martes, 24 de julio de 2007

Introducción a un Fragmento de Atilio.

Este era de esos hombres cuyas turbaciones resultaban penosas para él, y epifánicas para el resto. En una época, cerca del final de nuestra juventud (tendríamos poco más de treinta años), Atilio dedicó algunas horas a pensar en sus afectos. En uno de sus cuadernos, sentado en la mesa de la cocina (sede originaria del CES), escribió un texto titulado Temor; transcribo uno de sus fragmentos.

Fragmento de “Temor” (declaración de Atilio).

"A que la emotividad se convierta en afecto "de palmadita", donde las amistades -que se han desgastado por falta de riego- se convierten en "qué bueno verlo, pero cómo lo trata la vida, exclamación, exclamación, súbita alegría (la de verlo y saber cómo anda, pero ojalá que siga muy bien con lo suyo, ¿y el trabajo cómo va?).

¡No al amor de palmadita, ese poco afectuoso contacto entre seres que se han querido pero que ahora, por las obligaciones y los kilos de papas, están como detrás de una bruma!"

lunes, 23 de julio de 2007

Doctrina.

El error de ustedes, decía enfurecido, es haber atado la felicidad a las cantidades. En lo personal, dice Álvarez Gómez, francamente no sé cómo hacía este hombre para que la gente siguiera apretándose en la cocina de su casa –sede oficial del CES durante los primeros años- para escuchar al Poeta en sus declaraciones llenas de furia. No es posible considerar eso un curso o taller de escritura de poesía. Tenía algo de discurso político. Recuerdo los años del CES como los más hermosos de la vida, pero es imposible distinguir si se trataba del CES o de la juventud.

Supe aprender de Atilio. Una tarde le conté que una mujer me había enamorado. Sonrió. No dijo nada pero con su silencio me advertía como si comprobase que muchos individuos perdían el tiempo en pensar que estaban enamorados. No era un hombre frío, era sabio. El amó a Morelia; ella una tarde le regaló un alfajor; otra tarde lo dejó. Algo parecido al enojo, un repudio a las formas comunes –no usaba la palabra mediocridad- lo llevó a creer que podría ayudara los demás a ser sutiles. La belleza reside en los espacios que deja la vida. Lo sutil. Atilio siempre fue un misterio, sobre todo para mí.

Su virtud consistía en tener plena conciencia de que el tiempo transcurre. Una vez habló de un reloj de arena de un cristal hipersensible a la altura del cuello (entre la parte superior e inferior), por el cual corría un líquido análogo al tiempo, cuyo paso furioso volvía triste al observador. Decía que no se puede vivir observando ese caudal, al menos no felizmente. Pero sí se puede meter la cabeza en ese río tan refrescante como momentáneo. Después dijo algo sobre el asco que le generaban las metáforas líquidas, y que no podía creer que él mismo usara un río para hablar del tiempo. Después, más calmo, fue a la cocina y puso la pava al fuego.

miércoles, 18 de julio de 2007

Álvarez Gómez habla Atilio.

Quizá fuera su propia frustración, fijensé que ser poeta no quiere decir gozar de un caudal, a veces puede sucederle a él también, Poeta de Tigre, no tener un corno que decir, la más crasa inexpresabilidad. O llegar al punto de introspección más sublime como cuando escribió una de sus obras más exóticas. "Por el placer de" no es nada más que la manifestación literaria del placer de usar palabras y acomodarlas, darles ese orden dictado por la sintaxis, un ritmo decidido por el azar, y convenir que haya detrás de ellos un sentido más o menos capturable. En su caso, el sentido de "Por el placer de" estaba dictado por la satisfacción de escribir palabras como la que se me acaba de escapar (“crasa” como adjetivo de “inexpresabilidad”). Esa satisfacción, según Álvarez Gómez (yo) es análoga al placer de la medialuna, es casi igual a las mañanas cuando -antes que nada- me teconlecho. No debe sorprender que se encuentren cosas de Atilio en mis propios escritos, y cuando digo cosas me refiero a eso, cosas como las aletas o aleteos, un peine, un mate cebado una tarde de sol, un recorrido lento por la Ribera (“aún, la ribera”), una pausa que yo no hubiera hecho, un taxi que bajó por Las Heras mientras pensaba en una mujer. Atilio me ha dado tanto, y yo quiero expresarle mi gratitud de esta manera, rica en sinceridad, al comentar su obra. Él siempre comentó la mía, me la comentó a mí; y aunque no pocas veces fui alentado, muchas otras (las más) sentí que su rostro adquiría cierta aspereza al tener que enfrentarme para una de sus críticas. Así se aprende el oficio, decía, y en seguida cambiaba de tema o se olvidaba de lo que hablábamos.

martes, 17 de julio de 2007

Desconceptualización.

Hacia 1970 Atilio se propuso construir un discurso desconceptualizado. No lo logró. Su desconceptualización se convirtió más que nada en un viraje, es decir, la sistemática elusión de los conceptos derivó en otros, difusos y más complejos al entendimiento.

En vez de hablar de amor (Atilio lo consideraba ante todo un concepto histórico, ergo cultural), decía “aleta, aleta”, sin aclarar si se refería a una aleta de un pez, o al movimiento de un ala de ave, que en todo caso sería “aleteo, aleteo”. Atilio eligió decir “aleta, aleta” convencido de que con esas palabras aludía la misma sensación que al decir “amor”. Más aún: diciendo “aleta, aleta” evocaba una noción (si es que el amor lo fuera) mucho más amorosa que la evocada por la palabra amor.

En vez de hablar de enojo o ira, simplemente decía “des-aleta”, o incluso “des-aleta-aleta”, para casos de furia exagerada.

Para comprender su cruzada contra los conceptos: Atilio se negó un día a hablar con las ideas existentes y se propuso crear nuevas; más que una desconceptualzación, se trató de una reconceptualziación, una actualización de nociones y pensamientos que la humanidad utilizaba sin agregarla nada más que su individualidad, lo que tendía (en su opinión) al inefable ocaso de la alegría.

lunes, 16 de julio de 2007

Ciclo de Seminarios de Atilio.

I. Sobre la Redundancia.
Sobre la recurrencia de los temas de escritura, de eso será el seminario de hoy, Atilio está furioso, no sé por qué la tendencia a lo mismo, ¿tanto les interesa hablar del amor?, no estarán un poco tarados, ustedes, ¿jóvenes aprendices de poetas? De pie, como si enfrentara un anfiteatro, sin recordar que está probablemente en su cocina, sede oficial del CES (Centro de Estudios Siniestros, del cual soy vicepresidente). Aquí dicta sus cursos, aquí dicto mis cursos, y ustedes siempre llenan sus cuadernos con los garabatos del amor. A ustedes no los entiendo, dice Atilio, y gira como si pensara, da pocos pasos alrededor porque imagínense que la cocina es bastante pequeña, y así y todo los alumnos, agrupados, anotan algo mientras Atilio los critica sin moderación.

Anotan mentiras, ustedes no saben de lo que hablan, no pueden distinguir entre el amor por una mujer y la adrenalina, el químico que repercute en posibles recovecos del cerebro, y ustedes en vez de llamarlo sulfato de helio lo llaman amor, cuando en teoría se trata de una sustancia, elementos que interactúan y que para ustedes son la birome esa, el garabato, la búsqueda incesante de la palabra justa como si esta tuviera un poder especial. Es la ridiculez más grande –la más hermosa- y por eso están acá, para que yo les cuente que en realidad no hay amor sino síntomas (midriásis, sudoración, aplacamiento del yo), y si entráramos en terrenos psicológicos o psicoanalíticos agarrarse porque ese es un viaje de ida, carísimo y sin retorno.

El Seminario de hoy se llama “Sobre la Redundancia Temática de los Jóvenes Poetas como ustedes, que ante la frustración y el vaciamiento (y quién les dijo que querer escribir significaba poder hacerlo) se acercan a mi auditorio birome en mano, cuaderno en mano, y con la ilusión de aprender algo ya mismo están garabateando cosas ante todos azules y con letras, quizá ajenas a la poesía o quizá (por error o por virtud) tan tremendamente poéticas que nos harán llorar a todos mientras esta noche se extingue o muta, mientras yo les cuento el título de este Seminario, mientras ustedes anotan el nombre de este Seminario sobre la Redundancia.”

Pre-Texto.

Me dirijo a mi público con algunos motivos. El primero vinculado al placer de decir me dirijo a mi público -lo que implica un público- y casi también una necesidad narrativa. Segundo porque reflexioné sobre la longitud de los textos y sobre la frecuencia de publicación. Por otro lado, este tipo de contacto -que hace franca la relación entre el que compone el texto y quien lo lee- se origina en una necesidad diferente de la narrativa. Es más emotiva, o emotiva en otro nivel. El título es Pre-Texto por dos razones: es un preludio al texto que publicaré hoy; es una excusa (que se justifica a sí misma: quiero hablar) o una bengala.

jueves, 12 de julio de 2007

Y no me venga (respuesta de Atilio).

Dejé el texto "Eternidad de la Tarde" unos días para darle tiempo a su lectura. Me permito algo que no frecuento hacer, un comentario personal. No estoy de acuerdo con los textos largos. No estoy demasiado de acuerdo, claro, porque a veces el contenido (o lo que los textos contienen, que no siempre es contenido) exigen cierta duración. Por eso me abstuve de agobiar y preferí no publicar nada desde el lunes. Pero Atilio contestó. Se pronunció y no me quedó otra que transcribirles lo que me llegó por escrito. Abajo, el texto:
Y no me venga (contestación de Atilio).

"No me venga con elucubraciones, carta de Atilio en respuesta a Álvarez Gómez, no me venga con que la tarde y el frío, la frazada, su frazada, por favor, dice Atilio, ¿no encontró una metáfora mejor? ¿No aprendió nada en el curso que dicté? O fue hace tantos años ya, sí Atlio, fue hace como treinta años, aún salíamos a ver la ribera. Disculpe, Álvarez, no le parece mejor así: aún, la ribera. Usted, usted, contesta Álvarez, recuerdo de conversación cerca del Café del Molino, recuerdo del tenebroso barrio de Congreso, usted siempre con la frase justa, Atilio. Por eso somos amigos, porque usted me ayuda a pensar.

El tono de reproche, Atilio con su no me venga con que ahora le da por la nostalgia, y yo que quiero aclararle que siempre fui nostálgico aunque usted, Atilio, considere la nostalgia como una pérdida de tiempo. Coincido con usted, ante todo la nostalgia es el sufrimiento por el tiempo perdido, por los pasos caminados, por lo que se fue, ya sea una mujer o un alfajor Suchard ingerido en una caminata vespertina.

Yo discuto con usted pero yo también discuto con usted, Álvarez, querido amigo, lo que digo es que no me venga con el fuego y su extinguimiento, con el patetismo existencial o con el miedo a la muerte. Ojalá que usted se poete y se olvide, yo me poeto, una tarde como la que usted narra yo la prefiero con medialunas; antes que la tristeza y los delirios de coherencia me teconlecho y me medialuno, me garrapiño, sostengo que ante la profunda pena conviene manzanaacaramelarse, ser abuelo, tener nietos, sacarse a pasear, recordar lo recordable, echar otro leño al hogar. Coincido, Álvarez, que a veces sucede amar amar amar a una mujer, y que los principios no son todos los mismos, además dejo el cinismo de lado porque quiero que usted se poete."