jueves, 22 de febrero de 2007

Mejillonismo

La variante sudamericana de "ostracismo" puede ser o bien "mejillonismo" (para la costa atlántica y escolleras naturales), o bien "almejismo", para regiones más al Sur, de Claromecó para abajo. Todas las variantes son más incómodas que el "ostracismo", que consite en la incómoda reclusión de uno mismo adentro de una ostra. Algunas almas impuras debemos recluirnos en mejillón, con todo lo que eso implica en terminos olfativos. Una vez una mujer acuarela dijo: hoy es un día para bajarse del mundo. Yo asentí, y en seguida pensé en el "mejillonismo", en la autoexclusión. Por eso invito a los espíritus desgastados a no temerle a la soledad de los moluscos y adentrarse en ellas como impávidos murciélagos. No todos los días son para vivir, algunos son para ocultarse. Eso quería decir. Qué pena que siempre pasa lo mismo: diez líneas para aludir un simple comentario.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Imprevisibilidad de los Tulios

No me resulta demasiado fácil decir esto, pero los Tulios pueden aparecer. A veces, incluso, aparecen. ¿Cuál es el principal problema? Sin los Tulios las Paulas destinan sus sandalias a nuevos bailes, y nuevos Tulios. A nuevas noches donde a veces llueve, y a veces Buenos Aires. Con el leve viento de verano, la cadencia final de febrero. Y todavía siento tu perfume, Paula. Y vos me decís que. Entonces contesto que a lo mejor. Si quizá intentáramos.

Pero Tulio aparece, como un viejo conocido, caminando por ahí.

Y sin embargo, te digo: todavía siento tu perfume, Paula. Mujer acuarela de boca maldita, todavía siento tu perfume, y con éste: la fuga.

martes, 20 de febrero de 2007

Epifanía (II)

Uno de los dilemas de la palabra escrita y de la comunicación en general tiene que ver con. Para empezar, es importante tener en cuenta que el lenguaje jamas. Para vencer la incomodidad de nunca llegar a de decir, es necesaria mucha. Por más práctica, por más buen gusto, cada vez que yo.

Y quizá suceda que alguna vez. Quizá lea un poema de una mujer que dice "suavidad atardecida de árboles de tilo", e imagine. Árboles, arboledas, bulevares y caminos tapizados de otoño; y quizá, con un poco de suerte, aquella primera imagen que la poetisa quizo aludir no sea tan distinta que la que yo tengo ahora, reflejándose en mi mente como un destello, a punto de volver a irse de donde vino.

Pero cabe la posiblidad de que lo más interesante de todo sea justamente no coincidir en las imágenes, y así con sólo decir "arboleda" poder aludir infinitos y desconocidos árboles, que titilarán por segundos en mentes desparramadas por ahí.

lunes, 19 de febrero de 2007

Epifanía de Lunes

Todos los lunes, a la hora de la reformulación existencial (11 am), experimento epifanías. O, comería un choripán. Quien diga que puede distinguir la epifanía del apetito choripanero, es un farsante. Choripanear y epifanear son, muchas veces, variantes del mismo verbo. Entonces, mis opciones de lunes se reducen a dos: o bien evacuar alguna inquietud con la escritura (haciendo lugar para próximas inquietudes), o bien acercarme a la costanera y pedir dos choripanes. Uno para ahora, y otro por las dudas.

Si está desalegre, choripanee. Esta mañana, después de escribir, choripanearé. Quien choripanee, se alegrará. Es probable que se me haya olvidado algún tilde (o alguna). Agreguenla, y después, choripanéen.
Y no olviden chimichurrear sus choripanes para exaltar sus choripánicas epifanías lunescas (o lunecinas, si estuviera nublado).

domingo, 18 de febrero de 2007

Epifanía (I)

No sabía exactamente de qué se trataba, pero un amigo me lo explicó. Al día sigueinte, apenas levantado, tuve una. Cuando esa noche tomábamos una copa, dije: "Tuve una epifanía."
Nietzsche dice (algo así como) que la mejor manera de arruinar algo es intentaralcanzarlo a través del lenguaje. Lo que es paradójico, porque esto que cito es mi modesta interpretación de una poderosa idea; y más aún teniendo en cuenta que esa idea, es también lenguaje.
No quiero aburrir a nadie con un ensayo linguístico. Tengo escasos conocimientos y profundas intuiciones. Algo, sin embargo, sí puede ser alcanzado por el lenguaje. O por la forma del lenguaje que encarna la narración. Ayer, por ejemplo, hervían unas empanadas en una sarten, en la esquina de Honduras y Medrano; un señor cruzó la calle y me miró con temor; una señora mayor cargaba bolsas con verduras.
Si tengo una epifanía inmediatamente después de haber adquitrido el concepto epifanía, entonces mi contacto con la realidad es únicamente una constucción discursiva que puedo modificar a medida que éstos (los conceptos que frecuento y utilizo), a su vez, se transforman.
Es lunes a la madrugada, y he dormido poco.
Para los amantes de crepitar (como concepto), tengo unas palabras más: la magia (lo que pensamos cuando la invocamos silenciosamente) existe.

jueves, 15 de febrero de 2007

Desalegría en la Infancia.

Entre 1968 y 1971 dediqué largas horas a un inédito Tratado sobre Desalegría. "Desalegría en la Infancia", uno de sus capítulos, recorre una de las facetas más delicadas de esta circunstancia (porque no se trata exactamente de un mal, sino de algo que acontece). Transcribo algunos fragmentos:

"Los niños desalegres abundan. Generalmente se abstienen del vértigo de los toboganes, no comen helado ni chupetines, no juegan carreras ni aman a sus comapañeritas (de rulos y mocos). Ese es un error, porque a veces la irreverente casualidad reune a mocosos y mocosas muchos años después. Si usted cree que su hijo es desalegre, deberá actuar con cuidado. En general, la desalegría en la infancia se manifiesta en determinados estado de profunda reflexión, momentos de delirio místico ante los cuales los niños, epifánicos, descubren la verdad. Pero, incapaces de transmitirla, se la olvidan.

Cierta vez, un sobrino sostenía un helado en un cucurucho. Miró la monumental torre de chocolate y sonrió. A punto de comerla, decidió esperar: el espectáculo del chocolate le resultada impactante. Contempló la belleza del helado, su dócil forma. Sin que lo supiéramos los presentes, el niño imaginó el gusto. Pero en vez de comer, lo sostuvo, conteniendo su ansiedad. En pleno delirio místico, el niño dijo en voz alta: "el helado se derrite". Ese niño, mi sobrino de tres años, ya era desalegre. Hoy escribe poemas en los colectivos.

Desalegría de miércoles

El término me pertenece. Es desalegre aquel que sospecha de su desalegría. No pida más explicaciones. Si usted amanece y dos o tres horas después se siente igual, parasitando la vida, seguramente sufra desalegría. Hábiles doctores recetan medicamentos; astutos psicólogos recomiendan purgarse del propio pasado. Yo recomiendo ir a La Americana, pedir un cortado doble y seis medialunas.
La desalegría no es curable. Tampoco es un mal.
Es una cagada.