piernas, las víboras eran amigables y tocaban guitarras de caña.
martes, 21 de agosto de 2007
El abandonador de novelas.
Una de las figuras más temibles que el ser humano puede adoptar. La mejor analogía es con la fruta fresca: una manzana o una pera en su punto de perfecta madurez, mordida por primera vez, liberando sus aromas y jugos en la boca del mordedor; acto seguido, la fruta abandonada en su mejor momento, que comienza a pudrirse, a decaer hasta ser fruta podrida.
Las novelas funcionan igual. Es imposible volver a sentir el entusiasmo arbitrario de querer leer una obra. Empezar y dejar es un sacrilegio. El abandonador de novelas es uno de los verdugos más sutiles que andan dando vueltas. Quizá me he vuelto más impaciente con el tiempo, o la literatura tiene cada vez más competidores que requieren menor concentración.
Las novelas funcionan igual. Es imposible volver a sentir el entusiasmo arbitrario de querer leer una obra. Empezar y dejar es un sacrilegio. El abandonador de novelas es uno de los verdugos más sutiles que andan dando vueltas. Quizá me he vuelto más impaciente con el tiempo, o la literatura tiene cada vez más competidores que requieren menor concentración.
jueves, 16 de agosto de 2007
Conciencia Orgánica II.
Sin embargo, si para alcanzar los estados poéticos (arbitrariamente definidos) como momentos de alejamiento de la noción de que somos ante todo organismos, también es cierto que en momentos de plena conciencia orgánica el individuo alcanza raros momentos de epifanía (una epifanía tautológica, ya que descubre la enorme verdad de que sí, en efecto somos un cuerpo que pasa horas vitales y luego se va a descomponer). Por lo tanto, la poesía (en este mirco sistema arbitrario de definiciones) sería un estado de distanciamiento de la verdad y/o epifanía del ser humano (que consiste en saberse efímero). Por lo que las epifanías poéticas, i.e. momentos de grandes revelaciones alcanzadas por o durante estados poéticos (a definir como más guste), constituirían –por lo menos- una gran farsa de la humanidad.
Ahora bien, esta farsa puede ser tan placentera y genuina como para convertirse en el objetivo o meta más digna a alcanzar durante las horas vitales de nuestro cuerpo, y responder al nombre de arte.
Ahora bien, esta farsa puede ser tan placentera y genuina como para convertirse en el objetivo o meta más digna a alcanzar durante las horas vitales de nuestro cuerpo, y responder al nombre de arte.
martes, 14 de agosto de 2007
Conciencia Orgánica I.
Esencialmente, la conciencia orgánica consiste en estar conciente de que ante todo somos un organismo. Esto es, ser es ser organismo. Por lo tanto, cuando somos, somos a la vez un poco estómago, hígado, páncreas, pulmón, brazo, y demás zonas del cuerpo que cumplen sus roles determinados por la naturaleza.
Para obtener una calidad de vida aceptable (no en términos económicos sino dentro de parámetros psicológicos considerados normales, o bien que permitan no estar en un psiquiátrico) la conciencia orgánica debe limitarse. Es imposible comer un bife con papas fritas y ser conciente del estómago, o salir a la calle a mirar e intentar analizar el funcionamiento del ojo.
Si entendemos que ciertos actos poéticos (definida ésta como fuere) son realizados por individuos que vieron brillar el mundo (en todas sus formas) podemos afirmar –con toda la arbitrariedad necesaria- que para construir actos humanos como la poesía en menester olvidar momentáneamente nuestra condición de organismos. Alejados de la química de los cuerpos (de los fluidos y sustancias que la navegan y accionan) la vida poética es posible.
Si consideramos que el cuerpo humano en buena medida nos hace humanos (o bien: somos humanos porque tenemos un cuerpo humano), y que la poesía (en sentido amplio: una apreciación y amor vasto por la vida) es un acto completamente humano, para hacer poesía hay que ser poco humanos, o bien poco conscientes de que somos un cuerpo que funciona con alimentos y responde a estímulos.
Además, a pesar de todas las arbitrariedades y tautologías perpetradas en este texto, quería enunciar esta contradicción de cualquier forma. Por otro lado, tanto la contradicción como la arbitrariedad constituyen la condición humana.
Para obtener una calidad de vida aceptable (no en términos económicos sino dentro de parámetros psicológicos considerados normales, o bien que permitan no estar en un psiquiátrico) la conciencia orgánica debe limitarse. Es imposible comer un bife con papas fritas y ser conciente del estómago, o salir a la calle a mirar e intentar analizar el funcionamiento del ojo.
Si entendemos que ciertos actos poéticos (definida ésta como fuere) son realizados por individuos que vieron brillar el mundo (en todas sus formas) podemos afirmar –con toda la arbitrariedad necesaria- que para construir actos humanos como la poesía en menester olvidar momentáneamente nuestra condición de organismos. Alejados de la química de los cuerpos (de los fluidos y sustancias que la navegan y accionan) la vida poética es posible.
Si consideramos que el cuerpo humano en buena medida nos hace humanos (o bien: somos humanos porque tenemos un cuerpo humano), y que la poesía (en sentido amplio: una apreciación y amor vasto por la vida) es un acto completamente humano, para hacer poesía hay que ser poco humanos, o bien poco conscientes de que somos un cuerpo que funciona con alimentos y responde a estímulos.
Además, a pesar de todas las arbitrariedades y tautologías perpetradas en este texto, quería enunciar esta contradicción de cualquier forma. Por otro lado, tanto la contradicción como la arbitrariedad constituyen la condición humana.
lunes, 13 de agosto de 2007
Posición respecto del uso de sombreros y accesorios de tela en la cabeza.
Durante buena parte de la juventud usé sombreros y todo tipo de accesorios sobre la cabeza. Mi gusto por ese hábito era tan intenso que se convirtió en un verdadero debate sobre estética, más precisamente, sobre el vínculo entre el individuo y la estética. Llegué a las siguientes conclusiones (a lo largo de los años):
El individuo que niega su vínculo con la estética argumentando que la ropa que viste solamente cumple la función de protegerlo del frío es un mentiroso. Toda elección vestimentaria forma parte de un código cultural, aceptado o no (criticado o no). Por otro lado, el principal mandato de dicho código aconseja (con mayor o menor ahínco) andar por la vida con la zona genital cubierta de tela. Encuentro buenas justificaciones para ello (lo que no lo salvaguarda de constituir un código cultural): el frío genital es siempre más intenso que en otras partes del cuerpo; en Buenos Aires las mujeres son tan lindas que su pública exhibición sin ropa causaría estragos, golpes, y posibles crímenes.
Sentir placer por vestir una determinada prenda o accesorio (en mi caso, sobre la cabeza) es menos ridículo que sentir ese placer y ocultarlo –y/o cubrirlo con ideología barata sobre la moda y el desinterés por cómo uno se ve. Por otro lado, hay pocas cosas más sanas que hacer una caricatura de uno mismo.
Si nos detenemos a analizar los placeres más comunes, el de vestir está asociado al ego y a la imagen que cada uno forma de sí mismo. Por lo que la tela escogida no es solamente tela, sino la idea que esa tela ayuda a formar de aquel individuo que la viste. Como se esa tela no sólo vistiera su cuerpo, sino también la idea que ese individuo tiene de ese cuerpo, su rol social. Atraer mujeres (amantes de las telas) constituye otra gran motivación a la hora de entender el vínculo con lo textil.
Muchos años después, con una colección de sombreros que asombraría a cualquiera, el placer por sentir la felpa sobre mi cabeza sigue siendo inmenso. La ridiculez de este hecho lo hace cada vez más bello, por lo que no puedo dejar de comprar sombreros. Después de todo, ser conciente y ridículamente feliz por un pedazo de tela con forma circular es grandioso. Me siento privilegiado, y no sé por qué.
El individuo que niega su vínculo con la estética argumentando que la ropa que viste solamente cumple la función de protegerlo del frío es un mentiroso. Toda elección vestimentaria forma parte de un código cultural, aceptado o no (criticado o no). Por otro lado, el principal mandato de dicho código aconseja (con mayor o menor ahínco) andar por la vida con la zona genital cubierta de tela. Encuentro buenas justificaciones para ello (lo que no lo salvaguarda de constituir un código cultural): el frío genital es siempre más intenso que en otras partes del cuerpo; en Buenos Aires las mujeres son tan lindas que su pública exhibición sin ropa causaría estragos, golpes, y posibles crímenes.
Sentir placer por vestir una determinada prenda o accesorio (en mi caso, sobre la cabeza) es menos ridículo que sentir ese placer y ocultarlo –y/o cubrirlo con ideología barata sobre la moda y el desinterés por cómo uno se ve. Por otro lado, hay pocas cosas más sanas que hacer una caricatura de uno mismo.
Si nos detenemos a analizar los placeres más comunes, el de vestir está asociado al ego y a la imagen que cada uno forma de sí mismo. Por lo que la tela escogida no es solamente tela, sino la idea que esa tela ayuda a formar de aquel individuo que la viste. Como se esa tela no sólo vistiera su cuerpo, sino también la idea que ese individuo tiene de ese cuerpo, su rol social. Atraer mujeres (amantes de las telas) constituye otra gran motivación a la hora de entender el vínculo con lo textil.
Muchos años después, con una colección de sombreros que asombraría a cualquiera, el placer por sentir la felpa sobre mi cabeza sigue siendo inmenso. La ridiculez de este hecho lo hace cada vez más bello, por lo que no puedo dejar de comprar sombreros. Después de todo, ser conciente y ridículamente feliz por un pedazo de tela con forma circular es grandioso. Me siento privilegiado, y no sé por qué.
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