lunes, 16 de abril de 2007

Intercambiabilidad de los días.

Cuando ya se tienen algunos años es posible identificar, a grandes rasgos, distintos tipos de domingos. Si uno tiene buena memoria (y ha nacido para la nostalgia) se preguntará qué pasaría si el domingo corriente pudiera ser sustituido por uno de antaño. El experimento duraría sólo veinticuatro horas; después, todo continuaría su curso. Entonces en vez de un River-Boca -poco interesante para mí- habría un amanecer en tu cama; en vez de la pasiva contemplación, las cinco cuadras hasta el cine de siempre; y sobre todo, en vez de una evocación simbólica, tu evocación concreta, tu tacto o mi tacto, el peso físico de tu mano real en vez de rememorar una caricia.

Atilio interpreta todo esto como una enfermedad crónica, como un terrible apego al tiempo pasado por su condición de inaccesible. Advierte en mi nostalgia un procedimiento caprichoso e infantil. Yo entiendo su punto, y lo hemos discutido mil veces. Sin embargo considero inútil evadir la manifestación de un recuerdo que puede convertirse en algo tan concreto como este desparramo de lunes en un rincón de Belgrano.

Sueño con intercambiar un día de la vida corriente por otro pasado, de mi juventud, cuando aún la piel se mantenía con firmeza sobre mi cara –una cara de muchacho joven que mira al mundo con ojos entornados. Y así volver a aquel desayuno que pudimos olvidar pero que mi memoria me regala, aunque hoy esté en Belgrano, aunque hoy sea un lunes que olvidaré, aunque evoque el pasado. Pero estoy tan convencido de que estamos hechos sólo de memoria, esa materia leve, que no me preocupa pensar, durante esta mañana (aunque ya son las dos de la tarde), en mañanas anteriores. Mi lectura del tiempo actual es una lectura en presente del pasado. Es lo único que puedo hacer durante el misterioso lapso vital que nos fue entregado, sin preguntar, sobre los brazos. Invito a la mortificante posibilidad de que este momento, fuera intercambiado por otro anterior.

sábado, 14 de abril de 2007

Síntesis de la Milanesa (I de III) 1971

Algunas situaciones de la vida me obligan a darme cuenta que no soy escritor, que estoy muy lejos de serlo, por una sola y triste razón: el escritor puede reproducir un contexto literario, poblarlo, ponerle árboles y música, hacer que en esas veredas -rotas- caminen mujeres morochas en pollera, puede hacer que los helechos cuelguen de los balcones del Barrio Chino como si escaparan, que en los zaguanes de San Telmo haya otras mujeres hermosas esperando a que alguien les abra la puerta, etc. Todo eso sucede en la mente de los escritores, y en virtud de su oficio -el arduo oficio de la escritura- pueden volcarlo al papel en cualquier momento de la jornada. Yo en cambio, escribo cuando escribo, como reaccionando a unas incontenibles ganas de mear palabras y frases, a veces incoherentes. Esto, que puede parecerse a la espontaneidad -sobrevaluada en el ámbito literario- en realidad no lo es. Es una imposibilidad, ya que sin esas ganas no hay palabra que pueda poner sobre un papel sin creer que es una palabra inútil, equivocada, y sin razón de ser. Porque muchas veces pienso que la palabra es palabra cuando cuenta cosas, y no por sí misma -salvo, quizá, en lo que llamé literatura del gorgoteo, pero que de todas formas constituye una visión de la literatura demasiado incipiente como para ser considerada seriamente. Escribo, entonces, de la misma manera que orino, con la misma desprolijidad, con la misma intimidad y encierro que sólo ocurre en el baño, y sólo pocas veces con el mismo grato placer de sacarme algo de encima. No puedo asegurar que lo que me quito sean toxinas, porque a veces los pensamientos que escribo no son tóxicos -no llegan a eso- sino que son meros pensamientos, simples elaboraciones que revelan un esfuerzo mental sobre algo, sin que eso sea garantía de nada. Entonces me encuentro así, muchas veces me encuentro a la espera de las gloriosas ganas de mear, de mear mucho y mear algo que valga la pena.

viernes, 13 de abril de 2007

Sobre las fotografías de Paula

Si usted ha amado mucho a una mujer que ya no lo acompaña, deberá cuidarse de no hacer ciertas cosas. Estos consejos son una breve recopilación de los sabios dichos de Atilio, recogidos a lo largo de los años, las tardes y las historias.

El primer consejo es fotográfico. No habrá problemas mayores si usted contempla fotografías del pasado. La explicación es ontológica: una foto del pasado remite a los tiempos más o menos felices en que usted y la mujer…ya sabe. Lo que está prohibido por Atilio –y yo puedo atestiguar- es observar fotografías nuevas. ¿Por qué? Porque como ha dicho el francés Roland Barthés, el encanto fotográfico es tan potente que lleva a sentir que esto ha sido (ca á été, con el firulete en el la parte inferior de la letra cé). Entonces, una fotografía de una Paula que luce una renovada alegría de soltera, que vive feliz ahora que no está junto a usted, constituye un peligro incalculable. Y si la fotografía la muestra acompañada de algún bacán que la abraza con ternura, entonces usted corre peligro. Pero ni lo mencionemos.

No sé cuál era el segundo consejo. Acabo de olvidarlo.

Papel

Me creí muy original cuando argumentaba (contra nadie), que escribir era esencialmente lo mismo que pasar un lampazo en un andén de subte. Se trata de una ocupación, un oficio como ser carpintero o piloto, aunque es muy cierto que los carpinteros hacen muebles, los pilotos trasladan personas por el aire, y los escritores hacen libros. La originalidad es una trampa mortal. Arlt ya lo había dicho mucho tiempo antes. Sobre todo cuando sostuvo que hacer mesas o conducir camiones es más útil que hacer acotaciones en un libro. Escribir por escribir, jamás. Escribir porque sí, jamás. Eso es papel.

jueves, 12 de abril de 2007

Plenitudes

Durante no poco tiempo –y Atilio puede atestiguar- creí que escribiendo podría alcanzar a Paula. Que con una frase bien puesta (que suene a contrabajo, como dije en otro artículo), sería posible generar un encuentro. Y esa es una idea que Atilio considera estúpida, pero nosotros ya sabemos (o por lo menos yo) que Atilio está más allá de los inconvenientes que atañen a los mortales, por lo que cada vez que me veía con ganas de hablar de una mujer me miraba con desprecio. Con desprecio geológico. Y una vez más me asaltó la duda (porque algunas dudas son tan fuertes que asaltan) de que tal vez mi problemática en esos tiempos de mi vida estuviera demasiado sesgada por una especie de sensación falsamente poética respecto de las mujeres. Atilio solía decir: tanto ajetreo por el cuello de una mujer? ¡Por una mujer! Y yo quedan a en silencio, porque el respeto que me infundía ese hombre –como sigue sucediendo- me hacía callar y preguntarme cosas. Bien Atilio, estás diciendo que soy un idiota, pensaba yo, mientras simultáneamente ideaba algún verso frágil, alguna idea de relato para enviarle a Paula.

No me parece mal el encantamiento. Además, por muchos años concluí que el amor dura entre tres meses y dos años; que el encantamiento es necesariamente sucedido por desencantamiento, y que el alma se enriquece más con la desalegría que con la plenitud. O mejor dicho, que la desalegría es también una forma (corrosiva) de plenitud.

miércoles, 11 de abril de 2007

El Perro Pensativo

Tal es así que me negué una tarde de mi juventud a olvidarme que llovía, que el cielo estaba cubierto, que cobré un modesto cheque después de esperar una hora y media; y hacia el final de aquel alboroto caminé por Cabildo, agarré Céspedes, y después de comprar un guiso de lentejas en lo del panadero anarquista volví a ver, quieto en la vereda, al Perro Pensativo de Ciudad de la Paz. El can no hace más que escrutar aquella esquina, y de cuando en cuando mear un poco. Su orina, que pisé sin querer, se adhiere a las suelas de los zapatos. Su orina tiene algo de omelette. El Perro Pensativo concentra tantas imágenes en su honda cavilación cotidiana que termina por orinar una especie de síntesis amarillenta de lo que sus ojitos marrones han visto con la más tremenda angustia esquinera.
Lo acuño porque me niego rotundamente a que pase el tiempo

martes, 10 de abril de 2007

Supongamos

Supongamos que no soy Álvarez Gómez, y que en mi juventud no me senté frente a una mujer de pasado irlandés y grandes ojos verdes; supongamos que no tomé un café mientras ella por fin hablaba y daba noticias. Que no miré por la ventana para corroborar que todavía la lluvia, el pavimento húmedo. Supongamos que no existió ese marzo junial, el preludio al Eterno y Frío Junio que en algunas almas nobles se extiende por lo menos cinco meses. Supongamos que no fui el interlocutor de esa charla, que no oí que esa mujer había recibido la confirmación, que en agosto o julio el pasaje de avión, que no dijo nunca la palabra Brasil, que jamás mencionó Europa y las plazas de Praga, que jamás la miré con amor, que no hubo ningún indicio de que su partida sería, finalmente, una nueva tragedia. Supongamos que no intenté dar un falso aliento, que no imaginé el pausado trago tardío. Que no rogué con ojos jóvenes, que no imposté una contestación madura; que no planifiqué mi reacción. Que no caminé esa noche pensando en los días que faltaban, en una noche de felices despojos, en una poesía ronca pero sincera, en hacer el amor igual aunque pareciera no tener sentido.

Suponiendo todo esto, esa noche de hace treinta años, tan parecida a anoche, no tuvo nada fuera de lo común.