miércoles, 1 de agosto de 2007

Atilio en la Asociación de Protección al Frenillo

Entre 1965 y 1973 Atilio participó de diversos ciclos de seminarios organizados por la Asociación de Protección al Frenillo, situada en Rivadavia al 1800. En calidad de expositor invitado, Atilio habló su poesía. El poeta de Tigre, conocido y aclamado por unos pocos, deleitó audiencias. Copio los fragmentos más destacados.

1965: “El frenillo en la historia.”

“Grandes hombres de la historia han pasado por el momento trágico en que sí, efectivamente esa sangre pertenece al hombre y no a la mujer. El frenillo se ha roto y esta vez, como una virginidad postergada, es e hombre el que pide un segundo (sea Julio César o Perón) para ir al baño y corroborar que tiene el miembro hecho un desastre, y que el frenillo (noble sostenedor del placer) se ha cortado. El dolor es intenso, sobre todo días después. La mujer, muchas veces comprensiva.”

1967: “Torturas Medievales y Frenillo.”

“Ejerciendo presión sobre los testículos, torturadores medievales mutilaban a los delincuentes cortándoles el frenillo justo antes de la noche de bodas, previendo arruinarle el matrimonio a los desconsolados malvivientes cuyas esposas, ante la apatía erótica, los abandonaban casi sin excepción.”

1968: “Morelia.”

“Mi intención es no dar nombres. Quedará en la penumbra de mi historia anónima el nombre de la mujer que una noche de noviembre, en pleno barrio de Tigre, toreó y toreó sin cariño con sus ancas encendidas, venciendo por primera y única vez al melancólico frenillo.”

1972: “Frenillo y Amor.”

“El desenfreno, la caricia y el amor. Eso lleva a largas noches en las que es impensado que el frenillo dure más de un mes. Yo lo llamo circunsición circunstancial, que además de ser cierto compone una bella aliteración.”

martes, 31 de julio de 2007

Técnicas de Exterminio.


Largas horas de oficina facilitaron el plan. No se trataba de un emprendimiento ético (no está bien matar gente, claro) pero eso parecía irrelevante.

El Oficinista lo comentó por lo bajo. La respuesta fue tan buena que entre cuatro o cinco decidieron ponerse en marcha. Lo primero fue alquilar el departamento. Almagro estaba bien por muchas razones: quedaba cerca de la oficina y quizá podrían alquilar una casona vieja con parque donde instalar la jaula. Lo segundo –y definitorio- era el león. O los leones, dependiendo del presupuesto. Al tratarse de un animal exótico, tuvieron que importarlo y llevarlo en remis desde el puerto de Buenos Aires, para no llamar la atención de la policía. Lo apodaron Gringo, por haberlo adquirido de un zoológico norteamericano que estaba en quiebra.

Consiguieron la casa. Era ideal: gran patio, tres cuartos grandes para los miembros del grupo, cocina y garage. La jaula la hizo un amigo del oficinista, herrero de oficio. Los días se dieron así: durante el día, la jornada normal de oficina; por la noche, el grupo de cuatro o cinco se reunía en el patio –era noviembre- a discutir ideas de cómo llevar adelante el exterminio.

Desfilaron diversas propuestas. La definitoria –y menos ortodoxa- la propuso el Oficinista. Entrarían la mañana siguiente al despacho del Jefe con una pregunta puntual, tomarían asiento dos de ellos (irían tres en total), y el último, parado detrás del Jefe, le provocaría asfixia momentánea con un paño mojado en alcohol.

Lo del alcohol funcionó bien. El problema –jamás considerado- fue el león. Esperaron a que recobrara la conciencia y tiraron al jefe adentro de la jaula, pero el Gringo no tenía hambre. Lo miró con desdén, un pobre humano asustado a los gritos. El Gringo suspiró –como suspiran los leones sin hambre- y se quedó dormido. Soñó con morirse mientras dormía en las Sierras de Tandil. El Jefe con los días dejó de gritar. No murió. Sus empleados lo alimentaban dos veces por día.

viernes, 27 de julio de 2007

Caca(s) de Paloma.

Tengo el recuerdo de haber publicado un texto que trazaba una analogía entre escribir y hacer soretes de paloma sobre estatuas. La analogía funcionaba bien: la escritura (cierto tipo de escritura) y la lámina de caca de paloma. Tengo otro recuerdo: una publicación de título “Texto en construcción” cuyo postulado consistía en enunciar líneas narrativas una después de la otra –sin hilvanación- y mostrar cómo de todas maneras el concepto podía transmitirse (aún en medio de ese caos).

Vuelvo sobre dos de mis textos porque no es para nada malo pensar que escribir es muchas veces una forma más sutil de la mierda. La conclusión es la siguiente: a veces (no siempre) es mejor que exista cierta fluidez, aún a riesgo de cagar como palomas. Otras es preferible la abstinencia –léase constipación- donde lo mejor es aguantar. Por lo que tener mierdas escritas puede ser extremadamente provechoso. Estas, sin embargo, son hipótesis, y no valen una mierda.

miércoles, 25 de julio de 2007

Panadería Histórica.

La particularidad de este establecimiento del barrio de Congreso –Rivadavia abunda en maravillas- consiste en ofrecer a sus clientes piezas históricas de panadería. Ante la evidente pregunta de cómo hacer para conservar las facturas históricas sin que estas se descompongan, su dueño –el Sr. Rolando- afirma que los estantes tienen un sistema de vacío que inhibe la pudrición de sus piezas.

Entre las piezas más significativas podemos encontrar cañoncitos democráticos, salidos del horno en 1983 con la vuelta de la democracia. En el estante de los noventa están exhibición varios ejemplares de vigilantes menemistas, que la gente compraba a granel con el dólar barato.

Rolando no alienta el consumo de los productos; los considera ante todo piezas históricas –de museo- que los interesados pueden coleccionar en sus hogares instalando el sistema de estantes al vacío que él mismo comercializa. Sostiene –y su argumento es interesante- que las facturas históricas son una marca de época de tanto valor como una pintura o una canción, y que deberían tenerse más en cuenta.

El establecimiento se llama Panes del Ayer; hasta dónde recuerdo quedaba en Rivadavia y Paraná.

martes, 24 de julio de 2007

Introducción a un Fragmento de Atilio.

Este era de esos hombres cuyas turbaciones resultaban penosas para él, y epifánicas para el resto. En una época, cerca del final de nuestra juventud (tendríamos poco más de treinta años), Atilio dedicó algunas horas a pensar en sus afectos. En uno de sus cuadernos, sentado en la mesa de la cocina (sede originaria del CES), escribió un texto titulado Temor; transcribo uno de sus fragmentos.

Fragmento de “Temor” (declaración de Atilio).

"A que la emotividad se convierta en afecto "de palmadita", donde las amistades -que se han desgastado por falta de riego- se convierten en "qué bueno verlo, pero cómo lo trata la vida, exclamación, exclamación, súbita alegría (la de verlo y saber cómo anda, pero ojalá que siga muy bien con lo suyo, ¿y el trabajo cómo va?).

¡No al amor de palmadita, ese poco afectuoso contacto entre seres que se han querido pero que ahora, por las obligaciones y los kilos de papas, están como detrás de una bruma!"

lunes, 23 de julio de 2007

Doctrina.

El error de ustedes, decía enfurecido, es haber atado la felicidad a las cantidades. En lo personal, dice Álvarez Gómez, francamente no sé cómo hacía este hombre para que la gente siguiera apretándose en la cocina de su casa –sede oficial del CES durante los primeros años- para escuchar al Poeta en sus declaraciones llenas de furia. No es posible considerar eso un curso o taller de escritura de poesía. Tenía algo de discurso político. Recuerdo los años del CES como los más hermosos de la vida, pero es imposible distinguir si se trataba del CES o de la juventud.

Supe aprender de Atilio. Una tarde le conté que una mujer me había enamorado. Sonrió. No dijo nada pero con su silencio me advertía como si comprobase que muchos individuos perdían el tiempo en pensar que estaban enamorados. No era un hombre frío, era sabio. El amó a Morelia; ella una tarde le regaló un alfajor; otra tarde lo dejó. Algo parecido al enojo, un repudio a las formas comunes –no usaba la palabra mediocridad- lo llevó a creer que podría ayudara los demás a ser sutiles. La belleza reside en los espacios que deja la vida. Lo sutil. Atilio siempre fue un misterio, sobre todo para mí.

Su virtud consistía en tener plena conciencia de que el tiempo transcurre. Una vez habló de un reloj de arena de un cristal hipersensible a la altura del cuello (entre la parte superior e inferior), por el cual corría un líquido análogo al tiempo, cuyo paso furioso volvía triste al observador. Decía que no se puede vivir observando ese caudal, al menos no felizmente. Pero sí se puede meter la cabeza en ese río tan refrescante como momentáneo. Después dijo algo sobre el asco que le generaban las metáforas líquidas, y que no podía creer que él mismo usara un río para hablar del tiempo. Después, más calmo, fue a la cocina y puso la pava al fuego.

miércoles, 18 de julio de 2007

Álvarez Gómez habla Atilio.

Quizá fuera su propia frustración, fijensé que ser poeta no quiere decir gozar de un caudal, a veces puede sucederle a él también, Poeta de Tigre, no tener un corno que decir, la más crasa inexpresabilidad. O llegar al punto de introspección más sublime como cuando escribió una de sus obras más exóticas. "Por el placer de" no es nada más que la manifestación literaria del placer de usar palabras y acomodarlas, darles ese orden dictado por la sintaxis, un ritmo decidido por el azar, y convenir que haya detrás de ellos un sentido más o menos capturable. En su caso, el sentido de "Por el placer de" estaba dictado por la satisfacción de escribir palabras como la que se me acaba de escapar (“crasa” como adjetivo de “inexpresabilidad”). Esa satisfacción, según Álvarez Gómez (yo) es análoga al placer de la medialuna, es casi igual a las mañanas cuando -antes que nada- me teconlecho. No debe sorprender que se encuentren cosas de Atilio en mis propios escritos, y cuando digo cosas me refiero a eso, cosas como las aletas o aleteos, un peine, un mate cebado una tarde de sol, un recorrido lento por la Ribera (“aún, la ribera”), una pausa que yo no hubiera hecho, un taxi que bajó por Las Heras mientras pensaba en una mujer. Atilio me ha dado tanto, y yo quiero expresarle mi gratitud de esta manera, rica en sinceridad, al comentar su obra. Él siempre comentó la mía, me la comentó a mí; y aunque no pocas veces fui alentado, muchas otras (las más) sentí que su rostro adquiría cierta aspereza al tener que enfrentarme para una de sus críticas. Así se aprende el oficio, decía, y en seguida cambiaba de tema o se olvidaba de lo que hablábamos.