martes, 11 de diciembre de 2007

De Calígrafos y Lingüistas.

La discusión fue tremenda. Los lingüistas sostenían –con algo de razón- que cuando la palabra época remite a épocas muy lejanas, la tilde debía ser doble. Es decir, dos tildes acomodados uno al lado del otro, sobre la letra e. Enfurecidos, un grupo de calígrafos ortodoxos se negó con severidad al pedido. Jamás, decía, cometeríamos tal sacrilegio. Para argumentar, uno de ellos sostuvo que la letra e era sin duda una de las más lindas del alfabeto, y que por ende se negaban a dibujarle semejante aberración (semejante toldo, acotó un compañero).

Los lingüistas arguyeron que en ese caso la tilde no funcionaba únicamente por la esdrujulidad de la palabra época, sino que venía a acentuar el paso del tiempo. Como uno de ellos expresó: se trata de una segunda tilde nostálgica. Otro colega sostuvo que resultaba ridículo que no existieran niveles de esdrujulidad, incluso sobre una misma palabra. Dio un ejemplo: si la palabra época, remite a una época de hace veinte años, no puede ser igual de esdrújula que una época de hace mil. El argumento era sólido.

Los lingüistas son tipos muy cultos. Los calígrafos, más tirando a artistas. Se preocupaban más por la estética de las letras y las palabras. No sé cómo terminó la revuelta. Corrió un rumor de que un calígrafo, cansado de discutir, le partió una silla en la cabeza a uno del otro bando.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Libro de Visitas.

A continuación transcribo la carta escrita por el Director del Museo del Ferrocarril, de la ciudad de Puerto Deseado (Santa Cruz), que Álvarez Gómez visitó durante su larga estadía patagónica. Finalmente, se encontrarán las páginas donde figuran frases de visitantes del Museo, e intervenciones y comentarios de Álvarez Gómez.

Carta del Director del Museo del Ferrocarril.

Nuestro Libro de Visitas es principalmente nuestra manera de conocer el parecer del público que nos visita. Si bien en su mayoría son augurios y felicitaciones, no llamó la atención la reiterada firma de un extraño señor cuya aparente diversión es criticar los comentarios del resto de los visitantes.

Un Libro de Visitas es un documento de gran importancia para nosotros. Nuestro Museo presta gran atención a la opinión de su público. Que usted insista en corregir la forma de escribir (que usted llama prosa) de nuestros visitantes, nos parece un acto de soberbia.

A través de esta carta le ruego no vuelva a visitar nuestro museo.

Atte.,

Guido Otey
Director del Museo del Ferrocarril
Puerto Deseado





Resumen de los Mensajes del Público – año 1971.

26/10/71
“Muchas gracias por todo. El museo es muy lindo. A mi marido y a mí nos encantó la estación. Nos pareció muy romántica. Ojalá todas las estaciones fueran así, incluso la de Constitución. Es tan lindo viajar en tren. Un saludo enorme (enorme) para Don Arias, que nos trató de mil maravillas.”

Saludos,
Mabel y Roque de Buenos Aires

26/10/71

Coincido con usted, Mabel, pero lamento mucho que su ilusión sea tan vana. Constitución jamás será una Estación romántica, o por lo menos no como usted concibe el romanticismo. Se equivoca también cuando dice que viajar en tren es lindo. Lo que es lindo es conocer muchachas en los trenes, cuando ellas van distraídas mirando por la ventana. En sí, los trenes son ruidosas estructuras que cabalgan rieles. No se confunda, por favor. Es cierto que Don Arias es encantador.

Saludos,
A. Gómez.

27/10/71

Como representante de la autoridad de las Fuerzas Armadas de la Nación tengo el agrado de dirigirme a Ustedes para acercarles mi más sincera felicitación por el gran trabajo realizado en la Estación del Ferrocarril de Puerto Deseado. He recorrido casi todo nuestro inmenso país, y puedo decir con orgullo que esta ciudad y su tren merecen ser visitadas por el turismo local e internacional. Han hecho una memorable tarea de conservación de los elementos del tren y de la infraestructura. Los felicito y les dejo un gran abrazo.

Capitán Justo Ramón Vargas
Fuerzas Armadas de la Nación.

27/10/71

Qué pompa inútil, estimado Capitán. Pensé que en la Escuela de la Armada le enseñaban a escribir. De todas formas, su falencia expresiva se debe a que no debe conocer ninguna de las artes, o si las conoce, lo hará desde esa inmensa lejanía que parece separarlo del mundo. No se preocupe, qué le va a hacer. Por lo menos le gustó la Estación. ¿Vio qué lindo el libro de estadísticas? A las vitrinas les falta luz, aunque no desmerezco la estética de las penumbras.

Atte.
A. Gómez


28/10/71

Muy lindo todo,
Tomy. (Caleta Olivia)

28/10/71

Sorprendente poder de síntesis, estimado Tomás. Vas por la senda correcta. Las palabras nos alejan de lo que inútilmente intentan evocar.

Abrazo.

A. Gómez.

29/10/71

Me acostaría con la guía. La Estación estaba bien.

Reynaldo.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Acerca de las Pausas.

Los mejores textos son fruto de la decepción. No sé por qué, pero es así, o así lo he vivido yo en estos años de escritura. Fruto de alguna decepción, de alguna tristeza poética. Si estoy en lo cierto, entonces no quiero escribir los mejores textos. Prefiero cierta distancia de la narración, y una vida por momentos deslumbrante en su realidad, y no en representación escrita.

martes, 13 de noviembre de 2007

Productividad de las Pausas

Este comentario no es producto del azar, sino de justamente de una breve pausa. No voy a explayarme sobre el efecto que tienen en mi escritura. Saber cuándo frenar es un buen signo. La prosa necesita su descanso. Encender la maquinaria y hacerla funcionar provoca cansancio. Noviembre, nísperos y jacarandaes.

Mi pregunta es la siguiente: ¿adónde irán esos árboles y sus pétalos cuando los olvide?

lunes, 29 de octubre de 2007

Álvarez Gómez y su amigo Beatnik.

Resulta que yo, el narrador, les estoy contando cómo el señor AG –merodeador de esta capital- se encontró una tarde en compañía de un señor de nombre Paul, hombre que vivó en Francia (255 crèpes de roquefort ingeridos, con tilde al revés), quien al poco rato de caminar demostró ciertas rarezas. AG, que narra y es narrado, notó que Paul observaba mucho el entorno y decía cosas como “Oh, santa plaza, santa santa santa fuente de agua y ocio, o santa rhodesia, santo recuerdo de mi abuelo Rafael”, a lo que yo no hice más que acompañar con leves gestos de desconcierto. Su compañero, hombre que leyó los manifiestos surrealistas sin traducir, se maravillaba con las heladerías y decía “santo dulce de leche granizado bañado en choolate, santa morocha que pasó por allí, santa primavera vera vera”, dejando a AG perplejo, desorientado, y con pocas alterativas de acción. Paul, hombre de tildes torcidos y babosas erres, era un Beatnik definido por él mismo, ser de una simpatía y verborragia sin par. Cómo hice para caminar tantas horas con él, dice el narrador para describirnos a Paul y así aquella caminata, cómo hice para meterme en su santo santo santo santo juego: no lo sé. Terminé por apreciarlo, después de todo era un francés amigable, fino con las mujeres, borracho e infantil.

martes, 16 de octubre de 2007

Cursos sobre fruteo.

Mis participaciones como orador del CES (Centro de Estudios Siniestros) fue a través de una sub-asociación llamada A.S.M.A: Asociación de Seres Merodeadores y Agudos. En el marco de la A.S.M.A., asociación febril, dicté cursos sobre fruteo.

No transcribiré lo que dije, para eso están las desgrabaciones. Para eso, además, contratamos a la taquígrafa (¿se llama así la profesión?) que después Atilio amó en una hamaca paraguaya. Sí quiero transmitir el origen del fruteo, esto es, cómo cuándo y por qué un individuo comienza a frutear.

Los casos de fruteo más frecuentes se dan con el comienzo de la primavera, y mucho tiene que ver el alboroto nasal de los jazmines. Muchos fruteos comienzan con la ingesta de frutas veraniegas (nísperos, ciruelas, higos), y nada iguala la sensación de comer nísperos robados del vecino después de trepar hasta las ramas más altas.

Se frutea mucho en las playas y en los bares, aunque nada impide frutear en medio de Buenos Aires, a la sombra de algún techito. Se frutea con hielo, con limón, a las ocho de la noche. Se frutea en un sillón, y lo mejor de todo: se frutea de a dos.

Recuerdo el fruteo de un verano, aquel verano inusual –promedio de veranos de la juventud- en el que Paula y yo fruteamos juntos por los adoquines de San Telmo, con vino blanco en copas amplias, en mesitas tambaleantes sobre la vereda.

Recuerdo, como actividad netamente frutal, cómo miré la cintura de Paula vestida de muchos colores.

viernes, 12 de octubre de 2007

Métodos de Seducción de los Dentistas.

Cosas como las que voy a narrar ya no suceden. Al principio de la primavera de 1972, sentados en el Café El Molino, Hugo Molina y yo conversábamos viendo pasar los taxis y las medialunas. Hugo, mi amigo dentista, estaba refiriendo una práctica que había comenzado a implementar con éxito los últimos meses. Una técnica de seducción. El preludio fue tan interesante que callé y di pie a que comenzara.

Resulta que los nervios y el estress, decía Hugo, provocan muchas reacciones en el cuerpo. Una de ellas, relacionada a la dentadura. Muchos de sus pacientes sufrían de un trastorno leve pero nocivo, cuyo nombre ahora no recuerdo, y que consiste morder durante las horas de sueño. Las consecuencias son severas: el desgaste innecesario y prematuro de la dentadura.

Una mañana de junio, meses antes de aquel encuentro en El Molino, una hermosa mujer entró a su consultorio. Abrió la boca y fue inspeccionada por la mirada de Hugo. Al terminar su labor, comentó: usted tiene un trastorno nervioso que se manifiesta durante la noche. Sorprendida, la mujer se incorporó en el asiento y pidió más explicaciones. Hugo describió el mal que sufría, e hizo especial énfasis en las consecuencias. Para su provecho, exageró: pérdida total (e irrecuperable) de la dentadura a la edad de treinta años. La mujer desesperó, y le pidió que por favor hiciera todo lo necesario para curarla. Simulando seriedad, Hugo la tranquilizó, pero aclaró que debía encomendarse a un tratamiento innovador. Ella aceptó.

El método –controvertido- dio resultado. Dado que los síntomas aparecían durante la noche, Hugo invitó a la mujer a pasar la noche con él. Para evitar que se mordiera la boca y gastara sus dientes, se puso una camisa limpia, perfume, y la llevó a un restaurante. Durante la cena hablaron de viajes y poesía, le mostró un anotador con ideas para un largometraje, mencionó a Charles Mingus y a John Casavettes. Tomaron mucho vino. Para continuar con el tratamiento, decía Hugo, ella no debía dormir sola. Para asegurarse de que funcionara, aclaró, debía dormir con él.

Como el respeto y la distancia atraen a las mujeres, decía Hugo, se ofreció a dormir en un sillón. Ella, contenta por la prudencia de su doctor, aceptó. A la mitad de la noche se cruzaron en un pasillo: ella iba al baño; él iba a verla dormir. Cruzaron palabras, pero no se besaron. Para meterse en su cama, sostuvo que se sentía inseguro de que a pesar de todo, su dentadura no estuviera estrellando mientras ella dormía. Por deber profesional, dijo, debía estar a su lado. Ella aceptó. Hugo se acomodó del lado izquierda de la cama, alejado de ella. A ella le agradó mucho su recato. Con una frase muy aguda se lo hizo notar.
Hicieron el amor cinco veces.