"No son razonamientos sino vientos argumentales los que llevan a un sujeto a expedirse de tal o cual manera, con más o menos ahínco, sobre un determinado tema. Los vientos argumentales son a veces tan fuertes, que generan la capacidad de construir un argumento que la razón adapta y macera hasta que se parece mucho a una idea. Los vientos argumentales, como los alisios o la sudestada, varían en intensidad, por lo que los argumentos de los individuos fluctúan, atraviesan súbitos vaivenes, y sin embargo, perduran. Los vientos argumentales constituyen la esencia, la motivación que sostiene los argumentos barrilete que los diferentes autores defienden con los dientes. Cuando amainan los vientos y los argumentos descienden, los autores no se preocupan porque saben que en definitiva, el pensamiento es un fenómeno meteorológico. O al menos, más meteorológico que lógico." (1964)
viernes, 29 de junio de 2007
jueves, 28 de junio de 2007
Cuando me Atilio.
Hoy, me doro. Me aso en la vereda, me Atilio, me hago muy yo, con pedazos de mi mismo me redundo. Me redacto. ¿Qué pasa con este Atilio? ¿Por qué me Atilio? Un Atilio etílico, una picazón providencial. Escribo como todos los días pero hoy no me poeto. Hoy me doro a la sombra o al sol de las frases que voy gurucutando. Tengo un cuaderno lleno de sentido, una birome que arrulla las ansiedades. Finalmente lo que queda es como un torniquete, un hagamos un nudo para contener la sangre, esa sangre que me veno, que me lato por las autopistas, que me bracea y enpierna, de punta a punta de la carcaza. No puedo entender que a fin de cuentas seamos unos sistemas más o menos imperfectos, llenos de voluntad y desilusión, llenos de veranos químicos y la palmera coqueta; somos un corazón y sus venas, y por eso los recuerdos del mar, del beso de anoche, las ganas de que te saques la pollera; y sin embargo un riñón y otro, el hígado sano, el rotundo páncreas. Y cómo me cuesta relacionar las ilusiones del amor con el colon, la voluntad de vivir con la pigmentación de la piel, el mate amargo y los procesos digestivos. Cuando pienso en las rotundas venas, en el caudal vital poco poético, en la orina y el iris, en esos momentos me Atilio hasta la manija, me yoízo, me quiero olvidar del organismo y pensar que no se piensa con el cerebro, que existe la voluntad de ir a ver el mar con vos y no la rodopsina, que existen las ganas de quererte y no las carótidas; no me creo que existen los cuerpos, no puede ser cierto que ante todo vena, vena vena vena, que antes que el amor por vos haya vena, antes de la sensación de tiniebla haya vena, antes de la pasión por algo, haya mucha vena vena vena y no más vuelta. Y que sin vena no hay nada.
miércoles, 27 de junio de 2007
Orinadores dentro del Tarro.
Para dejar de orinar fuera del tarro, Atilio compró una lija, descascaró las paredes de la pintura vieja, compró una lata de veinte litros de Albalatex, una brocha y un rodillo, adquirió ímpetu, se alegró, se paró sobre una escalera, pintó por horas fumando sin manos, pensó poesías, eligió un verbo para Morelia, se bajó de la escalera, hizo un omelette, me sirvió vino, habló un poco, y después del trajín se puso a mear dentro del tarro. Practicó con minuciosidad, porque mear dentro del tarro es muy difícil. Dictó cursos de poesía donde sus alumnos no aprendían a escribir y ni siquiera leían, sino que venían a clase con grandes tarros de pintura (después de lijar y pintar sus casas), y lo que practicaban era, ante todo, mear dentro del tarro. Los tarros se iban llenado y clase a clase los tarros fueron pesando más, y llegaron a pesar tanto que Atilio les permitió (porque es un buen profesor) dejar los tarros en la cocina de su casa donde transcurrían las clases. Había un poco de olor, pero no importaba porque esa orina había sido colocada dentro del tarro, y eso es bueno porque es ante todo un acto profundamente moral. Fundó el primer Club de Poetas que Además de Poesía, Mean Dentro del Tarro, y si bien los versos que producían eran muy malos, no importaba demasiado porque al momento de mear, lo hacían dentro del tarro. Al principio les costó, como toda nueva disciplina, y no faltaron los cruces entre distintas escuelas técnicas. El péndulo de la orina es incontrolable, eso es de conocimiento público. Cuando el olor se hizo insoportable, Atilio les hizo vaciar los tarros (algunos con musgo) y leer versos de Oliverio Girondo, u otro autor que se le ocurriera en el momento.
martes, 26 de junio de 2007
Mejoramiento de Metáforas.
Delirio o no, Atilio organizó un controvertido taller literario en el que asesoraba a sus alumnos en la construcción de metáforas. Originalmente el curso se llamó: “Lo que no hay que escribir para mantener la dignidad.” Aunque fue más conocido por “Mejoramiento de Metáforas.” La mecánica era la siguiente: los alumnos se reunían en un aula con sus cuadernos llenos de metáforas. Atilio los hacía leerlas en voz alta, mientras él recorría el aula (probablemente la cocina de su casa hasta que inauguramos la sede oficial del CES en un café de Congreso). Despreocupado por su arbitrariedad, Atilio opinaba largamente sobre las metáforas de sus alumnos. Mencionaba las virtudes de la sinéresis, la innecesaria persistencia a describir en exceso. Se preguntaba, extendiendo la pregunta a sus alumnos, por qué la gran mayoría hablaba de amor. Sus alumnos, que le tenían mucho respeto, tomaban nota, aceptaban sus cambios, producían violentas reescrituras. Referiré uno de los casos más paradigmáticos.
Uno de sus alumnos (yo), había escrito: Paula dormía enroscada como un arrecife de tela. Tras la primera modificación, la frase quedó: Enroscada como un arrecife de tela, Paula duerme. El alumno (yo) comprendió que el uso del presente le daba vida a la imagen. Atilio prosiguió en su crítica, anonadado por la necesidad de sus alumnos por decir siempre tantas palabras. Acepté su última sugerencia. Después de todo, él era el poeta de Tigre. La frase quedó así, mucho más perfecta: Paula duerme.
Uno de sus alumnos (yo), había escrito: Paula dormía enroscada como un arrecife de tela. Tras la primera modificación, la frase quedó: Enroscada como un arrecife de tela, Paula duerme. El alumno (yo) comprendió que el uso del presente le daba vida a la imagen. Atilio prosiguió en su crítica, anonadado por la necesidad de sus alumnos por decir siempre tantas palabras. Acepté su última sugerencia. Después de todo, él era el poeta de Tigre. La frase quedó así, mucho más perfecta: Paula duerme.
lunes, 25 de junio de 2007
Abstracción de la Mañana.
Aquella mañana, ya cerca del mediodía, los ojos de Paula (que eran otros) se escondían entre sus manos y los mechones negros. En mi tentativa de abstracción señalo lo siguiente: Álvarez Gómez manifiesta su profunda negación a olvidar esa mañana.
Siguiendo una vez más el delirio de Ireneo Funes, el fanatismo por una imagen comprobada, tan real como efímera, recuerdo: una boca a las once y cinco, la fila de dientes y la comba de los labios; la boca breve de las once y siete; el dilema del tiempo que transcurre, la cortina translúcida, la música que se apagó. Álvarez Gómez evoca (para no volver a olvidar): la caricia de las nueve y veinte, el té de las ocho, el abrazo de las ocho y uno. A fin de cuentas, lo que sucede sucede en el tiempo, dentro del tiempo como usted y yo esa noche de junio –mes frío pero genuino- aunque ya era la mañana y las luces, la niebla y el vapor del té.
La pretensión –idealista- de no dejar escapar ningún detalle (las tiritas verdes de la tela que cubría tus hombros, el tacto y tu cintura, la activación de tu sonrisa cuando ya quedamos solos y podemos explorarnos) lleva a que los días se hermanen en una gran sensación de junio, de abrigo contra abrigo –detenidos en una vereda del centro-; a cómo dijiste querés café y yo acepté para que la noche durara un poco más. Todo se confunde y vuelven las rayas negras de tus medias de cebra, el fulgor de tu pulóver de oso hormiguero, la luz de la ventana del avión o la cocina.
Materia errante, el tiempo o la evocación del tiempo terminan siendo casi lo mismo. La percepción irá modificando el cuadro, frondoso pastel de esa mañana luminosa; tendré que aceptar que no existe algo así como un recuerdo, sino una transición eterna producida por las evocaciones que vienen después. Quizá la próxima vez que recuerde tu risa de pájaro, tus manos a las diez y cuarenta, lo que vea sea diferente. Lo único inalterable es el suceder, el estar allí. El haber estado no dejará nunca de modificarse.
Siguiendo una vez más el delirio de Ireneo Funes, el fanatismo por una imagen comprobada, tan real como efímera, recuerdo: una boca a las once y cinco, la fila de dientes y la comba de los labios; la boca breve de las once y siete; el dilema del tiempo que transcurre, la cortina translúcida, la música que se apagó. Álvarez Gómez evoca (para no volver a olvidar): la caricia de las nueve y veinte, el té de las ocho, el abrazo de las ocho y uno. A fin de cuentas, lo que sucede sucede en el tiempo, dentro del tiempo como usted y yo esa noche de junio –mes frío pero genuino- aunque ya era la mañana y las luces, la niebla y el vapor del té.
La pretensión –idealista- de no dejar escapar ningún detalle (las tiritas verdes de la tela que cubría tus hombros, el tacto y tu cintura, la activación de tu sonrisa cuando ya quedamos solos y podemos explorarnos) lleva a que los días se hermanen en una gran sensación de junio, de abrigo contra abrigo –detenidos en una vereda del centro-; a cómo dijiste querés café y yo acepté para que la noche durara un poco más. Todo se confunde y vuelven las rayas negras de tus medias de cebra, el fulgor de tu pulóver de oso hormiguero, la luz de la ventana del avión o la cocina.
Materia errante, el tiempo o la evocación del tiempo terminan siendo casi lo mismo. La percepción irá modificando el cuadro, frondoso pastel de esa mañana luminosa; tendré que aceptar que no existe algo así como un recuerdo, sino una transición eterna producida por las evocaciones que vienen después. Quizá la próxima vez que recuerde tu risa de pájaro, tus manos a las diez y cuarenta, lo que vea sea diferente. Lo único inalterable es el suceder, el estar allí. El haber estado no dejará nunca de modificarse.
sábado, 23 de junio de 2007
Explicación, Flema y Paula.
Antes de pasar al relato que se enarbola esta noche de sábado, me permito la siguiente explicación: fue la flema y no otra cosa la que me alejó de este Diario a través del cuál, de la forma que sea, me comunico con unos pocos lectores que respeto (y necesito) mucho. La flema, además de constituir una barrera literaria (barrera bastante elástica, por cierto), invita a la reflexión. Como alguien una vez comentó, una buena forma de no perder la necesidad de escribir es no escribir por un tiempo. Esa pausa esta vez fue por la flema. O no.
Podría sintetizar buena parte de mi vida diciendo que muchas veces me acerqué a Atilio con una noticia sobre Paula, sobre algún esplendor que le encontré, una novedad en la mirada. Los ojos nuevos de una mujer que se detuvo. Atilio solía responder siempre algo similar. Yo solía interpretar muy poco de sus comentarios, y volvía a mis fantásticas imaginaciones. Cuando Atilio perdió la cabeza por una mujer (¿era Morelia?), vino a hablarme. Le había sucedido. Se sentía estúpido e incapaz de razonar. No me sorprendí. Los dilemas humanos son siempre los mismos. Cabe preguntarse si es mejor ser apático que estúpido. Si es mejor protegerse del amor de Paula, o perder la cabeza, los pantalones, la dignidad, la fe y la personalidad por una mujer. En este tiempo (fueron unos años ya) he oscilado entre las dos opiniones. Por primera vez considero que esta oscilación es la forma más pura de la coherencia. El vaivén, en este caso, es coherente. Pensé muchas veces que no existía contexto incapaz ser mitigado por un buen trompetista y una bañadera caliente. También pienso todo lo contrario.
Quizá Paula nunca venga, espejismo de mujer. Quizá sea sólo un velo o una fragancia que me puebla la cabeza. También puedo equivocarme y que Paula exista; y que su proximidad se torne temeraria.
viernes, 22 de junio de 2007
Diferencias entre Mirar y Visionar.
Uno de los debates más rudos propios de las escuelas de cinematografía estriba en la sutil pero catastrófica diferencia entre quienes miran películas y quienes las visionan. Detallaremos abajo las principales diferencias.
Se mira una película en una butaca de cine o en un televisor. Lo fundamental es que los ojos del mirador apunten a la pantalla. El visionado, en cambio, exige unos cambios de postura. Por lo general lo que se visiona son filmes (no películas), y sépase que la diferencia no es menor. Para visionar correctamente un filme, los siguientes consejos: frunza el ceño, simulando profundo desinterés por lo que se proyecta; sosténgase la cabeza con alguna parte del cuerpo; haga con los labios el gesto de pejerrey marplatense recién extraído del océano; muévase con incomodidad; suspire cuando los demás puedan oírlo; sonría ante algún movimiento virtuoso o alguna cita particular. Cuando salga del cine (si allí estuviere), quéjese. Así habrá visionado correctamente un filme.
Atilio confeccionó un catálogo de filmes para visionar y de películas para mirar. Será prontamente publicado. El Poeta de Tigre no ha podido evitar un sesgo en favor del cine francés.
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