domingo, 25 de marzo de 2007

Moderador de alegría.

Aparecí con el apuro que caracterizó mis años de juventud: una camisa blanca, un saco que todavía tengo, un cigarrillo (quizá fumaba, quizá no), los pasos apurados del que tiene noticias en el buche. Atilio esperaba. Era joven, sí, pero ya había emprendido su viaje. Llegar a Atilio era como espiar con binoculares una costa distante.

Llegué. Atilio sonrió, quizá ya sabía todo. Hay noticias que se comunican con una manera de caminar, con una mueca nueva. Y cuando se trataba de una mujer, Atilio ya sabía todo. Y era imposible hablarle, porque se adelantaba. ¿Qué hacía? Cebaba un mate sabio. Hacía la pausa. Yo debía entender, debía ponerle una coma a todo eso.

¿No entendías, Atilio, que no siempre tenía el ánimo para interpretar tus alegorías? Quizá esa mañana de marzo, por aquellos años, esperaba algo así como una arenga, o bien su interés manifestado en una palmadita amigable. En vez encontré las escasas palabras de un hombre maduro, sabio, que hablaba del amor. Que hablaba de la mujer, y decía que embocar fervores era una cosa sutilísima, imposible. Y yo, un joven Álvarez Gómez, debía entender.
La mujer era Paula, Atilio, qué esperabas.

viernes, 23 de marzo de 2007

Con quién comer

Sucedió un viernes parecido a éste (aunque los viernes, a pesar de los tiempos, tienden a un único viernes), que llegado el mediodía no tenía con quién comer. Sobrellevé la aparente tragedia. En una esquina de Belgrano, en la pizzería "Mi Matute", adquirí dos de carne y dos de queso y cebolla, que mastiqué caminando por Amenabar. Llegando a una esquina, fui feliz, en parte por el queso fundido, en parte no sé. Encontré un escalón cómodo y me senté con la espalda recta sobre la pared, a que mi estómago continuara con la festividad de la digestión. En total duró no mucho más de veinte minutos.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Llanto de Atilio

Siempre se lo veía tranquilo, fumaba en pipa, siempre miraba más allá, como si sus ojos sólo estuvieran hechos para concebir paisajes. No las nimiedades de la vida, el paquete de cigarrillos, el cinturón, una birome. Él parecía enfocar lo majestuoso. Hablo de Atilio, claro.

Y como tantas veces, le pregunté qué hacer cuando una mujer se convierte en razón de algo, en alegría. Atilio tenía la respuesta, como siempre. Dijo algo sobre la trivialidad del amor, adujo que el amor así concebido es egoísta, que había que mirar mucho más allá de la mujer e intentar divisar, entre la bruma, al verdadero amor. Yo escuché con atención, pero no entendí una palabra. Repetí que pensaba mucho en una mujer, que se había convertido en la alegría misma, en una especie de primavera. Sin mirarme dijo que era un estúpido, que la primavera era todas las mujeres, no una sola, y que si amaba sólo la primavera entonces estaría desamparado el resto de los meses del año. Lo miré con atención, pero tampoco había entendido palabra.

Hablar con Atilio era así. Yo lo he visto llorar por una mujer maltrecha que lo amó mal, que lo abandonó después de probar su alquimia, que no dijo palabra y jamás reapareció. Recuerdo que esos días Atilio se comía las uñas, desesperado, sin entender qué era lo que había dejado de sí mismo en esa mujer para llorarla como se llora el fin de febrero. Sé que de un día para otro se recuperó como quién digiere un engaño, y después de varios desencuentros como ese su vínculo con las mujeres cambió. Comenzó a amarlas desde su propia lejanía, desde sus costas, y de cuando en cuando permitía que una de ellas se acercara hasta las orillas de Atilio, donde él bajaría a mirarla caminar. Pero nunca más allá de eso, nunca tierra adentro, jamás pasaba con una mujer un centímetro más adentro que eso.

Parecía estar inmensamente feliz con su decisión, y en adelant sus consejos se volvieron tan alegóricos que fue imposible entenderlo o siquiera hacerle caso.

Emigración

Cierta vez, en mi juventud, emigré. Los éxodos transforman las baldosas, las cúpulas verdes, los muros que parecen cárceles se erigen con majestuosidad. La pizzería de la esquina cobra aires de museo, las luces sobre Callao parecen encenderse en una delicada coreografía que declina hacia la noche y el rumor de los cines de Corrientes, las librerías, los bares donde la gente va a descansar y emborracharse después de días más o menos desalegres.
La transformación operó, fue ajena a mí, y muchos años después todavía me vienen las alfombras, la bombilla de un mate puntano, mi cara de joven asustado esperando en una silla, el asombro al salir de la boca del subte y sentir que Rivadavia era capaz de aplastarme.
La salida de un barrio es eso, es la súbita impresión de no caminar más por Avenida de Mayo hasta 9 de Julio, o al menos no en enero, con un sol bueno en la espalda de una mujer acuarela. Así y todo, muchos años después rememoro al gordo vendedor de pósters de Gardel y Evita, ese edificio abandonado por el que salía un aire de lápida, las novedades del Cine Gaumont, la ronca suciedad de las veredas, el ruido, el edificio del Congreso, la entrada señorial de Callao 25, el ascensor antiguo, esa pesada puerta de madera.

lunes, 19 de marzo de 2007

En la Costa del Plata

Detrás, la Reina. Y en estas orillas sucias de urbanidad, montones de domingueros más o menos felices, más o menos aficionados a la pesca y actividades de tiempo libre. Dominguera es una ceremonia que incluye termos de colores, sillas playeras, camionetas con capacidad de almacenamiento, tías, abuelas, rememoraciones ejemplares, la radio comentando algún partido que está por empezar. Lo interesante es creer que por andar por la orilla de lo que fuera el Balneario Anchorena –hoy sucio, muy sucio- voy a poder escribir una aguafuerte martinense. Pido disculpas, pero creer que uno es escritor es el primer paso para serlo de verdad, aunque ello implique la posterior manufactura de algo parecido a la literatura.

Caminar entre la gente con la certeza de no ser Roberto Arlt no es tan malo como parece. La veneración respetuosa de ciertos autores es una actitud noble. Así caminé una tarde de mi juventud, mirando cómo a pesar de la roña los chicos se bañaban en las costas del Plata, un río con aspiraciones marinas que los europeas no conciben, que días como ayer está diáfano y parece puro. Y que sobre ciertos atardeceres se vuelve de aluminio bajo cielos rojizos.

Por lo visto, se puede mitigar con éxito la desalegría, aún entre botellas de plástico y bolsas de supermercado, aún entre la incestuosa yunta de desechos naturales y fabricados que le da a estas costas un aire de patio de una gran fábrica.

sábado, 17 de marzo de 2007

Llovía.

No responde a un deseo demasiado sofisticado, es más bien un adueñarse o una obstinación. Despertar y decir: no voy a olvidar jamás, ninguno de los movimientos, ninguna de las palabras con la que cada uno se narra a sí mismo y a su entorno. Ni cómo los hielos flotaban en mi vaso y a veces chocaban contra el límite de cristal. Responde a una certeza, no soy Borges, no soy Ireneo Funes, soy sólo Álvarez Gómez combatiendo contra las limitaciones de la memoria, las secas embestidas del tiempo que de apoco se va llevando cosas, los gestos más pequeños, las veces que levanté una cuchara para endulzar un té, una vez que abrí una canilla y tomé agua a los seis años, haberme atado los cordones en un partido de fútbol. La memoria funciona así, con paciencia geológica, desvinculándose de todas las cosas, siempre y cuando no se le haga resistencia. Entonces esto responde a querer conservar los restos de tiempo que ya no nos pertenecen sino a través de su evocación tardía, a través de ésto –el texto- o a través del café de mañana cuando en la renovación de tus gestos –cuando pruebes el café, cuando lo revuelvas, cuando mires un poco de costado a un perro- yo retenga los gestos que ya son de anoche, que ya se nos han desprendido, que ya son de lo vasto.

Me olvidaba, casualmente, de un detalle que por haber salido el sol no mencioné. Cómo llovía, cómo llovió, cómo una calle ancha y vacía.

jueves, 15 de marzo de 2007

El fuego de Rómulo Ornamenti

Desquiciado quién sabe por qué -recuerden que este hombre jamás reconoció ni una sola de sus emociones- Rómulo consiguió un gran bidón, compró nafta, y salió a recorrer Buenos Aires. Por un odio inexplicable, quemó la entrada del Congreso Nacional; fue a Plaza Francia y quemó dos bancos; dio fuego al estante de literatura latinoamericana de una librería coqueta; quemó a la mzoa de un bar; incendió un Taunus 89; quemó un ombú de 600 años, dos semáforos, el Hotel Alvear. Fue a Almagro y quemó un videoclub, una pizzería y un teléfono público. En San Telmo quemó fragmentos empredrados de la calle Chile. En constitución corrió, porque la policía ya estaba advertida. Fue hasta el Tigre, quemó el banco de Atilio, que trataba de calmarlo, y ofendido por la inmutable paz de éste, le quemó la única camisa al poeta. Quemó al diariero, al vendedor de manzanas acarameladas, a la fábrica de mimbre (que ardió con dignidad). Refueló (verbo que aprendió leyendo el diario), y fue hasta el tren, donde quemó seis vagones, dos polleras cortas, una corbata, el Diario La razón, una ventana, una novela de Kafka que un pasajero intentaba leer entre las llamas, y un cuaderno Gloria que había en el piso. Quemó lo molinetes, un reloj antiguo, una panchería. Quemó al chofer del 37, una de sus ruedas, un kiosco de diarios. Antes de que se le acabara de nuevo el combustible, la policía lo sorprendió quemando un puesto de flores. Lo curioso es que antes de iniciar el fuego, pidió al florista que le armara un ramo muy particular (eso leí en la crónica policial). Sospecho que ese dato habla del pasado de Rómulo, de alguna mujer a la que supo munir de flores exóticas. Antes de quemar el ramo, tomado de los codos con violencia, Rómulo fue arrestado.