miércoles, 19 de septiembre de 2007

Hilaridad de las Medusas.

Fuertemente influenciadas por la moda, en cierta época las Medusas fueron convencidas de que, hilarantes, eran más bellas. Si una mujer hilarante ya genera tumulto, ni se imagina lo que sucede con una Medusa. Ni hablar de un grupo de Medusas.

Vestidas con sus polleras cortas y zapatos de taco, luciendo largas piernas envueltas en medias, en cierta época las Medusas decidieron volverse hilarantes. Los Medusos, atontados, enloquecieron. Comenzaron a perseguirlas, incluso más ávidamente que de costumbre. Muchas de ellas se dejaban atrapar, porque entre tanto remolino ellas también se entusiasmaban. No debemos olvidar que aunque fueran Medusas, también tienen hormonas. Las que no se dejaban hacer el amor se hacían corretear por Medusos incrédulos, que las seguían sin importar el cansancio entre las olas y otros avatares marinos. Los que optaban por la súplica humillante se desanimaban y flotaban sin ímpetu, como Medusos muertos.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Histeria de las Medusas.

Cuando les toca, la histeria de las Medusas es terrible. No es exactamente fingir lo que hacen, sino más bien inventarse problemas. Pero ellas, que flotan los mares, dicen no saber lo que les pasa.

Entonces se sientan en bares, piden café, leen libros complejos y los comentan, se convierten en Medusas intelectuales, hacen pausas imprevisibles al hablar, se asombran con el otoño o la primavera. Y los Medusos, que flotan los mares, las siguen porque está en su naturaleza y porque quieren hacerles el amor. Ellos las siguen por interés; ellas se dejan seguir porque así, se sienten lindas.

A los humanos les gustan los promedios. Por eso no distinguen –ni podrán hacerlo- las técnicas de flotación de las Medusas. Son todas diversas, incluso no hay dos Medusas que floten igual. Flotan moviendo levemente el cuerpo de lado a lado, haciendo ruido al caminar, moviendo la cintura; algunas se ponen pollera y medias negras –y los Medusos se vuelven todos locos; otras flotan en silencio, una falsa incógnita que fascina a los cautos espectadores.

Los Medusos, al parecer, son bastante tontos. Siempre andan detrás de alguna medusa flotante que lo esquiva y se le aleja aprovechando las corrientes marinas. Otras medusas invierten buena parte del sueldo en maquillaje y perfume, aunque lo usan poco porque con tanta agua alrededor la pintura se corre y el aroma se pierde entre el olor a alga.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Posiciones y hábitos amatorios de las Medusas.

Lo hacen una Medusa arriba de la otra, el Meduso la sostiene de la espalda, le besa los hombros descubiertos, y la medusa gira la cabeza para dejarse besar la boca abierta. La medusa se ondula y busca el movimiento que más la acerca al Meduso. Así durante un rato, hasta que la medusa se tuerce en espasmos, un orgasmo marino que en las profundidades casi ni se nota, pero que ellos disfrutan como medusos locos.

A pesar de informaciones de dominio público, las Medusas tienen una vida sexual intensa, muchas veces cercana a la euforia. La falta de expresión, dicen las Medusas, no tiene que ver con la apatía o la frigidez, sino meramente con una cuestión biológica (el hecho de ser Medusas y medusear). Navegando los mares con timidez, las medusas se reproducen noche a noche, marea a marea, haciendo el amor con amor, reproduciéndose con cariño y velocidad.

Para seducir, el Meduso elige un disco de Caetano Veloso, un sirah-bonarda y un sillón bien cómodo. Resulta sorprendente, pero hablan bastante y bastante bien, con pausas, soltura y adjetivos amigables. Ante el espectáculo, las medusas sonríen, se dejan trabajar y aprecian la minuciosa lentitud de los medusos. Cuando ambos se hartan del preludio, comienzan a amarse.

martes, 11 de septiembre de 2007

Exquisiteces Asadas y misceláneas de Belgrano.

Witold Gombrowicz dice que escribe literatura personal porque le resulta imposible hacer otra cosa.

Hace treinta años comí entraña con puré sobre una mesita de madera apoyada en la vereda de Ciudad de la Paz, a dos cuadras de Av. Federico Lacroze. Enunciarlo, aunque sea tiempo después, es una forma de quedarme con esos sabores y una conversación de mediodía. Estaba nublado, como suele suceder a principios de septiembre cuando el clima cambia y la humedad recuerda que es Buenos Aires.

El lugar lleva el nombre de “Exquisiteces Asadas”, y lo atiende una señora que con mucho orgullo cuenta a sus clientes lo buena que está la carne ese día. Cuando yo fui, su simpatía estaba mejor que la carne, y su genuina bondad me hizo olvidar que más allá de la fama cosechada en el barrio, la carne estaba un poco dura.

Volviendo a la primera línea, pienso lo siguiente: escribir para vivir un poco mejor, o al menos para demorar los procesos del olvido, ya es suficiente. Que en un papel se impriman acontecimientos que de otra forma habrían sido perdidos.

martes, 4 de septiembre de 2007

Poetización.

Sobre la despoetización he hablado tanto, quizá en todos mis breves textos, y puede que no valga la pena reincidir. También hablé bastante de Atilio, de su visión de la poetización/despoetización de los hechos de la vida, y cómo entiende ese proceso como un ciclo inevitable (y algo atroz).

La oscilación entre la maravilla plena y la baldosa cruel, entre la fantasía y la llanura espiritual, es la disputa que se juegan nuestros días en el mundo. Un perro pensativo en una esquina –hay uno en Belgrano- o una panadería atendida por el señor Pedro; ambas maravillas o simples comentarios. Están allí, las mandarinas en el cajón de la frutería, un kiosquero viejo de simpáticos ojos azules. Los detalles más notables o simples agregados sin mucho que aportar a una descripción de uno o varios días.

La conclusión es dramática: podemos notar mucho o poco de la vida, de lo que hay en las veredas, podemos viajar o quedarnos. Podemos o no percibir. Lo terrible es dejar de sentir asombro ante ciertas brevedades.

miércoles, 29 de agosto de 2007

Anotaciones sobre septiembre.

Agosto, mes de transición y abrigo, da lugar a un novedoso septiembre. Mejor asesorado que al anterior, septiembre se vincula mucho más con la primavera que octubre, cuando sólo hospeda una semana (la del veintiuno). Nostálgicos como yo elegimos los últimos días de agosto para hablar de septiembre, como las últimas horas de una larga siesta.

Creo en la buena salud de hablar de los meses del año como entidades particulares, hipótesis según la cuál enero es particular por su eneritud, febrero por su febreritud, marzo por su marcitud, y así sucesivamente.

En esta trabajosa clasificación se dan los más jugosos cruces. Uno de ellos es el ya mencionado marzo junial, que sucede cuando el mes de marzo, último del verano, muestra claros atributos de junio, mes de inviernos y aislada desolación. A través de ocultas leyes, sucede que el mes más veraniego –el que tiene más eneritud- no es enero sino septiembre, mes paradójico ya que contiene tres semanas de invierno (técnicamente hablando).

El que tiene tiempo y ama los avatares del calendario se dará cuenta de que está lleno de estas mezclas incestuosas, fruto del roce libidinoso de los días con los días.

viernes, 24 de agosto de 2007

Hierba.

Entonces no hago mucho esfuerzo y aparece en el Café La Americana la imagen del Café del Molino, cuarenta años antes, lleno de gente con sombrero, estamos hablando de cuarenta años antes de mi juventud. Y yo me alejo de lo tedioso con la imaginación, con la única herramienta intangible que me puede salvar. En el Molino me siento, y esto lo imagino desde la confitería La Americana donde tampoco estoy, porque en realidad estoy acá, cuarenta años después, en una oficina con órdenes de trabajo y jefes sumamente empresaios. ¿Qué sucede? Tomo asiento en El Molino, cada vez más lejos de la voz del patrón que dice mi nombre y enumera tareas, y en ese Café (dóblemente imaginario) pido un café y un churro, y voy a ver cómo está mi casa en el bosque. Ya casi la puedo ver, y con el tiempo y la práctica voy reproduciendo también el olfato. Albahaca, puedo olerla, aunque quizá no esté en el bosque sino más bien en una pizza que mi vecino de mesa se pidió en El Molino –de dudosa existencia- o bien en La Americana, donde tampoco estoy (o estoy a medias); y así llego a la conclusión de que no sé de dónde me llega ese olor a hierba tierna, aunque yo siempre prefiero pensar que todo eso está en mi bosque, que nadie conoce. Me adentro en el follaje, protegido por las plantas, y en un claro del bosque los rayos de luz se filtran entre las hojas. Llego a la hierba, que arranco sonoramente del suelo. La hierba tiene un olor rancio a naturaleza.